Diario de un profesor de matemáticas

Prólogo

Cuando decidí ser profesor de Matemáticas nada me hacía presagiar que iba a vivir todas las experiencias que he vivido hasta ahora. Ya con mi primer curso en el mundo de la enseñanza tenía claro que había que contar al mundo algunos de los momentos más divertidos, las anécdotas más extrañas, las situaciones más rocambolescas o las historias más tristes que surgían en el día a día de un docente.

Ser matemático era algo que tenía claro casi desde que supe que existía la licenciatura, pero ser docente es algo que fui descubriendo con el tiempo, asistiendo a clases de matemáticas y estudiando con mis compañeros. Mientras yo entendía sin dificultad las clases de mis profesores veía como para mis amigos se convertían auténticas pesadillas. ¿Para qué quiero aprender a calcular raíces cuadradas? ¿Por qué los problemas de los exámenes son más difíciles que lo que hemos estudiado? Preguntas que cualquier estudiante se hace y que le lleva a la frustración en una asignatura que a prácticamente todo el mundo le parece muy difícil.

Mis horas de estudio de Matemáticas no las pasaba en casa, encerrado en mi habitación. Todas ellas fueron en la biblioteca junto a mis compañeros. Pero si soy sincero, no las usaba para estudiar. Me pasaba el rato ayudándoles a entender lo que nuestro profesor nos había explicado en las últimas clases o para preparar ese examen de Matemáticas que teníamos la próxima semana.

Así es como mi pasión por las Matemáticas me hizo ver que realmente lo que me gustaba era enseñar, mostrar que las Matemáticas eran tan sencillas como yo las veía en mi cabeza. Sentía que debía de compartir ese don que había recibido. Debía transmitir mi pasión por las Matemáticas, tenía que conseguir que los demás vieran que las Matemáticas eran la asignatura más fácil.

Era tan gratificante ver como mis compañeros, mis amigos o mi familia aprendía y superaba sus dificultades. Su expresión de alegría cuando aprobaban un examen (ahora tendríamos que llamarlo prueba escrita) era tan contagiosa que me dejaba claro cuál era el camino que debía seguir en mi vida: ser profesor de Matemáticas. La decisión estaba clara, había que licenciarse en Matemáticas y realizar el Máster de Profesor de Secundaria para conseguirlo.

Capítulo 1: ELIGIENDO EL CAMINO CORRECTO

El día que consigues terminar tus estudios universitarios pasan por tu cabeza muchas sensaciones y sentimientos. Alivio porque por fin sientes que tu vida está avanzando, incertidumbre porque no sabes lo que va a ocurrir a partir de ahora y miedo por el nuevo camino que vas a empezar.

Cuando terminé mis estudios en Matemáticas y Estadística lo tenía claro, yo quería ser profesor y para ello tenía que realizar el Máster para Profesores de Secundaria. Así que me lancé a ello. Aunque las plazas fueran limitadas y las exigencias en las acreditaciones en los idiomas pudieran ahuyentar a muchos. Para que la situación fuera más interesante, encontré un trabajo que era incompatible con los estudios que quería comenzar.

En cuanto la Universidad publicó la primera convocatoria para acreditar los conocimientos en inglés no lo dudé ni un momento, me iba a presentar a esa prueba y la iba a superar. Y así fue y también fui admitido en el Máster, el sueño de ser profesor empezaba a estar más cerca, ya veía algo de luz al final del túnel.

Pero aquí llegó el primer dilema, la primera bifurcación en el camino. Mi trabajo era incompatible con el Máster, los horarios se superponían y la asistencia a las clases era obligatoria. ¿Qué hacer? ¿Continuar con un trabajo con muy buenas perspectivas de futuro pero que se alejaba de mi sueño? ¿o comenzar los nuevos estudios y no saber si algún día conseguiría ser profesor? ¿Y si realmente no me gustaba ser profesor? ¿Y si la empresa me despedía algún día?

Así iba pasando el verano, semana tras semana intentando decidir. Hasta que me lancé. Tenía claro que quería realizar el Máster y que era una oportunidad que no debía dejar escapar. Lo siguiente que debía hacer era hablar con mis jefes. Y así fue, les dije que quería seguir estudiando, que quería perseguir mi sueño, que estaba muy contento en el trabajo pero que no podía compatibilizarlo.

Mi sorpresa llegó con su respuesta, aunque me animaban a perseguir mi sueño, no querían que me fuera, así que me dieron una alternativa. En mi trabajo había varios tipos de jornadas de trabajo. Por un lado, estábamos los trabajadores de oficina que estábamos en nuestro puesto de trabajo mañana y tarde. Y también estaban los llamados trabajadores de fábrica, que trabajaban por turnos de mañana, tarde o noche. Así que mis jefes me ofrecieron continuar en mi puesto de trabajo, pero con un nuevo horario sólo de mañana. De esta manera podría trabajar por las mañanas y estudiar por las tardes.

Fueron tan convincentes que no pude negarme y, aunque era una locura, tenía que intentarlo. Mi agenda al finalizar el verano iba a ser una locura. Madrugar para ir a trabajar, salir del trabajo, comer rápidamente para poder llegar a las clases a primera hora de la tarde, llegar a casa para cenar, sacar algo de tiempo para estudiar, a dormir y vuelta a empezar.

Y así fue, esta fue mi rutina desde la última semana de septiembre. Pero para mi sorpresa estos meses no fueron agotadores. Ese curso guardaba muchas sorpresas, ese curso me definiría como profesor.


Capítulo 2: comenzando un nuevo camino

Cuando estudias una carrera como Matemáticas, tienes que estudiar asignaturas como Álgebra Conmutativa, Análisis Matemático, Geometría Diferencial Local o Análisis de Datos Multivariantes. Asignaturas que pueden llegar a ser muy exigentes y el nivel de abstracción puede ser muy alto. Sin embargo, cuando accedes al Máster para ser profesor de Educación de Secundaria te encuentras con asignaturas como Diseño Curricular, Atención a la Diversidad, Psicología o Sociología. Asignaturas que nada tiene que ver con lo estudiado en la carrera, incluso la dinámica o la forma de trabajar en cada una de ellas no tiene nada que ver.

Desde el primer día del Máster, cuando nos convocan para la presentación en el salón de actos, te das cuenta que los estudios ya no van a ser lo mismo, que el nivel de exigencia no va a bajar, pero va a ser diferente. Vas a estar obligado a salir de tu escritorio, seguro y confortable, y vas a tener que salir de tus cuatro paredes para investigar de una forma diferente. Vas a tener que subir a la tarima desde el primer día. Las clases ya no serán magistrales y levantarte del pupitre será lo habitual en cada una de las sesiones.

Recuerdo como si fuera ayer la primera clase de Orientación Educativa, donde nuestra profesora lo primero que hizo fue sacar una bolsa y nos pidió que fuéramos sacando un pequeño papel cada uno, donde encontraríamos un nombre conocido. También nos pidió que no reveláramos ese nombre y que lo primero que teníamos que hacer era comportamos como ese personaje para encontrar a nuestra pareja.

Una auténtica sorpresa para empezar, de poco servía haber preparado todo el material para tomar apuntes, había que soltar los bolígrafos encima de la mesa, el folio debía permanecer en blanco y teníamos que abandonar nuestros asientos para empezar para empezar a actuar con la única finalidad de encontrar a otro compañero que también estaba actuando.

Cuando saqué mi papel, lo leí con expectación, solo había dos palabras: “Angelina Jolie”. Me entraron sudores fríos, los nervios empezaron a crecer. Esto no podía ser serio, después de cinco años estudiando Matemáticas, me encontraba en una clase donde debía comportarme de forma extraña para encontrar a mi Brad Pitt.

Mi primera reacción fue de rechazo ¿cómo iba a hacer eso? Una clase de 40 personas analizando como me movía, mirándome de arriba abajo, a mi, que me gustaba pasar desapercibido, ser uno más. Pero no me quedaba otra, el resto de compañeros se empezaba a mover, así que respiré hondo y empecé con mi actuación, tenía que ser una actriz oscarizada y sentirme tan poderoso al pasear por la clase como ella al pisar una alfombra roja.

Encontré a mi Brad Pitt, o ella me encontró a mi, ya que era una compañera que no conocía, como prácticamente toda la clase. Y cuando todos estábamos emparejados, nuestra profesora empezó a explicarnos el por qué de esa dinámica. La finalidad era que nos pusiéramos en el papel de nuestros alumnos que acaban de llegar a un grupo nuevo. Haciendo que se suelten y obligándoles a relacionarse los unos con los otros, empezamos a crear lazos entre ellos y les ayudamos a conocerse.

Esta pequeña explicación me empezó a abrir los ojos, ya que en el aula no tenía que enseñar sólo Matemáticas, también tenía que ayudar a mis alumnos en otros ámbitos para los que yo no estaba preparado. Estas primeras sesiones me abrieron los ojos, ser profesor era algo más para lo que no estaba preparado y fue en ese momento cuando descubrí que el Máster era más necesario de lo que yo pensaba.

Ahora, cada vez que pienso en esos primeros días del Máster de Profesor de Secundaria, que tuve la suerte de realizar en la Universidad de Salamanca, me doy cuenta de lo que me marcaron cada una de las clases. Ya que sin esas dinámicas no habría llegado a transformarme en el profesor soy ahora. No puedo estar más agradecido a la USAL y a los profesores de Máster por todo lo que nos enseñaron durante el curso.

Capítulo 3: Psicología de la educación

Mucha gente piensa que el trabajo de un profesor o maestro solo consiste en llegar a clase, contar la lección y nada más. Pero esas personas están completamente equivocadas y mientras te estás formando para serlo descubres todo lo que está detrás de esta profesión que considero tan bonita.

Si en las primeras clases del Máster descubrí que el aprendizaje iba a ser diferente, en las siguientes sesiones aprendería una de las lecciones más importantes: “Hay que escuchar al alumno”.

Una de las primeras sesiones de la asignatura de Psicología quedó grabada a fuego en mi memoria. Ahora, cada vez que entro en una de mis clases, tengo siempre presente lo que aprendí ese día y, sobre todo, me siento muy afortunado por haber asistido a aquellas clases de Rodrigo, quien me enseñó lo importante que es la psicología en educación.

Ese día, Rodrigo entró en el aula y, como en la mayoría de sus clases, nos expuso un caso práctico. En esta ocasión era muy sencillo, simplemente nos preguntó cuál sería nuestra respuesta y nuestra reacción cuando uno de nuestros alumnos se acercara para hablar con nosotros y nos dijera que es gay.

La verdad que no parecía una situación complicada, pero también me chocó. Yo había crecido en un sistema educativo donde teníamos gran respeto por nuestros profesores y los veíamos como grandes conocedores de su asignatura. Solo hablábamos con ellos de sus asignaturas, nunca nos planteamos contarles nuestra vida personal. Así que respondimos a Rodrigo con otra pregunta ¿de verdad va a acercarse un alumno a decirnos que es gay? Y nos respondió con un rotundo sí y aclarando que esa situación la viviríamos antes de lo que pensáramos.

Después de ese choque inicial, empezamos a buscar respuestas para nuestro alumno. Todos estábamos de acuerdo, teníamos que explicarle que era algo natural, que no pasaba nada. Aunque Rodrigo nos dijo que nuestras respuestas estaban bien, nos dijo que no eran suficientes que no iban por buen camino, debíamos de buscar la respuesta que nuestro alumno necesitaba.

Así que tuvimos que buscar una respuesta mejor, visualizar a nuestro alumno y meternos en la situación. Nuestro alumno nos necesitaba y contaba con nosotros para que le ayudaramos. Así que teníamos que dar lo mejor de nosotros. Y la respuesta era más sencilla de lo que pensábamos.

Después de meditarla detenidamente, levanté la mano y le dije a Rodrigo que tal vez deberíamos averiguar la razón por la que nuestro alumno nos confesaba su homosexualidad, ya que todos estábamos suponiendo que la raíz del problema era esa y tal vez había un problema oculto que el alumno no nos estaba confesando. Tal vez algún compañero se estaba metiendo con él o puede que sus padres no le aceptaran. Algo estaba ocurriendo a nuestro alumno para que le hiciera sentirse mal consigo mismo y le hiciera pensar que ser gay era un problema.

Rodrigo nos dijo que eso era lo que debíamos hacer, escuchar a nuestros alumnos, preguntarles. Con nuestras respuestas anteriores estábamos suponiendo cuál era el problema y eso es un error. Lo más importante es que el alumno hable y te cuente su historia para que puedas localizar el auténtico problema y poder ayudarle.

Esta respuesta me pareció que era la base ser profesor ya que podría extrapolarse a la asignatura. ¿Qué pasa si estas explicando un contenido de Matemáticas y un alumno te dice que no te entiende? Cuando dominas la asignatura, a veces cometes el error de suponer cual es la duda del alumno y directamente das una respuesta. Pero desde esa clase me di cuenta de una cosa, cuando un alumno me diga que no me entiende, lo primero que debo averiguar es dónde está la duda, debo preguntarle.

Así que esta clase fue una de las que más me marcó como profesor. Si quieres ayudar a tus alumnos, tienes que escucharlos. Y lo más importante de todo, Rodrigo tenía razón, no pasó ni un año desde que comencé a trabajar como profesor y uno de mis alumnos se acercó para hablar conmigo y contarme que era gay. Y aunque hayan pasado unos cuantos años de ese momento, no le olvidaré jamás, ni a él ni a ninguno de mis alumnos. Son tantas cosas las que los profesores aprendemos de ellos.

Capítulo 4: la primera clase

Cuando estudias el Máster para ser profesor tienes la sensación de que se ha activado una cuenta atrás que no puedes parar, que cada vez avanza más rápido y que te lleva a un momento crucial en tu carrera: tu primera clase.

En cada una de las clases del Máster te preparan para dar clase, estudias formas de impartir tu asignatura, estudias diferentes situaciones y te empiezas a definir como profesor. Te preguntas constantemente cómo aplicarías una metodología en tus clases, cómo explicarías un contenido, si utilizarías algunas herramientas o cómo serán tus alumnos. ¿Seré capaz de controlar un aula? ¿me harán la vida imposible? ¿conseguiré sacar lo mejor de mis estudiantes? Y la peor de todas ¿alguna vez no tendré respuesta para alguna de sus preguntas?

Así que durante los meses previos a las prácticas empiezas a imaginarte cómo serán tus clases. Anotas todas las ideas que se te ocurren y comienzas a crear los primeros guiones. Quieres hacerlo lo mejor posible, tienes que conseguir alcanzar los objetivos, quieres que tus alumnos se conviertan en presidentes del gobierno, que viajen a marte, que encuentren curas a enfermedades incurables o, en general, que sean felices y sean grandes personas.

Y la cuenta atrás acaba llegando a su fin. Los compañeros del Máster llegamos nerviosos ese día a la Universidad, ya sabíamos que nos iban a comunicar el centro donde tendríamos que realizar nuestras prácticas. Subimos a clase y esperamos pacientemente a que el coordinador de nuestra especialidad viniera.

Como siempre, nuestro coordinador fue muy puntual. Estábamos tan inquietos que daba la impresión de que se acercaba a cámara lenta. Cuando llegó a nuestra altura bromeó con nosotros, estaba claro que veía nuestros nervios y quería que nos relajáramos. Cuando pasamos al aula y nos sentamos en nuestros sitios, nuestro coordinador empieza a hablarnos de las prácticas que vamos a empezar, del calendario en nuestras próximas semanas.

Fue recorriendo el listado de clase y nos fue informando uno a uno de cual sería nuestro centro de prácticas y quien sería nuestro tutor durante las prácticas. Cuando por fin pude conocer el centro, lo primero que hice fue buscar información, empecé a preguntar a mis compañeros y empecé a estar deseoso por contactar con mi tutor. En cuanto llegué a casa, le escribí un mail.

No tuve que esperar mucho para la respuesta ya que llegó esa misma noche. Mi tutor me invitaba a visitar el centro esa misma semana para que pudiéramos conocernos y empezar a organizar el trabajo de los dos meses de prácticas. Y así fue, dos días después nos vimos en la cafetería del centro. En la reunión hablamos de las características del centro, los grupos a los que daría clase, los contenidos del temario y las ideas que teníamos para las prácticas. Recuerdo lo nervioso que llegué al centro y lo contento que estaba cuando salí. Domingo, mi tutor, con una sola reunión fue capaz de hacer que mis nervios desaparecieran, darme confianza y hacerme sentir seguro.

Y así fue durante todas las prácticas. Mi tutor me hizo formar parte de la vida del centro desde el primer día. Casi desde el primer día pude participar en clase ayudándole en todo lo que era posible. Trabajando con los alumnos que más lo necesitaban, dando pequeñas explicaciones, evaluando cada una de las sesiones. Compartía toda su experiencia generosamente y nos convirtió en un equipo. Yo no podía estar más agradecido, estaba trabajando con un profesor al que le apasionaba su trabajo.

Y llegó el día que me tocó impartir una clase. Fue en 3º de E.S.O., teníamos que empezar el tema de funciones. Domingo y yo decidimos que aprovecharíamos este tema para utilizar la pizarra digital con este grupo, queríamos cambiar la metodología y comprobar cuales serían los resultados. Esto me ayudaría a realizar la investigación de mi TFM.

Recuerdo no dormir la noche previa, estar más nervioso que nunca. Preparé un guion completo con todo lo que tenía que explicar, cada uno de los ejercicios que íbamos a realizar y llenarlo de observaciones para no dejar nada al azar. Quería estar completamente seguro de lo que iba a hacer.

Subimos a clase y, antes de entrar, Domingo me dio los últimos ánimos y pasamos dentro. Los chicos estaban algo alterados, los habíamos llevado al aula de la pizarra digital y sabían que íbamos a hacer algo diferente. Preparamos la pizarra, repartimos las fotocopias de la sesión y preparé todo el material que necesitaba. Durante toda la sesión los chicos estuvieron muy atentos y también participaron mucho, algo que me sorprendió muchísimo, no esperaba que tuvieran tantas ganas de participar.

Recuerdo estar toda la sesión con el guion en la mano, pero también recuerdo que no lo miré en ningún momento. Había practicado tanto que no era necesario. Conseguí respetar los tiempos y realizar todas las explicaciones que estaban programadas. Cuando la sesión terminó los alumnos se fueron muy contentos, la experiencia había salido bien.

Sin embargo, mi percepción personal no era la misma. Nunca había estado frente a un grupo de alumnos. Lo primero que me di cuenta durante la clase es que cuando estás frente a ellos, sus caras, sus gestos, sus miradas, su lenguaje corporal es muy visible. Al estar trabajando con la pizarra digital, podía estar orientado hacia ellos y verlos reaccionar. Sus caras en cada explicación te dejaban verlos por dentro, me ayudaban a saber si me estaban entendiendo. Pero también me generaban un sentimiento de frustración, tenía que dar los contenidos, respetar los tiempos, cumplir los objetivos y, sin embargo, no podía atenderlos de forma individual durante toda la sesión. Había que repartir el tiempo para cada uno de ellos y para todos. La sensación de que no estaba explicándome empezaba a crecer en mi interior, me sentía frustrado.

Durante la clase, preguntaba constantemente si me entendían y, aunque ellos me respondían que sí, yo sentía que no era así. Sentía que debía hacerlo mejor, que no lo estaba explicándome como debía. Esta sensación me acompañó durante muchas clases, pero con el tiempo entendí que haber sufrido esta frustración me ayudó a ser más exigente conmigo mismo y aprender a leer el lenguaje no hablado de mis estudiantes.

Con el tiempo aprendí a ver cuando un alumno me está entendiendo y cuando no, así aprendí a escuchar a mis alumnos sin que hablaran. También aprendí a ver cuando un alumno no te pregunta por miedo o por vergüenza y a tener recursos para que superen esas barreras. Comprendí que una de las cosas más importantes es que tus alumnos tienen que confiar en ti. Así que ese sería el eje de mis clases, la confianza era fundamental. Para explicar Matemáticas tienes que dominar los contenidos, preparar las clases, ser organizado, pero también respetar a tus alumnos y mostrarles que pueden confiar en ti.

CApítulo 5: descubriendo la realidad

Durante el Máster para ser profesor de Matemáticas coseché muchos recuerdos, casi todos buenos e inolvidables. Gran parte de esos momentos ocurriendo durante las prácticas. Dos meses que me definieron como profesor, donde pude conocerme mejor a mi mismo y donde descubrí que esta era mi profesión.

En este periodo del Máster tuve la suerte de contar con dos guías irremplazables, dos auténticos maestros de la profesión. Primero estaba mi tutor de práctica, que me ayudaba a sacar lo mejor de mi mismo, retandome a no estar conforme y animándome para que mis prácticas me ayudaran a entender lo que realmente es ser profesor.

Pero de quien realmente guardo un gran recuerdo es de mi tutor de práctica del instituto. Desde el primer día me permitió formar parte de la vida del centro sin ninguna duda, compartía su experiencia y conseguía que estuviera integrado en el aula. Aunque la primera parte de las prácticas solo era para observar, me animó a ayudar a los chicos cuando era posible, convirtiéndonos en un equipo muy bien sincronizado a los pocos días de empezar mis prácticas. Esta experiencia me ayudaba a entender mejor a los alumnos, averiguar cuáles eran sus dificultades y también estar más cerca de ellos.

Recuerdo a una niña de 1º de E.S.O. muy especial, siempre venía sin material y sin ganas de estudiar. Ella lo decía muy claro, no quería estudiar. Hablando con ella me lo dijo ¿para qué iba a estudiar si el próximo curso ya no estaría en el instituto? Me narraba cual era su situación y en el fondo le tenía que dar la razón, su situación personal la iba a apartar de los estudios, yo no podía hacer nada para cambiarlo y mostrarle cómo se realizan operaciones con fracciones no cambiaría nada.

Pero no había alternativa, mi trabajo en ese momento era enseñar Matemáticas y tenía que hacerle ver que, a pesar de su situación, las fracciones eran muy importantes para su vida. Así que una mañana saqué lo mejor de mí y busqué la forma de explicarles las fracciones.

Ese día me desperté con las ideas muy claras, tenía que conseguir que esa niña saliera de la clase convencida de que tenía que seguir estudiando. Recuerdo el camino de casa al centro con total claridad, no paraba de darle vueltas a la cabeza intentando averiguar lo que pasaría en la clase, intentando buscar alternativas a todo lo que fuera a pasar en esa hora. Llegué al centro y me encontré con mi tutor, le conté cuales eran mis planes y, como siempre, me animó a conseguir los objetivos marcados, además me recordó que él estaba allí.

Llegamos a la clase y allí estaban todos los chicos, incluida ella. La situación de esa aula era un poco especial, ya que en ese centro tenían un programa por el cual, los alumnos que necesitaban de un apoyo en algunas de las asignaturas no salían del aula, se quedaban allí con el profesor de apoyo. De esta manera, mientras el profesor explicaba la asignatura, el otro docente le ayudaba en el aula, centrando su labor en aquellos alumnos que más lo necesitaban.

Precisamente esos días, el profesor de apoyo estaba de baja y mi tutor me había ofrecido convertirme en el profesor de apoyo, así que desde el primer día pude ayudarle en aquello que necesitaba. En esta ocasión tenía que trabajar con esta chica para que viera lo importante que era aprender a realizar operaciones con fracciones.

Cuando me acerqué a ella me lo dejó muy claro, no había traído material para poder trabajar, tampoco el libro, así que aquí empezó la lucha. Saqué mi propio material y se lo di a ella, diciéndole que no pasaba nada, que siempre hay alguna solución, como todo en Matemáticas.

Tenía claro que no podía empezar a explicarle fracciones como si nada, ella no lo iba a admitir. Así que empecé a hablar con ella, le pregunté sobre su futuro, sus objetivos. Ella me dijo que cuando fuera mayor quería ser peluquera y quería abrir su propia peluquería, así que eché de ingenio y busqué situaciones donde las fracciones podían utilizarse en una peluquería.

Me inventé una historia, empezamos a hablar de esa peluquería que ella iba a abrir, hablamos de sus clientas, del material que iba utilizar, del trabajo que iba a realizar y de sus trabajadoras, porque ella tenía bien claro que sería una peluquería solo para mujeres. Y poco a poco fui llevando la historia a mi terreno, empecé a realizar dibujos en el papel y los acompañé poco a poco de números.

Hablábamos de la cantidad de tinte que teníamos que utilizar con una clienta, para cuantas clientas nos valdría cada uno de los envases, de cuánto costaría comprar el material y los precios que tendríamos que poner para ser competitivos. Empezamos a realizar las primeras cuentas y empezaron a aparecer las fracciones.

En eso momento me sentía la persona más feliz del mundo, estaba consiguiendo que ella aprendiera. La miraba y veía su cara, completamente concentrada en la peluquería que iba a abrir. La historia había cambiado de narrador, ahora era ella la que tenía las ideas y yo iba guiándola con los números que se me iban ocurriendo, de tal forma que trabajamos los contenidos del tema sin que ella se diera cuenta, sin ningún libro de texto.

El tiempo pasó volando y el final de la clase llegó más rápido de lo que esperábamos. Cuando el timbré sonó, le dejé tanto las hojas que escribimos como el boli que utilizamos, con la condición de que volviera a trabajar el próximo día.

Cuando nos fuimos del aula, mi tutor me preguntó qué habíamos estado haciendo, ella había estado concentrada sin protestar en ningún momento, algo que no era habitual. Así que estuvimos compartiendo nuestras impresiones sobre la sesión.

Esta sesión fue muy motivadora, había conseguido mi objetivo, habíamos aprendido fracciones. Había conseguido que, por un momento, las matemáticas fueran importantes en su vida. Estaba muy motivado, en los próximos días tenía que seguir trabajando con ella y tenía que marcarme nuevos objetivos.

Y como os decía al principio, este es uno de mis recuerdos más bonitos. Durante las siguientes semanas, mi profesor y yo nos coordinamos para conseguir que nuestra alumna no bajara su interés, alternamos nuestros roles, un día trabajaría como el profesor de apoyo y otro día como el profesor de la clase. Compartimos aula, trabajo, impresiones y objetivos.

Sin embargo, la parte triste de esta historia fue saber que no pudimos ayudar a nuestra alumna más allá del aula. El siguiente curso no continuó con sus estudios, ya que la situación familiar no se lo permitía. Así que siempre tendré esa pequeña herida, ya que nunca sabré si el trabajo que realizamos la ayudó en su futuro.

Ahora, cada vez que paso por una peluquería, siempre miro en el interior con la esperanza de ver a aquella alumna que no quería aprender que eran las fracciones.

capítulo 6: echando al profesor de clase

En las prácticas del Máster de Profesor de Educación Secundaria hubo muchos momentos divertidos tanto con los alumnos como con mi tutor de prácticas.

Una de las situaciones más divertidas ocurrió a la semana de empezar a impartir clases en 3º de E.S.O., ya que los chicos se comportaban extraordinariamente bien en cada una de las sesiones. Cada vez que terminaba una de las clases, mi tutor y yo comentábamos lo atentos que habían estado, centrados, participando en todas las actividades y sin ser necesaria ninguna llamada de atención.

Esto preocupaba, en parte, a mi tutor. Ya que, aunque valoraba muy positivamente la actitud de los chicos, observaba que impartir las clases me empezaba a resultar demasiado sencillo, lo cual no era bueno ya que uno de los objetivos de las prácticas era que aprendiera a desenvolverme en el aula, teniendo que vivir el día a día de un centro educativo.

Estaba claro que los alumnos estaban siendo muy exquisitos y yo no estaba desarrollando recursos que me ayudaran a resolver situaciones complicadas o incluso de conflicto. Mi tutor creía que era el mejor momento para que estas situaciones ocurrieran, ya que así tendría la ayuda de alguien con una gran experiencia.

Así que en uno de nuestros descansos en los que charlábamos sobre las clases, la enseñanza y preparábamos las siguientes sesiones nos pusimos de acuerdo. Los chicos estaban trabajando muy bien e íbamos avanzados con respecto a nuestra programación. Los chicos se merecían una sesión diferente y menos cargada de contenidos. Por lo que preparamos una clase práctica en la que fuéramos resolviendo problemas del tema que habíamos estado trabajando.

En esta sesión yo seguiría con el mismo rol de profesor que había estado realizando hasta el momento. Sin embargo, mi tutor no se limitaría a observar o ayudar cuando fuera necesario. En esta ocasión, se convertiría en un alumno rebelde, es decir, se sentaría en el final de clase y empezaría a hablar con los chicos, empezaría a enredarles para que ellos también empezaran a revolverse y la clase fuera más movida. Esto no era algo habitual, pero era algo que queríamos probar para ver la reacción de los chicos y la mía cuando la clase se fuera alborotando.

Empezó la clase y, como siempre, informé a los chicos de los objetivos y las actividades que realizaríamos. Después de resolver algunas dudas de los chicos y trabajar los deberes de la sesión anterior, comenzamos a resolver nuevos problemas con los que repasar. Mi tutor empezó a interaccionar con los chicos sin que ellos se dieran cuenta de lo que estaba haciendo. Les pedía una goma, un folio, les preguntaba cuál era el ejercicio que teníamos que hacer o empezaba a incordiarles. Así comenzó a generarse algo de ruido en la clase, por lo que tuve que empezar a dar los primeros avisos pidiendo que guardaran el silencio, a lo que los chicos reaccionaron bien.

Sin embargo, mi tutor decidió ser más rebelde y poner a prueba mi paciencia, incordiando a los chicos cuando yo no estaba atento. El jaleo empezó a aumentar en la clase y yo empezaba a notar que la clase se descontrolaba, las llamadas de atención no eran suficientes, sobre todo para mi tutor. Tenía que reaccionar, la clase me empezaba a recordar a las mismas que había vivido como estudiante de secundaria y no podía permitir que la situación fuera a más. Ahora era realmente cuando iba a descubrir si realmente podía solucionar una pequeña situación de conflicto.

Empecé a sentir como me cabreaba que mi tutor no me hiciera caso y estaba claro que él era el epicentro del conflicto. Así que decidí poner punto final a la situación. Paré la clase con evidente tono de enfado y me dirigí directamente a mi tutor como si de un alumno se tratara. “¿Qué está pasando? ¿Crees que es la forma de comportarse en clase? Estás molestando a tus compañeros y a mi también. No podemos seguir así”. Le expliqué que su comportamiento era intolerable, le pregunté que si había algún motivo para ello. También le expliqué que así no conseguiría aprender lo que estaba explicando, le pedí que me explicara qué era lo que le sucedía y que si necesitaba que habláramos sobre si le sucedía algo.

En ese momento se hizo el silencio en la clase. Aunque no había sido necesario que levantara el tono, los chicos vieron que no me hacía gracia lo que estaba pasando y lo que más le sorprendió es que llamara la atención al que hasta ahora había sido su profesor, que yo lo tratara como si fuera un estudiante más. Creo que en ese momento se dieron cuenta que yo era el profesor y que mi tutor era solo un alumno. Mi tutor también se dio cuenta de ello, siguió interpretando el papel de alumno y me dijo que no estaba haciendo nada.

Todavía tengo grabadas las caras de los chicos, sus expresiones de sorpresa a la respuesta de mi tutor eran evidentes. También recuerdo la mirada de mi tutor de desafío y me costaba aguantar la risa, ya que en el fondo sabía que esto era una especie de teatro que habíamos preparado, así que tenía que seguir pareciendo enfadado y tomar medidas ante su actitud. En ese momento, lo único que se me ocurrió fue invitar a mi tutor a salir de la clase a meditar sobre lo que había pasado, ya que su actitud no estaba siendo la adecuada.

Así que mi tutor se levantó y se marchó del aula. Yo veía como los chicos alucinaban y murmuraban mientras se dirigía hasta la salida. “Ha echado al profesor de clase” los oía decir. Cuando mi tutor ya estaba en el pasillo, hablé con los chicos y les expliqué que ese no era el comportamiento en clase y ellos me empezaron a contar que no les dejaba en paz, así que decidimos continuar unos minutos más con la clase.

Pasado ese tiempo, les dije a los chicos que iba a hablar con mi tutor para comprobar si ya había meditado sobre lo que había hecho, les dejé un par de ejercicios y salí de la clase. Lo primero que pensaba era que mi tutor estaría cabreadísimo porque le había echado de clase, pero mi sorpresa era que estaba completamente de acuerdo conmigo. Estaba esperándome, me dijo que había estado muy bien, no había perdido las formas en ningún momento y había mantenido el respeto. Comentamos como habían reaccionado los chicos y decidimos poner fin a la situación explicando a los chicos lo que habíamos hecho.

Cuando entramos y les contamos todos, todos se empezaron a reír y a comentar lo que pensaban, como lo habían vivido. Fue una situación que terminó siendo divertida para todos, generó lazos entre nosotros y ellos, nos permitió conocerlos y también generar una complicidad entre mi tutor y yo que nunca olvidaré.

Esta clase la guardo en un lugar muy especial en mi memoria. No habría ocurrido sin haber tenido a un tutor en mis prácticas tan especial que me ayudó a desarrollar mis destrezas como profesor y me ayudó a amar esta profesión. No puedo estar más agradecido por todo lo que me ayudó, me enseñó y compartió conmigo. Desde luego, es el que ha conseguido que yo sea el profesor que soy ahora.

capítulo 7: el primer examen

Cuando estás aprendiendo cómo enseñar la asignatura de las Matemáticas uno de las partes más importantes es la evaluación de los conocimientos y destrezas que han adquirido tus estudiantes. Durante las prácticas de Máster todavía no se hablaba de las competencias y la evaluación era más limitada. Aunque durante las prácticas tuve la oportunidad de evaluar los alumnos con diferentes actividades, si quería adquirir experiencia no podía esquivar una de las más conocidas y temidas por los estudiantes: el examen.

Para mi sorpresa, realizar el primer el examen volvió a cambiar mi percepción de la actividad docente. Hasta ese momento, mi visión de un examen era desde la perspectiva de un estudiante, ya que meses atrás había realizado mis últimos exámenes como alumno del Máster. Sin embargo, ahora era el profesor y realizar el examen era algo completamente diferente.

Todavía recuerdo aquella tarde días antes de la fecha que había acordado con mis alumnos para realizar esa prueba escrita. Me senté frente al ordenador, preparé todo el material de consulta que tenía a mi disposición para buscar las preguntas que más se ajustaran a la evaluación que tenía que realizar según la programación que ya había elaborado.

Cuando comencé a buscar la primera pregunta del examen me di cuenta que no era tan sencillo como yo pensaba. Según iba leyendo preguntas, ya sabía que iba a pasar cuando mis alumnos la realizaran. “Seguro que se olvidan del paréntesis en este paso”, “aquí van a tener problemas con la jerarquía de las operaciones” o “hicimos una pregunta muy parecida a esta en clase y esta la van a bordar” eran pensamientos que pasaban por mi cabeza.

Era sorprendente como ya conocía a mis alumnos gracias a todo el trabajo que habíamos realizado durante esas semanas y sentía que dependiendo de las preguntas que yo escogiera podría conseguir los resultados que yo quisiera. Así que durante el trabajo de escritura del examen y elección de las preguntas intenté borrar esos pensamientos y me limité a cumplir los criterios marcados por la programación. Recuerdo que cuando terminé de escribir el examen no me sentía muy bien, tenía la sensación de que sabía que iba a pasar. Así que lo siguiente que hice fue coger la lista de alumnos y escribir una por una la calificación que iban a obtener en la prueba. Cuando terminé guardé ese papel y decidí olvidarlo hasta que los exámenes estuvieran corregidos.

Llegó el día del examen y momento de empezar la prueba. Como era de esperar, cuando estaba por el pasillo de la clase ya oía a los chicos gritar “¡ya viene, ya viene!” y sonaba el ruido de las sillas mientras se preparaban. Al entrar en el aula veía lo nerviosos que estaban y me sentía identificado con ellos, ya que yo estaba en su misma situación unos meses atrás. Así que decidí no demorarme mucho y comenzamos con la prueba. Les di las indicaciones necesarias para que pudieran realizar la prueba y les recordé la importancia de ser honrados a la hora de responder cada una de las preguntas. En cuanto terminé, el silencio se hizo dueño del aula y los bolígrafos empezaron a moverse.

Mientras los chicos realizaban el examen, me sentía de lo más extraño, era la clase más tranquila de todas las que había tenido hasta el momento, pero también la más incómoda. Mientras pasaba al lado de los chicos iba observando que habían escrito y también veía los errores, sentía que todo se empezaba a torcer. Tenía que tener mucha paciencia ya que no podía ayudarles, eso no tenía que ocurrir en esta sesión, habría que hacerlo en las siguientes. Así que durante toda la sesión pude comprobar lo complicado que es realizar un examen también para el profesor.

Al finalizar, mientras recogía todas las pruebas, empezaba a escuchar sus comentarios y también podía ver sus caras. Algunas de ellas parecían confirmarme algunas calificaciones, tanto las positivas como las negativas. Pero lo peor estaba por llegar: corregir.

Creo que esa fue la peor tarde de las prácticas. En todas ellas siempre había tenido trabajo de preparación de las próximas sesiones o corregir ejercicios. Sin embargo, evaluar mediante un examen fue lo peor del trabajo. Recuerdo terminar y sentirme como un mercenario, hasta el punto de llegar a pensar que esa no era la profesión que yo quería. No iba a ser capaz de repetir esa experiencia. A pesar de que los resultados eran bastante buenos, no eran lo suficientemente buenos para mi. Cuando los comparé con aquella lista donde puse las calificaciones que esperaba, estaban casi calcadas. Así que me sentía mal conmigo mismo, sentía que si hubiera puesto otras preguntas habría conseguido unos resultados todavía mejores, pero sin embargo no habría cumplido la programación.

Cuando le di los exámenes a mi tutor de prácticas para que los revisará, hablamos de estos sentimientos y me dijo que ya se le había olvidado, pero me explicó como el también los sentía cuando empezó en la profesión y que con el tiempo fueron desapareciendo. No era algo que me consolara, pero por los menos me hacía sentir que no estaba solo y fue el impulso que me hacía falta para continuar adelante.

Al día siguiente me devolvió los exámenes, me dijo que no me había encontrado ningún error y que mis calificaciones coincidían con lo que esperaba, así que me felicitó por el trabajo realizado. Estoy convencido que se daba cuenta que no me sentía bien desde que realizamos el examen y estaba intentando ayudarme a sobrellevarlo.

Ya han pasado muchos años de aquel examen, ya he realizado muchos otros exámenes y esos sentimientos ya no son tan fuertes como aquella vez, sin embargo, siguen ahí. Cuando escribo un examen sigo teniendo que luchar contra la programación y lo que conozco de mis alumnos, por eso en cada sesión que realizamos sigo trabajando con ellos para que esos errores desaparezcan. Y después de tantos años sigo buscando la fórmula mágica que permita no realizar pruebas escritas y tener en cuenta todos los aspectos de la evaluación.

Capítulo 8: La Primera Despedida

Las prácticas del máster avanzaban a todo ritmo, habituarse a la vida del centro no resultó complicado. Trabajar con grupos desde 1º de E.S.O. hasta 2º de Bachillerato era una experiencia inolvidable. Cada día en el centro traía nuevas sorpresas, cuando el tutor de las prácticas me pide que imparta mi primera clase en 2º de Bachillerato y subamos el nivel de las explicaciones, cuando una estudiante levanta la mano y el corazón se me acelera porque le sale espuma de la boca y luego resulta que solo se estaba comiendo el dichoso tipex, cuando el grupo de 1º de E.S.O. hace que dar clase se haga imposible porque acaban de llegar acelerados de Educación Física, cuando asistes a la primera tutoría con padres, cuando asistes a una reunión de departamento o cuando preparas la primera tutoría para un grupo de 3º de la E.S.O.

Cada uno de los momentos vividos en un centro educativo pueden parecer habituales o rutinarios, pero cuando los vives, descubres que todos ellos son especiales y te van uniendo poco a poco a los alumnos, a las familias a tus compañeros y a toda la comunidad educativa. Cuando una clase es complicada, vuelves a la sala de profesores compartiéndolo con tus compañeros y te hacen sentir mejor apoyándote y contándote situaciones que te ayudan. Cuando en clase tropiezas y lo que parece una situación humillante se convierte en un momento muy divertido cuando ves la cara de preocupación de los alumnos y te das cuenta que debes de animarlos a reírse. Cuando les dices a unos padres que su hijo está empeorando sus calificaciones y te cuentan que están desesperados y te piden ayuda. Todas son situaciones que tienen una parte humana y te hacen sentir que formas parte de un equipo que rema en la misma dirección para sacar adelante un proyecto muy ilusionante.

Así que cada uno de los días de las prácticas del Máster se convirtieron en días de trabajo ilusionante, una muestra de lo que llegaría porque ahí estaba el gran “pero” de esta formación. El final de las prácticas se acercaba y poco a poco me iba dando cuenta, ya que el trabajo empezaba a disminuir cuando ya no quedaban más sesiones que preparar, los exámenes se acababan, no había más fotocopias que hacer. El calendario avanzaba imparable y el momento de decir adiós a ese ecosistema que formaba la comunidad educativa.

La última semana de las prácticas empezaba y sentía que no quería que acabara, el trabajo se quedaba a medias, el libro estaba sin terminar, no había ayudado a los chicos lo suficiente y en esa semana no daría tiempo a cumplir todos los objetivos marcados para ese curso. Y con la última semana empezaron a llegar las últimas clases y las primeras despedidas, momentos más duros y complicados para los que nadie nos había preparado.

Cuando yo estudié, mis profesores eran entes superiores inalcanzables que tenía todo los conocimientos, fríos y lejanos. Teníamos suerte si conocían nuestro nombre, ya que ellos eran perfectos y nosotros estábamos en nuestros pupitres convertidos en esponjas que debían absorber hasta la última palabra que saliera por sus bocas. Sin embargo, nadie nos dijo que la educación había cambiado tanto, en el máster te preparan para impartir conocimientos de la forma más adecuada, pero nadie te dice que realizar esta tarea adecuadamente te acerca a tus alumnos. En esos momentos empezaba a entender a mi profesora de 1º de Educación Primaria, cuando curso tras curso continuaba con nosotros. Todos en el colegio nos conocían como los “Niños de Nena” y el último día de clase se convirtió en un drama cuando supimos que no podríamos volver a tenerla como profesora. Algo parecido sentía poco más de dos meses de prácticas, no eran seis cursos con ellos, pero en ese tiempo había podido conocer a cada uno de ellos y había tenido tiempo a sentir preocupación por ellos, sentía que debía seguir trabajando para ayudarles a superar el curso.

Esas últimas clases se convirtieron en momentos llenos de sorpresas cuando tanto ellos como yo tuvimos pequeños detalles que hicieran que esa amargura fuera algo más dulce. Durante esas clases pintaba una sonrisa en mi rostro para que el último recuerdo que tuvieran de mí no fuera triste, pero al salir de la clase respiraba profundamente para evitar expresar esa tristeza que realmente sentía, ya no cruzaría más esas puertas y les encontraría en sus pupitres, me di cuenta que les echaría de menos. Al terminar las prácticas me daba cuenta que hasta ahora había estado saboreando un caramelo que ahora me quitaban sin posibilidad de volver a recuperarlo.

El camino a casa después de la última jornada de prácticas y de las despedidas fue eterno. Pero también me dio tiempo para pensar y reflexionar. Sí, estaba triste, no volvería a ver a esos alumnos, pero en mis manos estaba volver a las aulas, ya estaba seguro, ser profesor era mi vocación e iba a luchar por conseguir ese objetivo. Ahora estaba más decidido que nunca, iba a esforzarme al máximo para llegar a ser profesor, pero no solo eso, iba a trabajar para conseguir ser el profesor que mis alumnos necesitan.

Y para conseguir ese objetivo no tuve que esperar mucho, ya que a los pocos meses de terminar el prácticas pude volver a dar clase, seguir disfrutando de la enseñanza y, por desgracia, seguir sintiéndome triste cada vez que tenía que decir adiós a los alumnos.