Cuando comenzó a acercarse el final de aquel primer curso como profesor, empecé a experimentar una mezcla de sensaciones que hasta entonces no había conocido desde el otro lado de un aula. Durante buena parte de mi vida había esperado con impaciencia la llegada de las vacaciones de verano, contando los días que faltaban para terminar los exámenes y dejar atrás las obligaciones académicas durante unas semanas. Sin embargo, ahora era yo quien tenía que cerrar el curso, terminar de evaluar a sus alumnos y asumir todas las responsabilidades que acompañaban a ese momento. Había llegado al instituto el 2 de mayo, cuando prácticamente todo estaba ya en marcha, y en apenas unas semanas había tenido que aprender a desenvolverme en una profesión que hasta entonces conocía fundamentalmente desde la teoría. Aquel final de curso suponía, por tanto, mucho más que terminar unas clases: era la primera ocasión en la que podía mirar hacia atrás y empezar a valorar cómo había sido mi experiencia como profesor.
Los últimos días habían estado marcados por las evaluaciones finales y por todas las dudas que me habían acompañado a la hora de decidir las calificaciones. Me preocupaba ser justo con mis alumnos, aplicar correctamente los criterios de evaluación y asegurarme de que cada nota reflejara realmente los aprendizajes alcanzados. Había revisado resultados, comprobado cálculos y cuestionado mis propias decisiones muchas más veces de las que probablemente habría sido necesario, porque todavía me faltaba la experiencia suficiente para confiar plenamente en mi criterio profesional. Sin embargo, cuando finalmente quedaron cerradas las calificaciones, descubrí que el trabajo no había terminado. Todavía quedaba una responsabilidad que me generaba una inquietud diferente: entregar los boletines finales a las familias de mi tutoría y explicarles cómo había terminado el curso para sus hijos.
Recuerdo que aquella entrega de notas me imponía bastante respeto. No era lo mismo comunicar una calificación a un alumno dentro del aula que sentarte frente a su familia y tener que explicar por qué había suspendido determinadas asignaturas. Además, debía hacerlo desde mi responsabilidad como tutor, lo que significaba hablar no solo de Matemáticas, sino también de los resultados del resto de las materias y de la situación académica general de cada estudiante. Durante aquellas semanas había intentado conocer lo mejor posible a los alumnos, hablar con mis compañeros y recopilar toda la información necesaria, pero era consciente de que apenas llevaba un par de meses trabajando en el centro. Algunas familias conocían perfectamente la evolución de sus hijos durante todo el curso, mientras que yo había tenido que reconstruir buena parte de esa historia a partir de la información que había recibido del resto del profesorado.
Antes de aquellas reuniones me preocupaba especialmente cómo reaccionarían los padres cuando tuvieran delante un boletín con varias asignaturas suspensas. Imaginaba que podrían preguntarme por qué su hijo no había conseguido aprobar, qué había sucedido durante el curso o si realmente se habían hecho todos los esfuerzos posibles para ayudarle. Eran preguntas perfectamente legítimas, pero para alguien que acababa de empezar a trabajar como profesor suponían una responsabilidad considerable. No quería limitarme a entregar un documento y dar por terminada la conversación, porque entendía que las familias necesitaban conocer las razones de aquellos resultados y saber qué dificultades debían trabajar sus hijos. Al mismo tiempo, me inquietaba no ser capaz de responder adecuadamente a alguna cuestión o encontrarme ante una situación complicada que todavía no supiera gestionar.
Conforme fueron llegando las familias, descubrí que aquellas conversaciones eran bastante más complejas de lo que había imaginado. Detrás de cada boletín había expectativas, preocupaciones y maneras diferentes de interpretar los resultados académicos. Algunas familias llegaban con una idea bastante clara de cómo había ido el curso y otras necesitaban comprender mejor por qué sus hijos no habían alcanzado determinados objetivos. Había que explicar las dificultades sin convertirlas en reproches, transmitir la importancia de recuperar los aprendizajes pendientes sin generar una sensación de fracaso y, sobre todo, conseguir que la conversación sirviera para mirar hacia delante. Empecé a comprender que entregar unas calificaciones no consistía únicamente en comunicar números, sino también en ayudar a las familias a interpretar lo que esos resultados significaban y qué podían hacer a partir de aquel momento.
Aquellas primeras entrevistas también me enseñaron que, cuando hablamos del rendimiento académico de un adolescente, debemos tener mucho cuidado con la manera en la que utilizamos nuestras palabras. Una cosa es explicar que un alumno no ha alcanzado los objetivos de una asignatura y otra muy diferente transmitir la impresión de que ese resultado define su capacidad o su futuro. Yo quería que las familias comprendieran las dificultades que habían aparecido durante el curso, pero también que supieran que todavía existían oportunidades para mejorar. No siempre era sencillo encontrar ese equilibrio, especialmente cuando había que hablar de varios suspensos y de las consecuencias que podían tener. Sin embargo, aquellas conversaciones me hicieron empezar a descubrir que una parte importante de nuestro trabajo consiste en comunicar situaciones difíciles sin perder de vista a la persona que existe detrás de cada calificación.
Por suerte, no todas las entrevistas estuvieron marcadas por las preocupaciones académicas. También hubo familias que llegaron satisfechas con los resultados de sus hijos y que aprovecharon aquel encuentro para agradecerme el trabajo realizado durante las últimas semanas. Recuerdo especialmente la sorpresa que me produjo escuchar algunos de aquellos agradecimientos, porque yo todavía tenía la sensación de estar aprendiendo a ser profesor y no siempre era capaz de valorar adecuadamente lo que había conseguido. Había dedicado muchísimo tiempo a preparar mis clases, intentado adaptar las explicaciones a las necesidades de cada grupo y trabajado con intensidad para que los alumnos pudieran terminar el curso de la mejor manera posible. Sin embargo, escuchar que algunas familias habían percibido ese esfuerzo y querían reconocérmelo resultó mucho más emocionante de lo que esperaba.
Hubo incluso quienes me preguntaron si continuaría dando clase a sus hijos durante el curso siguiente y expresaron su deseo de que volviera a ser su profesor de Matemáticas. Aquellas palabras me hicieron especial ilusión porque llegaban después de un periodo muy intenso en el que apenas había tenido tiempo para detenerme y pensar cómo estaba desarrollando mi trabajo. Yo había llegado al instituto con el curso prácticamente terminado, intentando conocer rápidamente a mis alumnos y adaptarme a una situación que no siempre había resultado sencilla. Descubrir que algunas familias querían que continuara acompañando a sus hijos suponía una forma de reconocimiento que no había buscado, pero que necesitaba mucho más de lo que entonces era consciente. Por primera vez empecé a sentir que quizá estaba haciendo las cosas mejor de lo que yo mismo pensaba.
Es curioso cómo durante nuestros primeros años podemos dar mucha más importancia a aquello que creemos haber hecho mal que a las señales que indican que estamos avanzando. Yo recordaba perfectamente las explicaciones que no habían salido como esperaba, las clases que había tenido que improvisar, las dificultades que no había conseguido resolver y las dudas que me habían acompañado durante las evaluaciones. Sin embargo, me costaba detenerme en los pequeños logros que también se habían producido. Aquellos agradecimientos me obligaron a mirar mi trabajo desde otra perspectiva y a comprender que, aunque todavía me quedaba muchísimo por aprender, había conseguido construir una relación positiva con algunos alumnos y sus familias en un periodo de tiempo muy breve.
Después de entregar los boletines y cerrar las últimas tareas del curso, llegó por fin el momento que llevaba semanas esperando: el último día de trabajo antes de las vacaciones. Debería haber sido una jornada especialmente tranquila, porque las evaluaciones habían terminado, las familias ya conocían los resultados y prácticamente todas las responsabilidades académicas estaban resueltas. Sin embargo, yo tenía todavía una preocupación que no había conseguido quitarme de la cabeza y que, en realidad, me acompañaba desde antes incluso de comenzar a trabajar en aquel instituto. Se trataba de una conversación que había mantenido con la directora durante la entrevista en la que me ofrecieron incorporarme al centro.
Recuerdo que, durante aquella entrevista, la directora me había explicado que al finalizar el curso tendríamos una reunión para valorar cómo había sido mi trabajo. En ese encuentro me comunicarían el resultado de mi evaluación como profesor y me dirían si continuarían contando conmigo durante el curso siguiente. En aquel momento me había parecido algo completamente normal. Acababa de conseguir mi primera oportunidad profesional y entendía que el centro quisiera comprobar cómo me desenvolvía antes de decidir si seguiría formando parte de su plantilla. Sin embargo, ahora que el curso había terminado, aquellas palabras habían adquirido una importancia enorme. Ya no eran una explicación sobre algo que sucedería en el futuro, sino una conversación que yo esperaba que se produjera en cualquier momento y de la que podía depender mi continuidad laboral.
Además, no podía olvidar la situación económica que atravesaba el instituto. Durante aquellas primeras semanas había asistido a reuniones en las que se hablaba abiertamente de pérdidas, de la posibilidad de cerrar Bachillerato y de los despidos que podrían producirse si las cosas no mejoraban. La mayor parte de mi horario estaba precisamente vinculada a esa etapa, de modo que tenía motivos suficientes para preocuparme por mi futuro. Había conseguido comenzar a trabajar en una época en la que las oportunidades laborales para los nuevos profesores eran especialmente escasas y no quería perder aquella posibilidad después de apenas dos meses. Por eso, aunque las familias me hubieran transmitido su satisfacción y yo sintiera que había realizado un esfuerzo enorme, seguía sin saber qué valoración haría el equipo directivo de mi trabajo.
Aquella última mañana terminé las tareas que tenía pendientes y me senté en la sala de profesores a esperar. Estaba convencido de que, en algún momento, la directora me llamaría a su despacho para mantener la reunión que me había anunciado durante la entrevista. Recuerdo perfectamente la inquietud con la que permanecía allí, pendiente de que apareciera alguien para avisarme. Había pasado las últimas semanas preocupado por las calificaciones de mis alumnos y ahora tenía la sensación de que era yo quien estaba esperando conocer su propia nota. La diferencia era que no tenía unos criterios de evaluación que pudiera consultar ni una fórmula que me permitiera calcular el resultado. Solo podía pensar en todo lo que había hecho desde mi llegada y preguntarme si habría sido suficiente.
El tiempo fue pasando y nadie venía a buscarme. Mis compañeros continuaban con sus últimas tareas, algunos se despedían antes de marcharse y el ambiente empezaba a ser el habitual de un centro educativo que está a punto de cerrar sus puertas durante las vacaciones. Yo, sin embargo, seguía sentado esperando aquella convocatoria que parecía no llegar nunca. Cuanto más tiempo pasaba, más nervioso me ponía, porque no sabía si la reunión se había retrasado, si se habían olvidado de mí o si había algún motivo por el que todavía no querían hablar conmigo. Lo que debería haber sido una mañana de alivio se estaba convirtiendo en una espera interminable que yo mismo alimentaba imaginando todas las posibilidades.
En algún momento, una compañera se fijó en que seguía allí sentado y se acercó para preguntarme qué me ocurría. Supongo que mi preocupación debía de resultar bastante evidente, porque le expliqué que estaba esperando a que la directora me llamara para la reunión de evaluación que me había anunciado cuando entré a trabajar. Le conté que tenían que comunicarme cómo había sido mi desempeño y si continuaría en el instituto durante el curso siguiente. Recuerdo su reacción de sorpresa, porque aquello no parecía encajar demasiado con lo que ella conocía del funcionamiento del centro. Me dijo que le resultaba muy extraño y, al verme tan preocupado, decidió acompañarme al despacho de la directora para preguntar directamente qué estaba sucediendo.
Entramos en el despacho y le explicamos que yo llevaba bastante tiempo esperando la reunión que me habían anunciado durante la entrevista de trabajo. La directora nos escuchó y, para mi sorpresa, comenzó a sonreír. Entonces me explicó que aquello había sido una broma y que no tenía ningún motivo para estar preocupado. No había ninguna reunión pendiente en la que fueran a comunicarme si había aprobado o suspendido mi primer curso como profesor, porque la decisión ya estaba tomada: continuarían contando conmigo durante el siguiente año académico. Después de verme tan nervioso, me animó a olvidarme de aquella preocupación y a disfrutar de las vacaciones que acabábamos de comenzar.
No sé si la directora llegó a imaginar durante aquellos meses la importancia que yo había dado a sus palabras. Para ella quizá había sido una broma sin mayores consecuencias, pero yo me la había tomado completamente en serio y había llegado al último día convencido de que todavía tenía que superar una prueba decisiva. Supongo que aquella reacción también reflejaba mi inexperiencia y el miedo que sentía ante la posibilidad de perder mi primer empleo. Cuando estás empezando, todavía no sabes distinguir con facilidad qué situaciones forman parte de la rutina de un centro, qué comentarios deben interpretarse literalmente y cuáles no tienen la trascendencia que les estás atribuyendo. Yo había pasado buena parte de aquella mañana esperando una evaluación que nunca iba a celebrarse, mientras el resto de mis compañeros probablemente ya daba por hecho que volveríamos a encontrarnos después del verano.
La sensación de alivio que experimenté al salir de aquel despacho fue enorme. De repente desapareció una preocupación que me había acompañado desde que comencé a trabajar y que había ido aumentando a medida que se acercaba el final de curso. No solo había conseguido terminar mi primera experiencia como profesor, sino que tendría la oportunidad de continuar aprendiendo durante un curso completo. Después de haber llegado el 2 de mayo, con los grupos ya formados y el calendario prácticamente agotado, podría comenzar en septiembre desde el principio, conocer a mis alumnos con más tranquilidad y desarrollar mi trabajo sin tener que incorporarme a una historia que llevaba meses en marcha. Aquella posibilidad me hacía muchísima ilusión porque sentía que, por fin, podría descubrir cómo era realmente vivir un curso escolar entero desde el otro lado de la pizarra.
También recuerdo que aquella situación me hizo pensar en lo mucho que había cambiado mi vida en apenas unas semanas. Había comenzado a trabajar con la inseguridad propia de quien se enfrenta por primera vez a una profesión, había tenido que preparar clases a contrarreloj, asumir responsabilidades que no esperaba y enfrentarme a situaciones para las que ninguna formación puede prepararte completamente. Había conocido a alumnos que me habían hecho disfrutar enormemente de la enseñanza y también había vivido momentos difíciles que me obligaron a cuestionarme si estaba haciendo las cosas correctamente. En muy poco tiempo había descubierto que ser profesor exigía mucho más de lo que imaginaba cuando estudiaba para dedicarme a ello, pero también había empezado a comprender por qué aquella profesión podía llegar a significar tanto para mí.
Si algo me enseñaron aquellos últimos días fue que el final de un curso no consiste únicamente en cerrar actas, entregar boletines y despedirse hasta septiembre. Para los alumnos supone conocer el resultado de muchos meses de trabajo y empezar a imaginar qué les espera después del verano. Para las familias es un momento en el que se mezclan la satisfacción, las preocupaciones y las expectativas sobre el futuro de sus hijos. Y para los profesores, especialmente cuando estamos comenzando, puede convertirse también en una oportunidad para revisar todo lo vivido, reconocer nuestros errores y descubrir que algunas de las cosas que hemos hecho han tenido un efecto positivo que quizá no habíamos sabido valorar.
Con el paso de los años he seguido viviendo muchos finales de curso y he aprendido a afrontar con más tranquilidad buena parte de las situaciones que entonces me parecían enormes. He entregado innumerables boletines, mantenido conversaciones difíciles con familias, recibido agradecimientos inesperados y despedido a grupos con los que había compartido experiencias que todavía recuerdo. También he aprendido que las valoraciones de nuestro trabajo son importantes, pero que no podemos construir toda nuestra confianza profesional alrededor de la aprobación de los demás. Escuchar que una familia está satisfecha o que un equipo directivo quiere seguir contando contigo puede resultar enormemente gratificante, pero aprender a ser profesor también implica desarrollar poco a poco la capacidad de reconocer nuestros propios avances sin necesitar constantemente que alguien nos confirme que estamos haciendo las cosas bien.
Sin embargo, cuando recuerdo aquel primer final de curso, no puedo evitar sonreír al imaginarme sentado en la sala de profesores esperando una reunión que nunca iba a producirse. Después de haber pasado tantas horas preocupado por evaluar justamente a mis alumnos, terminé convirtiéndome en el último que esperaba conocer su propia calificación. Y quizá lo más bonito de aquella historia sea que, cuando por fin descubrí que continuaría trabajando en el instituto, comprendí que aquellos dos meses no habían sido simplemente una experiencia laboral que acababa de superar, sino el comienzo de una trayectoria que todavía tenía muchísimo por delante. Había llegado con miedo, con dudas y con la sensación de tener que demostrar constantemente que podía ser un buen profesor, pero me marchaba de vacaciones sabiendo que tendría otra oportunidad para seguir aprendiendo. Porque aquel primer curso no terminó con una nota escrita en un boletín ni con una evaluación formal en el despacho de la directora, sino con algo que para mí tenía muchísimo más valor: la tranquilidad de saber que en septiembre volvería a entrar en un aula y que podría continuar construyendo, poco a poco, el profesor que quería llegar a ser.