En las páginas de este diario, les abro la puerta a un mundo donde las ecuaciones matemáticas convergen con la diversidad de identidades y la lucha por la igualdad. A través de estas palabras entrelazadas, los invito a conocer la vida y el corazón de un profesor de matemáticas cuya pasión trasciende las aulas convencionales y se expande hacia la innovación educativa y la defensa de los derechos de la comunidad LGTBI+.

A través de estas páginas, les invito a un viaje que trasciende las fronteras convencionales de la educación y la identidad. Mi diario como profesor de matemáticas, innovador educativo y activista LGTBI+ es un testimonio de cómo las pasiones pueden converger, cómo los números y las identidades pueden entrelazarse para crear un tejido enriquecedor de aprendizaje, comprensión y respeto. A medida que compartimos estas experiencias, espero que encuentren inspiración para explorar su propio camino y contribuir al cambio positivo en el mundo que nos rodea.

RECORDANDO EL PASADO

Capítulo 2: comenzando un nuevo camino

Estudiar una carrera como Matemáticas implica enfrentarse a asignaturas exigentes como Álgebra Conmutativa, Análisis Matemático, Geometría Diferencial Local o Análisis de Datos Multivariantes. El nivel de abstracción puede ser alto, y el enfoque está principalmente en dominar las complejidades de esta disciplina. Sin embargo, al ingresar al Máster para ser profesor de Educación de Secundaria, el panorama cambia drásticamente. Uno se encuentra con asignaturas como Diseño Curricular, Atención a la Diversidad, Psicología o Sociología, que pueden parecer alejadas de lo estudiado previamente. La dinámica y la forma de trabajar también difieren notablemente.

Desde el primer día del Máster, en la presentación en el salón de actos, comprendes que los estudios ya no serán iguales. El nivel de exigencia sigue siendo alto, pero las demandas serán diferentes. Salir de la comodidad de tu escritorio y explorar nuevas formas de investigación se convertirá en una constante. En lugar de ser un mero receptor de conocimiento, estarás en la tarima desde el primer día. Las clases ya no serán magistrales; al contrario, la interacción y la participación activa serán la norma en cada sesión.

Tengo grabada en mi memoria la primera clase de Orientación Educativa, un día que cambió mi perspectiva como futuro profesor. Nuestra profesora nos sorprendió al sacar una bolsa con pequeños papeles, en los cuales se encontraban nombres conocidos. Nos pidió que, sin revelar nuestro papel, asumiéramos el papel de ese personaje para encontrar nuestra pareja. Este ejercicio nos llevó a soltar los bolígrafos, abandonar nuestros asientos y actuar en busca de nuestros compañeros que también estaban en personajes asignados.

Al recibir mi papel, leí con sorpresa: "Angelina Jolie". Los nervios se apoderaron de mí; la idea de actuar de forma peculiar para encontrar mi "Brad Pitt" me desconcertó. Después de tantos años dedicados al estudio de las Matemáticas, encontrarme en una situación tan inusual me hizo cuestionar la relevancia de este ejercicio. Sin embargo, no tenía otra opción que sumergirme en la actuación, convirtiéndome en una actriz oscarizada y sintiéndome tan poderosa como ella en una alfombra roja.

Finalmente, encontré a mi "Brad Pitt", una compañera desconocida, al igual que muchos otros en la clase. Fue entonces cuando nuestra profesora nos explicó la razón detrás de esa dinámica. La finalidad era que experimentáramos cómo se sienten los alumnos recién llegados a un grupo nuevo. Al liberarlos de sus inhibiciones y obligarlos a relacionarse, creamos lazos entre ellos y los ayudamos a conocerse mutuamente.

Esa explicación me abrió los ojos. Mi papel como profesor no sería solamente enseñar Matemáticas; también tendría que apoyar a mis alumnos en otros aspectos de sus vidas, para los cuales no estaba completamente preparado. Estas primeras sesiones me enseñaron que ser profesor implica más de lo que imaginaba, y el Máster se volvió esencial para mi desarrollo profesional.

Hoy, cuando reflexiono sobre aquellos primeros días del Máster de Profesor de Secundaria en la Universidad de Salamanca, agradezco profundamente el impacto que tuvieron en mí. Las dinámicas y experiencias vividas en aquellas clases me transformaron en el profesor que soy hoy en día. No puedo dejar de expresar mi gratitud a la USAL y a los profesores del Máster por enseñarnos tanto durante el curso. Fue un camino lleno de desafíos y aprendizajes, pero todo ello contribuyó a forjar mi vocación como educador, con el firme propósito de guiar a mis alumnos hacia un futuro exitoso y pleno en cada uno de sus caminos. La enseñanza es una labor trascendental que va más allá de impartir conocimientos, es formar a individuos íntegros y comprometidos con su desarrollo y con la sociedad.

Capítulo 3: Psicología de la educación

El camino para convertirse en profesor o maestro revela una verdad que muchas personas desconocen: esta profesión va más allá de simplemente llegar a clase y transmitir la lección. A lo largo del Máster, me di cuenta de la hermosa complejidad que implica ser educador y descubrí la importancia de escuchar a mis alumnos, una lección fundamental que aprendí durante una apasionante clase de Psicología con mi profesor Rodrigo.

Aquella sesión con Rodrigo quedó grabada en mi memoria y me acompañaría en cada una de mis futuras clases. Me siento afortunado de haber sido testigo de cómo la psicología se entrelaza con la educación y cómo su sabiduría me enseñó a valorar aún más mi rol como maestro. Ese día, Rodrigo planteó un caso práctico que nos hizo reflexionar profundamente: ¿cómo reaccionaríamos si uno de nuestros alumnos se acercara a nosotros y nos confesara que es gay?

Inicialmente, esta situación no pareció complicada, pero generó un impacto en mí. Provenía de un sistema educativo en el que los profesores eran vistos como expertos en sus materias, y nuestros diálogos se limitaban exclusivamente al ámbito académico. La idea de un alumno confiándonos su vida personal parecía lejana. Sin embargo, Rodrigo aseguró que esta situación podría presentarse antes de lo que imaginábamos.

Buscábamos respuestas superficiales, pero él nos alentó a profundizar y encontrar la respuesta que el alumno realmente necesitaba. No era suficiente simplemente decirle que ser gay es natural y que no había problema alguno. Debíamos escuchar con empatía y comprender sus razones para compartir esa parte de sí mismo con nosotros. Tal vez había un problema oculto, como acoso escolar o falta de aceptación en su entorno. Debíamos ahondar en su historia para poder ofrecer el apoyo adecuado.

Este enfoque trascendía la asignatura de Psicología y se convertía en la base de mi futura labor como profesor. Aprendí que no debía asumir las dudas de mis alumnos, sino preguntarles directamente para entender sus necesidades de aprendizaje. Esto aplicaba a cualquier asignatura, incluso a Matemáticas, donde debía indagar sobre la raíz de la confusión antes de dar una respuesta.

Aquella clase me marcó profundamente, ya que me enseñó la importancia de escuchar a mis alumnos y construir una relación de confianza con ellos. Rodrigo tenía razón: no pasó mucho tiempo desde que comencé a ejercer como profesor y un alumno se acercó para compartir su experiencia personal conmigo. Aquel momento quedó grabado en mi corazón y me hizo comprender que mis estudiantes no solo son receptores de conocimiento, sino seres humanos con sus propias historias y emociones.

En mi carrera docente, he descubierto que aprendo tanto de mis alumnos como ellos de mí. Cada día es una oportunidad para crecer juntos, para escuchar sus inquietudes, sueños y preocupaciones. Es gratificante ver cómo confían en mí para compartir sus pensamientos y cómo puedo ofrecerles el apoyo y la orientación que necesitan.

Como profesor, sigo valorando y aplicando la lección que Rodrigo me enseñó: escuchar a mis alumnos es el primer paso para entender sus necesidades y ayudarles en su desarrollo académico y personal. Cada estudiante tiene su propia historia, y comprenderla es fundamental para construir un ambiente de aprendizaje en el que se sientan valorados y motivados.

A lo largo de mi carrera, he aprendido que ser maestro va más allá de enseñar contenidos; es una labor de guía, de escucha activa, de empatía y de crecimiento mutuo. Cada estudiante que pasa por mi aula deja una huella imborrable en mi corazón, y la gratitud que siento hacia ellos por todo lo que me han enseñado es infinita. Ser maestro es una profesión bonita y significativa, llena de desafíos y alegrías, y estoy agradecido de poder ser parte del proceso de formación y crecimiento de mis alumnos. Cada día, con entusiasmo renovado, me enfrento a nuevas clases con la certeza de que mi compromiso es ayudar a mis estudiantes a alcanzar sus sueños y a desarrollar todo su potencial como seres humanos.

Capítulo 4: la primera clase

Cuando me sumergí en el Máster para ser profesor, una cuenta atrás implacable se puso en marcha. Cada día, el tiempo avanzaba más rápido, acercándome inexorablemente a un momento crucial en mi carrera: el día de mi primera clase como docente. Durante el Máster, cada sesión se convirtió en una preparación intensa y profunda para enfrentar el reto de estar frente a un grupo de estudiantes, para guiarlos en el aprendizaje, para conectar con ellos y dejar una huella significativa en sus vidas.

En cada clase del Máster, nos enseñaban a diseñar y llevar a cabo lecciones efectivas. Explorábamos diversas metodologías, estrategias y herramientas pedagógicas. Nos preguntábamos constantemente cómo aplicar todo este conocimiento en nuestras futuras clases, cómo transmitir los contenidos de manera clara y comprensible, cómo mantener el control de un aula y cómo inspirar a nuestros alumnos para que alcancen sus sueños y metas.

Sin embargo, también surgían inquietudes y miedos propios del comienzo de esta nueva travesía. Nos cuestionábamos si seríamos capaces de manejar una clase llena de estudiantes, si enfrentaríamos situaciones complicadas o si alguna vez nos veríamos desbordados por preguntas para las que no tuviéramos respuesta. La incertidumbre y la ansiedad por estar a la altura de nuestras expectativas y las de nuestros alumnos nos invadían.

Durante los meses previos a las prácticas, comenzamos a construir en nuestra mente cómo serían nuestras clases ideales. Tomamos notas de todas las ideas creativas que surgían y empezamos a esbozar los primeros guiones. Queríamos ser los mejores profesores, aquellos que motivaran a sus estudiantes a ser líderes, a viajar a mundos desconocidos, a encontrar curas para enfermedades incurables y, en definitiva, a ser felices y excelentes seres humanos.

Finalmente, el día tan esperado llegó. Los nervios se apoderaron de nosotros mientras esperábamos en la universidad a que nos asignaran los centros donde realizaríamos nuestras prácticas. Al recibir la noticia, me sentí ansioso y emocionado por conocer mi futuro centro educativo y mi tutor, quien sería mi guía en esta etapa crucial.

Al llegar al centro, no podía contener la emoción. Investigué todo lo que pude y, sin perder tiempo, me comuniqué con mi tutor para concertar una reunión. El encuentro con él en la cafetería del centro fue un momento que marcó un antes y un después en mi trayectoria como futuro profesor. Desde el primer instante, Domingo, mi tutor, me hizo sentir parte activa del centro educativo, y juntos empezamos a planificar el trabajo para los dos meses de prácticas.

Casi desde el inicio de mis prácticas, Domingo me involucró en la vida del centro. Pude ayudar en clase, colaborar con los estudiantes que requerían mayor atención, dar explicaciones y evaluar las sesiones. Compartir su experiencia y generosamente convertirnos en un equipo fue un regalo invaluable para mí. Trabajar con un profesor apasionado por su labor me motivó e inspiró a superarme cada día.

Y finalmente, llegó el día en el que tendría que impartir mi primera clase. El tema era funciones, y Domingo y yo decidimos utilizar la pizarra digital para cambiar la metodología y evaluar su impacto en el aprendizaje de los estudiantes. La noche anterior, los nervios se apoderaron de mí, y preparé un guión detallado para asegurarme de que todo saliera a la perfección.

Al entrar al aula, los chicos estaban expectantes. Habíamos cambiado el escenario al aula de la pizarra digital, y ellos sabían que sería una clase diferente. Durante toda la sesión, estuvieron atentos y participativos, sorprendiéndome con su entusiasmo. Sin embargo, a pesar del éxito aparente, en mi interior, la sensación de frustración comenzó a crecer. No podía evitar sentir que, a pesar de sus respuestas positivas, algunos de ellos no estaban comprendiendo del todo.

A medida que pasaban las clases, aprendí a leer más allá de sus palabras. Observaba sus gestos, expresiones y lenguaje corporal, y poco a poco fui aprendiendo a interpretar lo que no decían en voz alta. Entendí que la confianza era fundamental para conectar con mis alumnos y fomentar un ambiente propicio para el aprendizaje. Me esforcé en demostrarles que podían contar conmigo, que siempre estaría allí para apoyarlos y resolver sus dudas.

Con el tiempo, esta experiencia de frustración se convirtió en una enseñanza invaluable. Aprendí a escucharlos sin que dijeran una palabra, a leer sus emociones y preocupaciones, y a encontrar formas de ayudarlos a superar barreras. Comprendí que la enseñanza no solo requería dominar los contenidos y preparar las clases, sino también establecer una conexión auténtica con los estudiantes, demostrarles empatía y cultivar la confianza mutua.

En mi trayectoria como profesor, he mantenido presente esta lección. Cada día busco nuevas formas de mejorar mis habilidades pedagógicas y fomentar un ambiente en el que mis alumnos se sientan seguros para aprender y expresarse. Mi objetivo es que, al final de cada clase, se sientan inspirados, desafiados y listos para enfrentar el mundo con confianza.

Cada vez que pienso en aquellos días del Máster, cuando la cuenta atrás hacia mi primera clase se agotaba inexorablemente, recuerdo el valioso apoyo de mis tutores y cómo aquella experiencia desafiante se convirtió en una oportunidad para crecer como educador y como persona. Mi pasión por la enseñanza creció y se fortaleció, y hoy, mirando atrás, agradezco esos momentos que me ayudaron a convertirme en el profesor que soy hoy en día. Cada día es un nuevo reto, pero también una nueva oportunidad para inspirar y marcar la vida de mis estudiantes, tal como aquellos maestros marcaron la mía.

CApítulo 5: descubriendo la realidad

Durante mi Máster para ser profesor de Matemáticas, atesoro muchos recuerdos, la mayoría de ellos buenos e inolvidables, y gran parte de estas experiencias se dieron durante las prácticas. Fueron dos meses que marcaron un antes y un después en mi desarrollo como docente, pues en ese periodo pude conocerme mejor a mí mismo y descubrir que la enseñanza era mi verdadera vocación.

En este viaje de aprendizaje, tuve la inmensa suerte de contar con dos guías excepcionales, auténticos maestros de la profesión. En primer lugar, mi tutor de práctica en la universidad, quien me desafió constantemente a superarme, animándome a cuestionar mi propia práctica y adentrarme en la verdadera esencia de ser profesor.

Pero uno de los recuerdos más gratificantes y emotivos que atesoro proviene de mi tutor de práctica en el instituto. Desde el primer día, él me acogió en su aula y me permitió ser parte activa de la vida del centro sin ninguna reserva. Compartió conmigo su invaluable experiencia y me alentó a integrarme plenamente en la dinámica de la clase. Aunque inicialmente solo debía observar, pronto me animó a participar y colaborar con los alumnos, lo que nos convirtió en un equipo perfectamente sincronizado en cuestión de días. Gracias a esta cercanía, pude comprender mejor a los estudiantes, identificar sus dificultades y estar más cerca de sus emociones y necesidades.

Entre aquellos estudiantes, hubo una niña de 1º de E.S.O. muy especial que llamó mi atención desde el primer momento. Siempre llegaba sin material y con una evidente falta de interés por estudiar. De manera franca, me confesó que no veía razón para esforzarse en aprender, pues al siguiente curso ya no estaría en ese instituto. Sus circunstancias personales la alejaban de los estudios, y aunque me resultaba comprensible, sabía que no podía quedarme de brazos cruzados.

Mi cometido como profesor era enseñar Matemáticas, y para lograrlo, debía hacerle ver la relevancia de comprender las fracciones, incluso en su futuro como peluquera, su anhelo profesional. Con determinación, planifiqué una estrategia para conectar el mundo de las fracciones con su pasión por la peluquería.

El día que llevé a cabo esta iniciativa, me levanté con las ideas claras y la convicción de que lograría que esa niña saliera de la clase convencida de que el conocimiento de las fracciones era relevante para su vida. En el camino al instituto, repasé una y otra vez mis planes, buscando alternativas y formas creativas de conectar las fracciones con su futura peluquería. Al encontrarme con mi tutor, compartí mis planes, y él me brindó su apoyo incondicional y recordó que estaría a mi lado en todo momento.

La clase comenzó, y frente a mí estaban todos los chicos, incluida ella. La atmósfera en el aula era única, ya que el centro contaba con un programa de apoyo en el que los alumnos que lo necesitaban permanecían en clase con un profesor de apoyo, mientras el profesor principal impartía la asignatura. En esta ocasión, asumí el papel de profesor de apoyo y trabajé estrechamente con esa niña tan especial.

Ella ya había anticipado que no traería material, pero esto no fue un obstáculo. Con el corazón en la mano, compartí mi material y le aseguré que siempre había soluciones en Matemáticas. Sin abordar directamente las fracciones, empecé a hablar con ella sobre su futuro como peluquera, su sueño de abrir su propia peluquería y atender exclusivamente a mujeres.

Inmersos en una narrativa que empezó con sus aspiraciones profesionales, poco a poco fui incorporando situaciones donde las fracciones se presentaban en el contexto de una peluquería. Juntos, ideamos el funcionamiento de su futuro negocio y cuánto material necesitaría para satisfacer la demanda de sus clientas. Hablamos sobre la cantidad de tinte requerido para un servicio y cómo calcular los precios para ser competitiva.

Los dibujos y números se entrelazaron, y la clase se convirtió en una experiencia única y emocionante. Mientras ella estaba completamente inmersa en la peluquería que algún día sería suya, discretamente, abordamos las fracciones. Fue gratificante ver cómo la atención y la concentración llenaban su rostro. Aquella clase se convirtió en un encuentro de almas, donde el aprendizaje trascendió las barreras de las matemáticas y se arraigó en el corazón de una niña que soñaba con un futuro brillante.

Al finalizar la clase, el timbre sonó y la realidad volvió a llamar a nuestra puerta. Con una sonrisa, le dejé las hojas con nuestras ideas escritas y el bolígrafo que habíamos utilizado, con el acuerdo de que continuaríamos trabajando juntos al día siguiente.

En ese momento, no podía evitar sentirme lleno de gratitud y dicha. Había alcanzado mi objetivo: ella había aprendido fracciones y, por un instante, las matemáticas habían cobrado un significado especial en su vida. Fue un logro que me inspiró y motivó aún más. Los siguientes días, mi tutor y yo nos coordinamos para seguir trabajando con ella, compartiendo roles de profesor y apoyo, y colaborando en el camino hacia su aprendizaje.

Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos y la conexión que habíamos establecido, la triste realidad golpeó nuestros corazones. Al término del curso, nuestra querida alumna no pudo continuar con sus estudios debido a sus circunstancias familiares. Aquella pequeña herida en mi corazón permanece hasta hoy, pues nunca sabré si nuestro trabajo y dedicación la habrían llevado por un camino diferente.

A pesar de ello, cada vez que paso por una peluquería, inevitablemente miro hacia el interior, esperanzado de que esa niña tan especial haya cumplido su sueño y, tal vez, recuerde nuestras clases y cómo las matemáticas se unieron a su pasión por la peluquería. Así, esta experiencia se ha convertido en una lección atesorada, una muestra de cómo la enseñanza puede trascender más allá de las aulas y tocar el corazón de los estudiantes, dejando una huella imborrable en sus vidas y en la del docente.

capítulo 6: echando al profesor de clase

Durante mis prácticas del Máster de Profesor de Educación Secundaria, hubo numerosos momentos divertidos tanto con mis alumnos como con mi tutor de prácticas, pero uno de los más inolvidables ocurrió cuando tuve la oportunidad de enseñar a un grupo de estudiantes de 3º de E.S.O.

Desde el inicio, me sorprendió la forma excepcional en que los chicos se comportaban en cada una de las sesiones. Estaban increíblemente atentos, participativos y comprometidos con las actividades. Al terminar cada clase, mi tutor y yo comentábamos lo bien que se habían comportado y lo fácil que parecía ser impartir clases a un grupo tan aplicado. No obstante, esta situación generaba cierta inquietud en mi tutor, ya que, aunque apreciaba la actitud positiva de los chicos, notaba que la experiencia docente se estaba volviendo demasiado sencilla para mí. Uno de los objetivos fundamentales de las prácticas era que adquiriera experiencia en el aula, enfrentándome al día a día de un centro educativo.

Consciente de esta situación, mi tutor y yo decidimos que era el momento perfecto para poner a prueba mis habilidades docentes en situaciones más desafiantes. Por ello, planeamos una clase práctica diferente, en la cual enfrentaríamos problemas del tema que habíamos estado trabajando. En esta ocasión, mi tutor desempeñaría un papel atípico al convertirse en un "alumno rebelde".

El día de la clase práctica llegó, y yo adopté mi rol de profesor como de costumbre. Mientras resolvíamos problemas, mi tutor comenzó a interactuar con los chicos de manera disimulada, tratando de generar algo de alboroto en el aula. Les pedía cosas, hacía preguntas intrascendentes y, poco a poco, el ruido aumentaba. A pesar de mis intentos por mantener la calma y dar los primeros avisos, mi tutor continuó actuando de forma provocadora, desafiando mis límites.

La situación se tornaba cada vez más caótica, y me encontré recordando mis días como estudiante de secundaria. Mi paciencia estaba a prueba, pero sabía que debía resolver el conflicto de manera adecuada. Me dirigí directamente a mi tutor, adoptando un tono de enfado apropiado para la situación, y le recordé que su comportamiento era inaceptable en clase. Le pregunté si había alguna razón detrás de sus acciones y le ofrecí mi ayuda si necesitaba hablar sobre algo en particular.

El silencio invadió el aula, y los chicos observaban la inusual escena. Habían sido testigos de cómo llamaba la atención a mi tutor, algo que no habrían imaginado ver en su profesor. Mi tutor, en su papel de alumno rebelde, continuó con la actuación y negó haber hecho algo malo. Pero yo estaba decidido a ponerle fin a la situación. Le pedí que abandonara el aula para meditar sobre lo ocurrido, dejándole en claro que su comportamiento no era tolerado.

Mientras mi tutor salía del aula, los chicos murmuraban sorprendidos. "Ha echado al profesor de clase", comentaban entre risas. Aunque se trataba de un teatro planeado, la situación fue sorprendente y divertida para todos. La clase continuó durante unos minutos más, hasta que decidí hablar con los chicos y explicarles lo ocurrido. Juntos, compartimos risas y reflexiones sobre cómo habían vivido el episodio.

Cuando mi tutor y yo volvimos al aula y les contamos la verdad, la atmósfera se llenó de risas y complicidad. Los chicos se dieron cuenta de que habíamos creado una situación ficticia para poner a prueba mis habilidades como profesor, y apreciaron nuestra disposición para compartir este momento tan especial con ellos.

Esta experiencia quedó grabada en mi memoria, y la considero un hito en mi formación como docente. No habría sido posible sin la colaboración de mi tutor, quien me ayudó a desarrollar mis destrezas y me mostró la importancia de afrontar desafíos en el aula. Agradezco enormemente todo lo que aprendí de él y cómo ha influido en mi carrera docente. Gracias a esta experiencia, me convertí en el profesor que soy hoy, dispuesto a enfrentar cualquier situación y siempre dispuesto a aprender y crecer junto a mis estudiantes.

capítulo 7: el primer examen

Cuando estás aprendiendo a enseñar Matemáticas, una de las partes más cruciales es la evaluación de los conocimientos y habilidades de tus estudiantes. Durante mis prácticas de Máster, la evaluación aún era más tradicional y limitada, pero tuve la oportunidad de experimentar diferentes métodos para medir el progreso de mis alumnos. Sin embargo, sabía que si quería adquirir una experiencia completa como docente, no podía eludir una de las evaluaciones más conocidas y temidas por los estudiantes: el examen.

A medida que me preparaba para redactar mi primer examen, me sorprendió lo diferente que era la perspectiva desde la cual me enfrentaba a esta tarea. Hasta ese momento, mi experiencia con los exámenes había sido desde el punto de vista del estudiante, recordando mis últimos exámenes como alumno del Máster. Pero ahora, como profesor, me encontraba en el otro lado, diseñando el examen para evaluar el aprendizaje de mis estudiantes.

Aquella tarde, días antes de la fecha acordada para el examen, me senté frente al ordenador, dispuesto a elaborar una prueba que se ajustara a lo que habíamos trabajado en clase. Sin embargo, conforme buscaba preguntas adecuadas, me di cuenta de que no era tan sencillo como había imaginado. Mi conocimiento de los alumnos, adquirido durante semanas de trabajo con ellos, influyó en mi elección de preguntas. Pensamientos como "seguro que olvidan los paréntesis aquí" o "aquí tendrán problemas con la jerarquía de las operaciones" rondaban mi mente.

Me di cuenta de la responsabilidad que recaía sobre mí al seleccionar las preguntas. Debía evitar sesgos y evaluar objetivamente sus habilidades. Así que, tratando de despejar esos pensamientos subjetivos, me centré en cumplir con los criterios establecidos en la programación. Cuando finalmente terminé de redactar el examen, me invadió una extraña sensación. Sentí que ya sabía cuál sería el rendimiento de mis alumnos, pero también me sentí inquieto y autocrítico con mi propia labor.

Decidí guardar mis expectativas en un papel y no pensar más en ello hasta que los exámenes estuvieran corregidos. El día de la prueba llegó, y pude ver la mezcla de nervios y concentración en el rostro de mis alumnos. Comencé la prueba, recordándoles la importancia de la honestidad y les deseé éxito en el examen.

Mientras los estudiantes trabajaban en el examen, me sentí extrañamente tranquilo pero incómodo. Era la clase más silenciosa que había tenido hasta ese momento, pero también la más tensa. No podía intervenir ni ayudarlos, y esa impotencia me hizo comprender lo complicado que puede ser el proceso de evaluación para un profesor.

Al terminar el examen, recogí las pruebas y comencé a corregirlas. Fue una tarde de sentimientos encontrados. Aunque los resultados fueron bastante buenos, me sentí como un mercenario, una sensación de que eso no era la profesión que yo quería. Sentí que, si hubiera hecho algunas preguntas diferentes, podría haber obtenido mejores resultados, pero me habría desviado de la programación.

Corregir los exámenes fue una experiencia desafiante y emotiva. Me pregunté si realmente deseaba seguir evaluando a mis estudiantes de esta manera. Hablar con mi tutor de prácticas me reconfortó, al saber que había pasado por emociones similares en sus comienzos como docente. Aunque no fue una solución mágica, sus palabras me impulsaron a seguir adelante.

A lo largo de los años, he realizado muchos más exámenes y he aprendido a manejar mejor estos sentimientos. Sin embargo, sigo enfrentando el desafío de equilibrar la evaluación escrita con otros métodos más completos y significativos. Siempre busco la manera de evaluar a mis alumnos de manera más holística, considerando su progreso en todas las áreas del aprendizaje y comprendiendo que la evaluación no puede limitarse solo a exámenes escritos. La búsqueda de esa fórmula mágica para una evaluación más completa sigue siendo un objetivo constante en mi carrera docente. Aunque todavía no lo he encontrado, sé que seguiré trabajando para mejorar y ofrecer la mejor experiencia de aprendizaje a mis alumnos.

Capítulo 8: La Primera Despedida

Las prácticas del máster avanzaban a todo ritmo, y cada día en el centro educativo era una experiencia inolvidable. Trabajar con grupos que abarcaban desde 1º de E.S.O. hasta 2º de Bachillerato me permitía sumergirme en la diversidad y complejidad de la enseñanza. Cada jornada traía consigo nuevas sorpresas y desafíos, pero también momentos de conexión con los alumnos y la comunidad educativa.

Uno de los momentos más emocionantes fue cuando el tutor de prácticas me brindó la oportunidad de impartir mi primera clase en 2º de Bachillerato, llevando las explicaciones a un nivel más avanzado. Los nervios se apoderaron de mí, pero también sentí una profunda gratitud por la confianza depositada en mí. Cada día, los estudiantes me sorprendían con su ingenio y vitalidad, y aprender de ellos se convirtió en una de las experiencias más enriquecedoras.

A veces, la cotidianidad en el centro educativo podía parecer rutinaria, pero al vivir cada momento, me di cuenta de que todos eran especiales y contribuían a unirme más a mis alumnos, sus familias y mis colegas. Compartir experiencias con otros profesores en la sala de profesores era reconfortante, y juntos formábamos un equipo unido con un objetivo común: ofrecer la mejor educación posible a nuestros estudiantes.

Claro está, también había situaciones inesperadas y momentos cómicos que llenaban el día de color. Recordaba con humor una vez en la que una estudiante levantó la mano, y mi corazón se aceleró al pensar que necesitaba ayuda médica, pero resultó que solo estaba comiendo tipex. Cada anécdota reforzaba la cercanía con los estudiantes y demostraba que el aula era un espacio seguro para aprender y equivocarse.

Conforme se acercaba el final de las prácticas, una mezcla de emociones me embargaba. Por un lado, sentía una tristeza profunda al tener que decir adiós a mis alumnos y al centro educativo, que ya consideraba como mi hogar. Aunque sabía que el trabajo nunca estaría del todo terminado, me sentía apenado por no haber podido alcanzar todos los objetivos que me había propuesto para el curso. Sin embargo, estas últimas semanas también me enseñaron a valorar cada instante y a aprovechar al máximo el tiempo con mis estudiantes.

Las despedidas fueron momentos duros y complicados para los que nadie nos había preparado. Cada clase era una pequeña aventura, llena de sorpresas y detalles que hacían que la tristeza de la despedida fuera un poco más dulce. Durante esas últimas clases, sonreía para que mis alumnos recordaran una última imagen feliz, pero al salir, no podía evitar sentir la tristeza que realmente habitaba en mi corazón. Sabía que ya no cruzaría esas puertas y me encontraría con ellos en sus pupitres; los echaría de menos.

El camino a casa después de la última jornada de prácticas y despedidas se extendía, permitiéndome reflexionar en silencio. Aunque triste por la despedida, sentía una determinación aún más fuerte de ser profesor, una vocación que me impulsaba a luchar por ese objetivo. Sabía que no solo quería ser profesor, sino convertirme en el docente que mis alumnos necesitaban, un maestro que dejara una huella positiva en sus vidas.

No pasó mucho tiempo hasta que mi propósito se hizo realidad; a los pocos meses de terminar las prácticas, volví a dar clase, a disfrutar de la enseñanza y, por desgracia, a experimentar nuevamente la tristeza de las despedidas. Sin embargo, cada desafío y cada momento compartido con mis alumnos reafirmaban mi convicción de que ser profesor era mi vocación más genuina y que estaba en el camino correcto para convertirme en el maestro que deseaba ser.

CAPÍTULO 9: una nueva vida

Cuando tienes claras tus metas y te preparas con ahínco para ser profesor de Matemáticas, el día en que finalmente te haces cargo de tus propias clases es una mezcla de emoción y nerviosismo. Así lo experimenté en mi primer curso, cuando tuve la oportunidad de trabajar con alumnos de 1º y 3º de E.S.O., y enfrentar el desafío de enseñar a los grupos de 1º y 2º de Bachillerato.

Recuerdo con precisión cómo conocí a los cursos con los que compartiría los próximos meses, y mi entusiasmo por empezar a preparar las programaciones y las primeras sesiones de clase. Sin embargo, al recibir el horario dos días antes de la jornada inaugural, me di cuenta de que mi primera clase sería en 1º de Bachillerato, en la modalidad de Ciencias. Esa asignatura era una parte crucial de la preparación para las pruebas de acceso a la universidad, y sentí una presión adicional de no decepcionar a esos alumnos que aún no conocía.

Durante esos dos días previos, me sumergí en la preparación de cada una de las clases. Sin embargo, sentía la necesidad de diseñar la primera sesión con especial atención. Era el inicio de una nueva etapa en mi vida, y no podía permitirme fallar en el primer día, en la primera hora. Por tanto, invertí horas y horas revisando el libro de texto, estableciendo objetivos claros, resolviendo ejercicios y anticipando posibles dudas de los estudiantes. Quería estar completamente preparado, sabía que la forma en que me presentara y presentara la asignatura determinaría si los alumnos llegarían a amarla u odiarla.

El día previo a las clases, la emoción y los nervios se apoderaron de mí a tal punto que no pude dormir. Aun así, eso no importaba, mi entusiasmo por dar mis primeras clases superaba cualquier cansancio. Al prepararme para ir al centro educativo, los nervios se incrementaron, ya que sería la primera vez que me enfrentaría solo a un aula llena de estudiantes, algunos apenas unos años más jóvenes que yo. Y es que no tenía que remontarme mucho tiempo atrás para estar en el mismo lugar que ocuparían mis alumnos.

El día llegó, y mientras me dirigía al centro, mis emociones se tornaron incontrolables. Los pensamientos negativos inundaban mi mente, pero a pesar de ello, intentaba enfocarme en el trabajo que había preparado y confiar en mí mismo. Sin embargo, los nervios se apoderaron de mí a tal punto que, a pocos metros de llegar al centro, tuve que detenerme en una alcantarilla para vomitar.

En ese instante, reflexioné sobre lo que estaba ocurriendo. No podía permitir que el miedo me venciera. Había luchado mucho para llegar hasta allí, y decidí retomar mi camino con determinación. Estaba más convencido que nunca de que haría de esa primera clase el mejor comienzo.

Y así fue, aunque tenía preparado un guión detallado para la clase, finalmente no fue necesario. Conocía tanto el contenido que lo presenté de memoria, los tiempos encajaron perfectamente, las explicaciones fueron fluidas, y abordé los problemas y ejercicios sin contratiempos. Sin embargo, para mi sorpresa, al terminar la hora del recreo, un compañero me informó de que los estudiantes de 1º de Bachillerato no habían escuchado nada de lo que dije, ya que nuestra aula tenía ventanas que daban al patio del colegio, donde otro curso estaba en una clase de Educación Física. El ruido del patio fue tanto que opacó mi voz y los estudiantes no se enteraron de nada.

Me sentí decepcionado por el error cometido en el primer día, me había olvidado de lo más importante: escuchar a mis alumnos. El nerviosismo y la ansiedad me habían llevado a enfocarme únicamente en los objetivos de la sesión, sin considerar a quienes eran realmente los protagonistas: mis estudiantes. Tomé nota de este aprendizaje y decidí cambiar mi enfoque para la siguiente clase. Aunque repetí los contenidos, adopté una nueva forma de enseñar, centrándome en mis alumnos.

A partir de ese momento, el primer objetivo de mis clases siempre fue claro: los estudiantes. Cuando preparo mis clases, me cuestiono cómo puedo trabajar para que mis alumnos mejoren en cada sesión. En el aula, fomento su participación y aseguro que sea un espacio seguro para ellos. Entendí que la escucha activa y la empatía son fundamentales para ser un buen profesor. Aquella primera sesión, aunque llena de contratiempos, fue una experiencia esencial que me ayudó a convertirme en el profesor que soy hoy en día. Aprendí que mi labor no solo se trata de transmitir conocimientos, sino también de ser un guía, un apoyo y un aliado en el crecimiento y desarrollo de mis estudiantes.

BASADO EN HECHOS REALES

Esta sección está inspirada en hechos reales. Los sucesos y personajes retratados en esta sección son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia.