Durante mis primeros días como profesor hubo muchas situaciones que me obligaron a aprender a marchas forzadas. Había llegado al centro a finales de curso, con las evaluaciones a la vuelta de la esquina, varios grupos retrasados con respecto al temario y una enorme responsabilidad sobre mis hombros. Sin embargo, una de las lecciones más importantes que aprendí durante aquellas primeras semanas no tuvo que ver con las matemáticas, sino con las personas.
Como ya he contado en otras ocasiones, cuando me incorporé al instituto la situación de los grupos de 2º de Bachillerato era especialmente complicada. Durante aquel curso habían pasado varios profesores por las aulas y la planificación se había visto afectada por todos aquellos cambios. En algunas materias faltaba todavía una parte importante del temario por impartir y, además, la tercera evaluación estaba prácticamente terminada cuando yo llegué.
En el caso de Matemáticas aplicadas a las Ciencias Sociales la situación era especialmente delicada. La sesión de evaluación estaba prevista para la semana siguiente a mi incorporación y me encontré con un problema añadido: los alumnos no habían realizado ninguna prueba escrita durante aquella evaluación. El profesor anterior no había dejado ninguna calificación y, por tanto, yo necesitaba obtener algún tipo de evidencia para poder evaluar a los estudiantes con un mínimo de rigor.
Recuerdo perfectamente la conversación que tuve con el equipo directivo. Les expliqué la situación y les mostré mi preocupación. Apenas llevaba unos días en el centro y me parecía imposible generar suficientes instrumentos de evaluación en tan poco tiempo. Afortunadamente comprendieron el problema y me dieron cierto margen. Me permitieron realizar una prueba escrita el mismo día de la sesión de evaluación para poder disponer de una calificación que me ayudara a valorar el trabajo de los alumnos.
Aquella decisión me dio algo de tranquilidad, pero también me colocó delante de una situación incómoda. Ahora tenía que comunicar a los estudiantes que disponían de muy pocos días para preparar un examen que, además, determinaría buena parte de su calificación de la tercera evaluación.
Entré en clase con cierta preocupación. Sabía que la noticia no les iba a gustar. Después de todo, ellos tampoco eran responsables de la situación que se había generado durante el curso. Me senté con ellos y les expliqué con total transparencia cuál era el problema. Les conté que la evaluación estaba ya fijada por calendario, que yo acababa de incorporarme al centro y que no existía margen para retrasarla. También les expliqué que necesitaba alguna referencia para poder evaluarlos y que, por tanto, la única solución posible era realizar una prueba escrita antes de la sesión de evaluación.
Recuerdo que intenté plantear la situación de la forma más abierta posible. Les expliqué las fechas, las limitaciones que teníamos y les pregunté directamente si entendían la situación. Los alumnos participaron en la conversación, hicieron algunas preguntas y finalmente aceptaron la propuesta. La sensación con la que salí del aula fue positiva. Evidentemente nadie estaba especialmente contento por tener que hacer un examen con tan poco margen, pero me pareció que habían comprendido perfectamente las circunstancias y que habíamos alcanzado un acuerdo razonable dadas las condiciones.
Por eso la sorpresa fue enorme cuando, durante el recreo, una persona del equipo directivo vino a buscarme para hablar sobre aquel mismo grupo.
Recuerdo perfectamente la sensación que tuve cuando me dijeron que algunos alumnos se habían quejado porque yo les había impuesto una fecha de examen. Durante unos segundos me quedé completamente desconcertado. No entendía qué estaba pasando. Apenas unas horas antes habíamos hablado del tema en clase y la conversación había transcurrido con absoluta normalidad. No recordaba ningún conflicto, ninguna discusión ni ninguna muestra evidente de desacuerdo.
Intenté explicar exactamente cómo se había desarrollado la sesión. Les conté que había expuesto la situación con total transparencia, que habíamos comentado las distintas posibilidades y que los propios alumnos habían mostrado su conformidad. El equipo directivo escuchó mi versión y, lejos de cuestionarla, me transmitió tranquilidad.
Me dijeron que no me preocupara y que hablarían con el grupo para aclarar lo sucedido.
Aun así, durante las horas siguientes no pude evitar darle vueltas al asunto. Acababa de llegar al centro y cualquier problema, por pequeño que fuera, me afectaba muchísimo más de lo que me afectaría años después. Empecé a preguntarme si había cometido algún error al comunicar la información. Pensé si quizá había interpretado mal las reacciones de los alumnos o si había dado por supuesto que todos estaban de acuerdo cuando en realidad no era así.
Aquella incertidumbre me acompañó durante buena parte de la mañana.
Sin embargo, unas horas después la dirección volvió a hablar conmigo y la situación quedó completamente aclarada.
Lo que había ocurrido era bastante diferente de lo que yo había imaginado. Cuando hablaron con el grupo, prácticamente todos los alumnos confirmaron exactamente la versión que yo había contado. Reconocieron que les había explicado la situación, que entendían las circunstancias excepcionales que estábamos viviendo y que la fecha se había fijado después de hablarlo con ellos.
El problema había surgido porque una única alumna no estaba de acuerdo con la decisión. Hasta ahí todo era perfectamente legítimo. Lo que llamó mi atención fue que esa alumna nunca había expresado su desacuerdo durante la conversación que habíamos mantenido en clase. Mientras todos hablábamos sobre la situación, ella había permanecido en silencio. No había formulado ninguna objeción ni había planteado ninguna alternativa. Sin embargo, después decidió acudir directamente a dirección para expresar su malestar.
Recuerdo que aquella situación me hizo reflexionar mucho.
Hasta ese momento yo había interpretado el silencio como una forma de acuerdo. Pensaba que, si nadie expresaba una objeción, era porque todos compartían la decisión adoptada. Sin embargo, aquel episodio me enseñó que las cosas no siempre funcionan así. Hay alumnos que expresan inmediatamente lo que piensan y hay otros que prefieren callar. Hay estudiantes que plantean sus dudas delante de todo el grupo y otros que se sienten más cómodos hablando en privado. Incluso hay quienes no manifiestan su desacuerdo hasta que la decisión ya está tomada.
Aquella experiencia también me ayudó a comprender algo importante sobre la adolescencia. Muchas veces los alumnos están todavía aprendiendo a gestionar los conflictos, a expresar sus opiniones y a defender sus puntos de vista. Lo que para un adulto puede parecer una conversación sencilla, para un adolescente puede convertirse en una situación incómoda que no sabe muy bien cómo afrontar.
Con el paso de los años he recordado muchas veces aquel episodio. No porque tuviera grandes consecuencias, sino porque me ayudó a entender que escuchar a un grupo no siempre significa escuchar a todas las personas que forman parte de él. Desde entonces he intentado prestar más atención a quienes hablan menos, a quienes parecen estar de acuerdo con todo y a quienes prefieren permanecer en silencio. Porque a veces las opiniones más importantes son precisamente las que no llegan a decirse en voz alta.
Y aquella fue una lección que aprendí mucho antes de lo que esperaba.