Durante mis primeros años como profesor hubo muchas cosas que me sorprendieron de los alumnos. Algunas tenían que ver con la forma en la que aprendían, otras con la manera en la que se relacionaban entre ellos y muchas con aspectos que jamás me habían explicado durante mi formación. Sin embargo, una de las cosas que más me llamó la atención desde el primer momento fue el enorme interés que tenían por conocer a sus profesores.
Recuerdo perfectamente mis primeras semanas dando clase en 1º de ESO. Yo estaba completamente centrado en preparar materiales, organizar las clases, aprenderme los nombres de los alumnos y sobrevivir a la sensación constante de que cada día aparecía un problema nuevo que resolver. Mientras yo pensaba en cómo explicar mejor las matemáticas o en cómo conseguir que determinados contenidos resultaran más comprensibles para ellos, mis alumnos parecían tener una preocupación completamente distinta. Querían saber quién era yo.
Aprovechaban cualquier momento para hacer preguntas. Algunas estaban relacionadas con los estudios que había realizado o con mi trabajo anterior. Otras eran mucho más personales. Querían saber dónde vivía, qué aficiones tenía, qué hacía durante los fines de semana y cualquier detalle que les permitiera construir una imagen más completa de la persona que estaba delante de la pizarra. Aquello me sorprendía muchísimo porque, cuando yo era estudiante, jamás sentí una curiosidad semejante por la vida de mis profesores. Por supuesto conocíamos algunas cosas sobre ellos, pero nunca recuerdo haber dedicado tiempo a intentar averiguar detalles de su vida personal. Sin embargo, mis alumnos parecían auténticos investigadores y no tardé en darme cuenta de que observaban mucho más de lo que yo imaginaba.
Uno de los misterios que más les obsesionó durante aquellas primeras semanas fue intentar averiguar mi edad. Todavía recuerdo las conversaciones que mantenían entre ellos cuando pensaban que yo no los estaba escuchando. Elaboraban teorías de todo tipo y realizaban cálculos que, visto con perspectiva, resultaban bastante divertidos. Partían de los años que dura una carrera universitaria, sumaban el tiempo necesario para realizar el Máster de Profesorado y añadían algunos años más porque sabían que el país atravesaba una crisis económica muy importante y asumían que después de terminar mis estudios habría tenido dificultades para encontrar trabajo.
Lo que más gracia me hacía era comprobar la lógica que utilizaban. En realidad, estaban intentando resolver un problema matemático utilizando los datos de los que disponían. El inconveniente era que trabajaban con una hipótesis incorrecta. Daban por hecho que toda mi trayectoria profesional había estado relacionada con la enseñanza y desconocían que antes de llegar a las aulas había trabajado en otros ámbitos muy diferentes. Mi camino hasta convertirme en profesor había sido mucho menos directo de lo que ellos imaginaban y, por tanto, todos sus cálculos estaban condenados a fallar desde el principio. Aun así, yo nunca intervenía para corregirlos. Me divertía escuchar sus teorías y observar cómo iban modificando sus estimaciones cada vez que descubrían una nueva pista.
Sin embargo, aquella curiosidad no se limitaba a intentar averiguar mi edad. Poco a poco fui descubriendo que también observaban con mucha atención lo que ocurría fuera del instituto. Salamanca no es una ciudad especialmente grande y era bastante habitual coincidir con alumnos por la calle. A veces me encontraban paseando por el centro, otras veces haciendo compras o simplemente tomando algo con amigos. Lo curioso es que esos encuentros se convertían después en material de análisis para las conversaciones del aula.
Había una amiga con la que coincidía con frecuencia y a la que los alumnos veían regularmente cuando me encontraban fuera del instituto. No tardaron mucho en construir su propia teoría sobre ella. Prácticamente desde el primer momento asumieron que era mi novia y, una vez que llegaron a esa conclusión, comenzaron a bombardearme con preguntas cada vez que surgía la oportunidad. Querían saber cuánto tiempo llevábamos juntos, si nos habíamos conocido en la universidad o si pensábamos vivir juntos en algún momento. Para ellos parecía una cuestión completamente resuelta.
Lo que más me llamaba la atención era que muchas veces, cuando me encontraban por la calle, yo no iba únicamente con esa amiga. En numerosas ocasiones también iba acompañado por mi novio. Sin embargo, esa posibilidad pasaba completamente desapercibida para ellos. Observaban la realidad a través de los esquemas que conocían y automáticamente interpretaban que la chica era mi novia. Ni siquiera se planteaban otras opciones porque sencillamente no formaban parte de las posibilidades que tenían interiorizadas.
Y lo cierto es que, en aquel momento, yo tampoco hacía nada por corregir esa interpretación.
Durante mucho tiempo he reflexionado sobre ello y siempre llego a la misma conclusión: tenía miedo. Hoy me resulta extraño reconocerlo porque una parte importante de mi vida personal y profesional está vinculada precisamente a la visibilidad y al trabajo por la diversidad en las aulas. Sin embargo, en aquellos primeros años la situación era muy diferente. Acababa de incorporarme a la profesión docente, era mi primer trabajo como profesor y todavía no sabía cómo reaccionarían las personas que me rodeaban si conocían mi orientación.
Me preocupaba la opinión de los alumnos. Me preocupaba la reacción de algunas familias. También me preocupaba cómo podían verlo determinados compañeros. Sobre todo, me preocupaba que algo tan personal terminara afectando a mi trabajo. Con el paso de los años he comprendido que muchos de esos temores nacían de prejuicios que yo mismo había interiorizado y de la ausencia de referentes que me permitieran imaginar una realidad diferente. Apenas conocía docentes LGTBI+ visibles y no tenía ejemplos cercanos que me demostraran que era posible desarrollar la profesión con normalidad siendo uno mismo.
Por eso, cuando los alumnos daban por hecho que aquella amiga era mi novia, yo prefería guardar silencio. No lo hacía porque quisiera engañarlos ni porque me avergonzara de quién era. Lo hacía porque me parecía más sencillo permitir que continuaran creyendo aquello que ya habían decidido creer. Era una forma de protección que en aquel momento me resultaba necesaria, aunque hoy la observe con una perspectiva muy distinta.
Con el paso de los años he comprendido que esta situación refleja algo mucho más profundo que una simple anécdota escolar. Aquellos alumnos no actuaban con mala intención. Simplemente estaban reproduciendo las ideas que veían constantemente a su alrededor. Habían crecido en un entorno donde la heterosexualidad aparecía de manera permanente en películas, series, anuncios, libros y conversaciones cotidianas. Por eso, cuando pensaban en un profesor joven, asumían automáticamente que tendría novia. No era una decisión consciente. Era simplemente la consecuencia de los referentes que habían tenido.
Precisamente por eso la visibilidad sigue siendo tan importante. Porque cuando determinadas realidades nunca aparecen, resulta muy fácil asumir que no existen. Porque cuando faltan referentes, las personas terminan interpretando el mundo únicamente a través de aquello que conocen. Y porque muchas veces basta con que alguien viva su realidad con normalidad para ampliar la mirada de quienes tiene alrededor.
Aquellos alumnos jamás imaginaron que, mientras intentaban averiguar mi edad o descubrir quién era mi supuesta novia, me estaban enseñando una lección que años después tendría una enorme importancia en mi vida. Sin saberlo, me ayudaron a comprender hasta qué punto la falta de referentes condiciona la forma en la que interpretamos la realidad y por qué sigue siendo necesario construir aulas donde todas las personas puedan verse reflejadas.