Cuando pienso en mis primeros días como profesor, normalmente recuerdo los nervios de las primeras clases, las prisas por preparar materiales o la sensación constante de estar intentando llegar a todo. Aquellas primeras semanas fueron una auténtica montaña rusa. Había pasado de ser un estudiante del Máster a encontrarme de repente dando clase a varios cursos distintos, corrigiendo exámenes, preparando evaluaciones y tratando de ponerme al día de todo lo que había ocurrido durante el curso antes de mi llegada. Cada día aparecía un problema nuevo y cada día terminaba agotado física y mentalmente.
Además, había otra cuestión que ocupaba parte de mis pensamientos y que apenas compartía con nadie. En aquel momento yo no era visible en el instituto. Hoy me resulta extraño recordarlo porque gran parte de mi trabajo dentro y fuera de las aulas está relacionado precisamente con la visibilidad y con la defensa de la diversidad, pero en aquella época la situación era muy diferente. Era mi primer trabajo como profesor, estaba intentando abrirme camino en una profesión completamente nueva para mí y me daba auténtico miedo que mi orientación sexual pudiera convertirse en un problema. No sabía cómo reaccionarían los compañeros, no sabía cómo podía afectar a mi trabajo y tampoco tenía referencias de otros docentes LGTBI+ visibles que me ayudaran a imaginar cómo podía ser esa experiencia.
Por eso, durante aquellos primeros días, intentaba que cualquier conversación relacionada con mi vida personal terminara rápidamente. No era algo que hubiera decidido conscientemente. Simplemente me salía de forma natural. Hablaba de las clases, de los alumnos, de los exámenes o de cualquier tema relacionado con el trabajo, pero evitaba dar demasiados detalles sobre mi vida fuera del instituto. Mirándolo con perspectiva, creo que estaba intentando protegerme en un entorno que todavía no conocía.
Recuerdo especialmente una tarde de aquellos primeros días. Se acercaba un puente y aquella semana había sido especialmente intensa. Había vivido mi incorporación al centro, había descubierto la complicada situación de algunos grupos, estaba intentando recuperar temarios enteros de Bachillerato y cada día llegaba a casa con la sensación de que todavía me quedaban muchas horas de trabajo por delante. Cuando terminó la última clase de la semana sentí una mezcla de alivio y agotamiento. Necesitaba descansar, desconectar durante unos días y recuperar fuerzas para todo lo que estaba por venir.
Al terminar las clases fui a la sala de profesores para recoger mis cosas antes de marcharme. Allí coincidí con una compañera del departamento de Inglés con la que ya había compartido algunas conversaciones durante aquellos primeros días. Era una de esas personas que siempre tienen una sonrisa preparada, que se interesan por cómo te encuentras y que consiguen hacerte sentir cómodo desde el primer momento. Nos quedamos hablando un rato sobre cómo estaba siendo mi adaptación al centro, sobre los grupos que me habían tocado y sobre el vértigo que supone empezar a trabajar como profesor cuando todavía sientes que estás aprendiendo cada día.
La conversación fue completamente normal. Hablamos de alumnos, de horarios, de compañeros y de lo rápido que habían pasado aquellos primeros días. Finalmente llegó el momento de despedirnos. Ella me deseó que disfrutara del puente y que aprovechara esos días para descansar. Y justo cuando parecía que la conversación había terminado añadió una frase que probablemente olvidó pocos segundos después.
Me dijo que disfrutara del puente con mi novia... o con mi novio.
Aquella frase me sorprendió muchísimo. Probablemente, si alguien hubiera estado observando la conversación desde fuera, no le habría dado ninguna importancia. De hecho, estoy convencido de que para ella fue una despedida completamente normal, una frase dicha con toda la naturalidad del mundo antes de comenzar unos días de descanso. Sin embargo, para mí tuvo un significado mucho más profundo del que seguramente ella imaginó. Durante aquellos primeros días en el instituto yo había estado muy centrado en adaptarme al centro, en preparar las clases y en intentar demostrar que estaba a la altura de la oportunidad que me habían dado. Pero detrás de todas esas preocupaciones profesionales existía otra cuestión que me acompañaba constantemente y sobre la que apenas había reflexionado con nadie: el miedo a ser visible.
Hoy me resulta extraño recordar aquella etapa porque gran parte de mi trabajo actual está relacionado precisamente con la visibilidad y con la defensa de la diversidad en los espacios educativos. Sin embargo, en aquel momento la situación era muy diferente. Era mi primer trabajo como profesor, acababa de incorporarme a un centro nuevo y tenía la sensación de que todavía debía demostrar muchas cosas. Me preocupaba enormemente cometer errores, no estar a la altura de las expectativas o no conseguir que mis alumnos aprendieran todo lo que necesitaban. En medio de todas esas inseguridades, la idea de hablar abiertamente sobre mi orientación sexual me parecía un riesgo innecesario. No porque sintiera vergüenza de quién era, sino porque tenía miedo de cómo podrían reaccionar las personas que me rodeaban.
Durante años había escuchado historias de docentes que preferían no hablar de determinados aspectos de su vida privada. También había conocido a personas que ocultaban a sus parejas cuando hablaban con compañeros de trabajo o que evitaban cualquier conversación que pudiera conducir hacia temas personales. Sin darme cuenta, yo había incorporado muchos de esos mecanismos de protección. Cuando llegué al instituto hablaba de mis clases, de mis alumnos, de los exámenes o de cualquier cuestión relacionada con el trabajo, pero evitaba sistemáticamente cualquier conversación que pudiera derivar hacia mi vida personal. Era una forma de protegerme en un entorno que todavía no conocía y en el que aún no sabía si podía sentirme seguro.
Por eso aquella despedida tuvo tanta importancia para mí. Lo que me llamó la atención no fue que mencionara la posibilidad de que tuviera novio. Lo que realmente me sorprendió fue la absoluta naturalidad con la que lo hizo. No hubo preguntas incómodas, ni curiosidad, ni ninguna necesidad de que yo explicara nada. Simplemente utilizó una expresión inclusiva que dejaba abiertas todas las posibilidades y continuó la conversación con total normalidad. Puede parecer un detalle insignificante, pero para mí fue suficiente para comprender que me encontraba delante de una persona que no daba nada por hecho y que respetaba la diversidad de manera genuina.
Recuerdo que mientras volvía a casa seguía pensando en aquella conversación. Había sido una frase muy sencilla y, sin embargo, me había hecho sentir algo que no había experimentado desde mi llegada al centro: tranquilidad. Por primera vez tuve la sensación de que podía bajar un poco la guardia. No significaba que fuera a contar inmediatamente aspectos de mi vida privada ni que fuera a convertirme de repente en una persona visible dentro del instituto. Pero sí significaba que había encontrado a alguien con quien no necesitaba estar constantemente midiendo mis palabras o calculando las posibles consecuencias de cada comentario. Había encontrado una compañera con la que podía sentirme cómodo siendo yo mismo.
Con el paso de los meses comprobé que aquella primera impresión no había sido casualidad. Nuestra relación profesional fue creciendo poco a poco y siempre encontré en ella una persona cercana, respetuosa y dispuesta a ayudar. Compartimos conversaciones sobre alumnos, intercambiamos opiniones sobre las clases y nos apoyamos mutuamente en muchos momentos del curso. Yo siempre intenté ayudarla en todo lo que pude porque nunca olvidé la importancia que tuvo para mí aquella conversación durante mis primeros días en el centro. Cuando uno llega a un lugar nuevo cargado de inseguridades, los pequeños gestos adquieren un valor enorme y pueden marcar la diferencia entre sentirse un extraño o sentirse parte de un equipo.
Con el tiempo he pensado muchas veces en aquella situación y me he dado cuenta de que solemos infravalorar el poder de estos pequeños detalles. Cuando hablamos de diversidad solemos pensar en grandes campañas, en proyectos educativos o en iniciativas institucionales. Todo eso es importante, por supuesto. Pero la inclusión también se construye a través de gestos cotidianos, de palabras sencillas y de actitudes que transmiten respeto sin necesidad de hacer grandes discursos. A veces una persona puede sentirse segura gracias a una conversación aparentemente trivial. A veces un comentario hecho con naturalidad tiene mucho más impacto que cualquier declaración formal.
Quizá por eso sigo recordando aquella tarde tantos años después. No porque fuera una conversación especialmente larga ni porque ocurriera nada extraordinario. La recuerdo porque me hizo sentir bienvenido. Porque me permitió comprender que no todas las personas reaccionarían como yo temía. Porque me ayudó a construir la confianza que necesitaba para sentirme parte de aquel centro educativo. Y porque, sin saberlo, aquella compañera se convirtió en uno de los primeros espacios seguros que encontré durante mi carrera profesional.
Por eso me gustaría terminar esta historia de una forma muy sencilla. Han pasado muchos años desde entonces y probablemente ella no recuerde aquella conversación. Sin embargo, yo sí la recuerdo. Y precisamente por eso quiero darle las gracias. Gracias por la naturalidad con la que trataste aquella situación. Gracias por tu cercanía durante todos los años que compartimos en el centro. Gracias por hacerme sentir cómodo en un momento en el que tenía muchas dudas e inseguridades. Y, sobre todo, gracias por recordarme algo que hoy intento transmitir cada día en las aulas: que a veces los gestos más pequeños son los que tienen un impacto más profundo en la vida de las personas.
Gracias, Mª Ángeles.