Cuando llegué a aquel instituto el 2 de mayo no solo tuve que asumir de golpe varias asignaturas, conocer a numerosos grupos y averiguar en qué punto se encontraba cada uno de ellos. Entre todas las responsabilidades que aparecieron durante aquellos primeros días hubo una que me hizo sentir especialmente la falta de experiencia con la que estaba comenzando mi trayectoria profesional: me comunicaron que también tendría que ser tutor de un grupo de 3º de ESO. Hasta entonces había pensado mucho en cómo quería ser como profesor de Matemáticas, había preparado clases y estudiado metodologías, pero de repente tenía delante una responsabilidad diferente. Ya no se trataba únicamente de conseguir que unos alumnos aprendieran mi asignatura. Como tutor tendría que intentar conocerlos mucho más profundamente, coordinarme con sus profesores, detectar dificultades, acompañar determinadas situaciones y convertirme, de alguna manera, en una de las personas de referencia de aquel grupo dentro del instituto.
Asumir una tutoría siempre implica un proceso de conocimiento, pero hacerlo cuando el curso empieza en septiembre y hacerlo el 2 de mayo son situaciones completamente diferentes. Cuando un tutor recibe a su grupo al comienzo del curso dispone de meses para observar cómo se relacionan los alumnos, descubrir quién suele participar, quién necesita más ayuda, qué amistades existen, dónde aparecen los primeros conflictos o qué estudiantes parecen encontrarse más aislados. Yo no tenía ese tiempo. Cuando entré por primera vez en aquella clase, ellos llevaban prácticamente todo el curso juntos y habían construido unas relaciones de las que yo no sabía absolutamente nada. Para mí eran una lista de nombres y unas cuantas caras que todavía tenía que aprender; entre ellos, en cambio, existían ya amistades, afinidades, desacuerdos, pequeños grupos, liderazgos y seguramente historias ocurridas durante los meses anteriores que condicionaban la convivencia de maneras que yo todavía no podía ver.
Esa diferencia me preocupaba porque el calendario tampoco iba a detenerse para permitirme conocerlos poco a poco. El curso estaba entrando en su tramo final, quedaban pocas semanas y cualquier problema que necesitara atención debía ser identificado con bastante rapidez. Necesitaba saber cómo estaban académicamente, conocer si alguno estaba atravesando alguna dificultad, hablar con el resto de los profesores y empezar a comprender las características generales del grupo. Pero también necesitaba algo que no podía obtener simplemente consultando calificaciones o leyendo información académica: entender cómo funcionaba aquella clase cuando estaban juntos. Una tutoría no es únicamente una colección de expedientes individuales. Es también un conjunto de relaciones, y esas relaciones pueden explicar muchas de las cosas que suceden cada día dentro del aula.
Por eso recuerdo especialmente la primera hora de tutoría que tuve con ellos. Sabía que necesitaba utilizarla para recopilar bastante información y comenzar a conocer a los alumnos, pero tampoco quería convertir aquella sesión en una sucesión interminable de preguntas formales que únicamente me proporcionaran datos que probablemente podía conseguir por otros medios. Me interesaba descubrir algo de la estructura interna del grupo y necesitaba hacerlo con una herramienta suficientemente sencilla como para que ellos respondieran con naturalidad. Entre las cuestiones que preparé decidí incluir dos preguntas que, aparentemente, podían parecer muy simples: les pedí que escribieran con qué dos personas de la clase quedarían para hacer un trabajo o estudiar y, después, con qué dos compañeros quedarían para divertirse o salir de fiesta.
Lo interesante no estaba únicamente en conocer los nombres que escribiera cada alumno, sino en observar el conjunto de todas las respuestas. La primera pregunta me podía proporcionar información sobre a quién percibían sus propios compañeros como una persona responsable, trabajadora o fiable cuando había una tarea que sacar adelante. La segunda mostraba otro tipo de afinidades y permitía acercarse a los grupos de amistad y a las relaciones más personales que existían dentro de la clase. Comparar ambas respuestas podía resultar todavía más revelador, porque no necesariamente escogemos a las mismas personas para estudiar que para divertirnos. Había alumnos que podían aparecer repetidamente en ambos apartados, otros que serían elegidos sobre todo para trabajar y algunos cuyos nombres aparecerían fundamentalmente vinculados al ocio. Poco a poco, la suma de todas aquellas decisiones individuales podía empezar a dibujar una imagen bastante más compleja del grupo.
En aquel momento quizá no utilizaba grandes palabras para definir lo que estaba haciendo, pero en el fondo estaba intentando construir una especie de mapa de relaciones. Si varios alumnos elegían continuamente a una misma persona, era razonable prestar atención al papel que desempeñaba dentro del grupo. Podía tratarse de alguien especialmente popular, de un líder al que los demás escuchaban o, en el caso de la primera pregunta, de una persona a la que sus compañeros atribuían responsabilidad y capacidad de trabajo. Del mismo modo, si determinados nombres aparecían siempre juntos, podía empezar a identificar pequeños grupos de amistad. Aquellas respuestas no me daban certezas absolutas ni podían sustituir la observación diaria, pero me proporcionaban unas primeras pistas que, dadas las circunstancias en las que había asumido aquella tutoría, resultaban enormemente valiosas.
Sin embargo, había otra información que me interesaba incluso más que los nombres que se repetían: los que apenas aparecían. Cuando observamos una clase es relativamente sencillo detectar a los alumnos más extrovertidos, a quienes participan constantemente o a quienes ocupan una posición central dentro del grupo. Mucho más difícil puede resultar descubrir a quien permanece en los márgenes sin generar ningún problema aparente. Un alumno puede asistir todos los días, cumplir con sus tareas, comportarse correctamente y pasar completamente desapercibido mientras se siente aislado de sus compañeros. Por eso, al analizar aquellas respuestas, prestar atención a quién no había sido elegido por nadie podía ser tan importante como identificar a las personas cuyos nombres aparecían una y otra vez.
También era consciente de que aquellas dos preguntas no podían convertirse en una etiqueta para ningún alumno. Que una persona no apareciera en determinadas respuestas no significaba automáticamente que estuviera sola, del mismo modo que ser elegida muchas veces no garantizaba que estuviera bien integrada o que no tuviera dificultades. Había amistades fuera de aquella clase, relaciones que aquellas preguntas no podían recoger y circunstancias personales que yo desconocía. Las respuestas tenían que servir como punto de partida para observar mejor, no como una conclusión definitiva sobre nadie. Precisamente ahí estaba la utilidad que encontraba en aquella pequeña actividad: me indicaba dónde podía merecer la pena prestar más atención durante las semanas siguientes.
Creo que aquella primera tutoría también empezó a enseñarme algo sobre la diferencia entre impartir clase a un grupo y ser su tutor. Como profesor de una asignatura puedes conocer muchísimo a tus estudiantes, pero inevitablemente una parte importante de tu relación con ellos gira alrededor del aprendizaje de unos contenidos concretos. Sabes quién tiene dificultades con una ecuación, quién entrega las actividades, quién participa o quién necesita una explicación diferente. La tutoría te obliga a ampliar la mirada y preguntarte por cuestiones que no aparecen reflejadas en ningún examen. Empiezas a observar quién se sienta con quién, qué ocurre cuando propones formar grupos, quién suele quedarse sin compañero, quién ejerce una influencia positiva sobre los demás o a qué alumno escucha el resto cuando aparece un conflicto.
Todo aquello era completamente nuevo para mí y, además, estaba sucediendo a una velocidad enorme. Había llegado al centro cuando prácticamente comenzaba la cuenta atrás para terminar el curso y necesitaba conocer en unas semanas una realidad que se había construido durante meses. Eso me obligó a preguntar mucho, a escuchar a mis compañeros y, sobre todo, a observar. Cada recreo, cada cambio de clase y cada sesión de tutoría añadían alguna pieza nueva a aquel puzle. Poco a poco los nombres de una lista empezaron a convertirse en personas concretas y las personas empezaron a aparecer vinculadas entre sí mediante relaciones que explicaban muchas de las dinámicas que podía observar en el aula.
Con el paso de los años he seguido pensando mucho en la importancia de conocer esas relaciones, especialmente cuando he vuelto a asumir tutorías. Las herramientas pueden cambiar y nuestra manera de recopilar información puede hacerse más completa, pero la pregunta de fondo continúa siendo la misma: ¿conocemos realmente cómo se sienten nuestros alumnos dentro del grupo? A veces nos preocupamos muchísimo por detectar quién necesita refuerzo académico y podemos tardar mucho más en descubrir quién necesita sentirse acompañado. Sin embargo, ambas cosas están relacionadas. Es difícil aprender con tranquilidad cuando cada mañana tienes que entrar en un aula en la que sientes que no perteneces, igual que una buena red de compañeros puede convertirse en un apoyo extraordinario durante etapas especialmente complicadas.
También he aprendido que las relaciones de un grupo nunca son estáticas. El mapa que podríamos dibujar en septiembre probablemente no sería exactamente igual al que obtendríamos en enero y podría volver a ser diferente al terminar el curso. Surgen nuevas amistades, otras se distancian, aparecen conflictos, se resuelven problemas y alumnos que inicialmente ocupaban una posición periférica pueden terminar encontrando su lugar. Por eso conocer un grupo no consiste en realizar una actividad al principio del curso y considerar que ya tenemos toda la información necesaria. La tutoría exige observar continuamente porque acompañar a un grupo significa también ser consciente de cómo va cambiando.
Cuando pienso en aquella primera experiencia como tutor, recuerdo sobre todo la sensación de tener que aprender muy deprisa. Yo había llegado al instituto pensando fundamentalmente en clases, contenidos, ejercicios y exámenes, y de repente tenía que empezar a mirar el aula de otra manera. Delante de mí ya no había únicamente estudiantes de 3º de ESO a los que debía enseñar Matemáticas, sino un grupo de adolescentes que llevaba meses construyendo su propia pequeña sociedad dentro de aquellas cuatro paredes. Había amistades que yo todavía desconocía, alumnos que ejercían liderazgo, personas a las que sus compañeros buscaban cuando necesitaban ayuda y otras que quizá necesitaban que alguien se fijara un poco más en ellas.
Aquellas dos preguntas tan sencillas me ayudaron a comenzar a descubrir todo eso. No resolvieron ningún problema por sí solas ni me permitieron conocer completamente a un grupo en una hora, pero me enseñaron a buscar información que no aparecía en las calificaciones ni en los expedientes. Con ellas empecé a comprender que una de las responsabilidades más importantes de un tutor consiste precisamente en aprender a mirar aquello que no siempre resulta evidente a primera vista. Porque conocer una clase no significa únicamente aprenderse los nombres de quienes se sientan delante de nosotros, sino intentar comprender los vínculos que existen entre esos nombres y prestar especial atención a quienes corren el riesgo de quedarse fuera de ese mapa invisible que se construye cada día dentro de un aula.