Desde que comencé mi formación como profesor tuve bastante claro que quería incorporar las nuevas tecnologías a mis clases. En aquellos años se hablaba cada vez más de las TIC aplicadas a la educación y empezaban a aparecer multitud de herramientas que prometían transformar nuestra manera de enseñar. Sin embargo, nunca me convenció demasiado la idea de utilizar tecnología simplemente porque estuviera disponible o porque pareciera más moderna que aquello que llevábamos haciendo durante años. Siempre pensé que cualquier recurso que entrara en el aula debía hacerlo por una razón pedagógica y que nuestra obligación como docentes era escoger en cada momento aquello que mejor pudiera ayudarnos a conseguir nuestros objetivos. Una presentación, un vídeo o una actividad interactiva no tenían por qué ser mejores que una explicación en la pizarra por el simple hecho de aparecer en una pantalla.
Esa idea condicionó bastante mi manera de preparar las clases durante mi primer curso como profesor. Nunca abandoné la pizarra ni la tiza, porque había explicaciones matemáticas que me resultaban mucho más naturales desarrollándolas poco a poco delante de los alumnos. Escribir una expresión, detenerme en un determinado paso, borrar, volver atrás o modificar un procedimiento en función de las dudas que fueran apareciendo me permitía construir la explicación al ritmo de la clase. Pero junto a esa manera más tradicional de trabajar empecé también a llevar mi ordenador portátil al instituto para utilizar el libro digital y algunos de los recursos que incorporaba. Intentaba combinar ambos mundos y decidir en cada sesión qué herramienta tenía más sentido para aquello que quería conseguir.
Con los alumnos de 1º de ESO aquella combinación daba especialmente buen resultado. El libro digital incluía actividades interactivas y recursos que permitían trabajar algunos contenidos de una manera diferente y, a esas edades, cualquier cambio en la dinámica habitual podía convertirse en una buena oportunidad para recuperar su atención. No se trataba de sustituir los ejercicios del cuaderno ni de convertir cada clase en una sucesión de pantallas, sino de disponer de más posibilidades. Había días en los que prácticamente toda la sesión podía desarrollarse utilizando la pizarra y otros en los que recurrir al ordenador me permitía mostrar algo que habría sido mucho más complicado explicar únicamente con tiza. Poco a poco iba construyendo mi propia forma de combinar recursos y descubriendo qué funcionaba mejor con cada grupo.
Precisamente por eso procuraba preparar con bastante detalle todo aquello que iba a utilizar. Si quería trabajar con una determinada actividad interactiva, la revisaba previamente; si necesitaba acceder a algún recurso, comprobaba dónde estaba; y si iba a utilizar el libro digital, sabía exactamente qué partes quería mostrar. Durante aquel primer año necesitaba sentir que llevaba las clases especialmente preparadas porque todavía no tenía la experiencia suficiente para confiar plenamente en mi capacidad para resolver cualquier imprevisto. Tener claro qué iba a hacer durante cada parte de la sesión me proporcionaba cierta seguridad y me permitía entrar en el aula con la sensación de que, al menos sobre el papel, todo estaba bajo control.
Sin embargo, pronto descubrí que había una variable especialmente difícil de controlar cuando decidías incorporar tecnología a una clase: la propia tecnología. Podías haber dedicado muchísimo tiempo a preparar una actividad y descubrir al llegar al aula que la conexión wifi no funcionaba. O podía funcionar, pero hacerlo tan lentamente que una página que en casa tardaba unos segundos en abrirse se convertía delante de veinte o treinta alumnos en una interminable pantalla de carga. También podía ocurrir que un recurso que habías comprobado la tarde anterior dejara de estar disponible, que una contraseña no funcionara o que el ordenador decidiera comportarse de una manera completamente distinta justo cuando más lo necesitabas. Cualquier docente que haya utilizado tecnología en el aula conoce perfectamente esa sensación de mirar una pantalla que no responde mientras detrás de ti hay un grupo entero esperando a que suceda algo.
Recuerdo especialmente una mañana en la que descubrí hasta qué punto un pequeño problema tecnológico podía obligarme a reconstruir una clase entera en cuestión de minutos. Era primera hora y llegué al aula con todo preparado. Tenía planificada la sesión, sabía qué recursos iba a utilizar y llevaba mi portátil porque una parte importante de lo que había diseñado dependía del libro digital y de las actividades que quería trabajar con los alumnos. Sonó el timbre, fueron entrando, se sentaron y yo empecé a colocar mis cosas mientras esperaba que todos estuvieran preparados. Hasta ahí era una mañana completamente normal y nada hacía pensar que aquella clase terminaría convirtiéndose en una de esas pequeñas experiencias que acabaría recordando años después.
Encendí el portátil y, en lugar de aparecer el escritorio como esperaba, comenzó una actualización del sistema operativo. Mi primera reacción fue de incredulidad porque precisamente había modificado la configuración para evitar que aquello pudiera suceder. Había indicado que quería recibir un aviso antes de instalar actualizaciones y estaba convencido de que tenía controlado ese problema. El ordenador, sin embargo, parecía tener otros planes y había decidido comenzar el proceso precisamente a primera hora, en el momento en el que tenía delante a un grupo de alumnos y necesitaba utilizarlo para prácticamente todo lo que había preparado.
Reconozco que me enfadé muchísimo. No era simplemente la molestia de tener que esperar unos minutos, sino la sensación de que una herramienta que debía facilitarme el trabajo acababa de decidir cómo podía y cómo no podía impartir mi propia clase. Miraba la pantalla esperando que el proceso avanzara rápidamente y enseguida comprendí que aquello no iba a solucionarse. La actualización necesitaba descargar una cantidad considerable de datos y la conexión del instituto no era precisamente la más rápida. El tiempo estimado empezó a crecer hasta hablar de horas, lo que significaba que no solo había perdido el ordenador para aquella sesión, sino que probablemente tampoco podría utilizarlo durante el resto de la mañana.
Mientras el portátil seguía ocupado con sus propios asuntos, delante de mí continuaba estando la realidad que verdaderamente importaba: tenía un grupo de alumnos esperando que comenzara la clase. La actualización podía tardar dos horas, cuatro o toda la mañana, pero el timbre volvería a sonar al final de aquella sesión exactamente a la misma hora. No podía quedarme esperando ni lamentarme demasiado por todo lo que ya no iba a poder hacer. Así que cerré el ordenador en cuanto pude, miré mentalmente todo lo que había preparado y empecé a decidir qué partes podía mantener, cuáles tendría que transformar y cuáles tendría que dejar para otro día.
Aquella mañana me tocó improvisar mucho más de lo que me habría gustado durante mi primer año como profesor. Algunos recursos que había preparado simplemente no podían utilizarse y determinadas actividades perdían bastante sentido sin el soporte digital con el que las había diseñado. Tuve que recurrir a la pizarra, modificar ejemplos sobre la marcha y reconstruir parte de la sesión mientras la estaba impartiendo. Seguramente mis alumnos vivieron aquello con mucha más normalidad de la que yo sentía. Para ellos era simplemente otra clase de Matemáticas. Para mí, que había preparado cuidadosamente cada parte de la sesión, era la demostración de que por mucho que planificara siempre existirían situaciones que me obligarían a apartarme del guion.
Y la clase salió adelante. No fue la que había imaginado ni pude utilizar muchos de los recursos que consideraba interesantes, pero los alumnos continuaron trabajando y conseguimos avanzar. Probablemente ese fue uno de los aprendizajes más útiles de aquella mañana, aunque en ese momento estuviera demasiado enfadado con mi ordenador para valorarlo. La preparación es fundamental, especialmente cuando estás comenzando a dar clase, pero estar preparado no significa únicamente tener diseñadas todas las actividades. También significa ser capaz de modificar lo que habías previsto cuando las circunstancias cambian y continuar enseñando aunque desaparezca una herramienta con la que contabas.
Mi enfado con aquel portátil, sin embargo, no desapareció al terminar la clase. Recuerdo perfectamente que pensé que no quería volver a encontrarme en una situación semejante. Había configurado el sistema precisamente para evitar las actualizaciones automáticas y, aun así, había decidido actualizarse en el peor momento posible. Aquel día tomé una decisión bastante radical: no quería volver a confiar mi trabajo a aquella combinación de marca y sistema operativo. Poco después decidí comprarme un portátil de Apple buscando, entre otras cosas, un equipo que me ofreciera mayor estabilidad para el uso que estaba haciendo de él en clase. Puede parecer una conclusión excesiva para una actualización inoportuna, pero aquel ordenador se había ganado durante esa mañana todo mi enfado.
Más allá de mi particular guerra con aquel portátil, la experiencia me hizo reflexionar mucho sobre el lugar que debía ocupar la tecnología en mis clases. Hasta entonces me había preocupado principalmente por utilizarla con sentido pedagógico, evitando convertirla en un fin en sí misma. A partir de aquel momento añadí otra preocupación: nunca podía depender completamente de ella. Si una clase solo podía funcionar cuando había conexión a Internet, cuando una determinada página estaba disponible o cuando mi ordenador decidía colaborar, estaba construyendo una sesión demasiado vulnerable a circunstancias que escapaban completamente de mi control.
Eso no significó que dejara de utilizar las TIC. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario. Durante los años siguientes continué incorporando nuevas herramientas, descubriendo aplicaciones, utilizando recursos digitales y buscando metodologías que me permitieran aprovechar las posibilidades que ofrecía la tecnología para llegar mejor a mis estudiantes. Algunas de esas herramientas terminarían siendo fundamentales en mi manera de trabajar y otras desaparecerían después de utilizarlas durante un tiempo. Lo que sí cambió fue mi forma de pensar sobre ellas. Cada vez tuve más claro que ninguna tecnología era buena simplemente por ser nueva y que ninguna metodología tradicional debía descartarse únicamente por llevar muchos años utilizándose.
Las Matemáticas me han enseñado también que existen momentos en los que pocas cosas funcionan mejor que una pizarra y un profesor desarrollando despacio un razonamiento delante de sus alumnos. Ver cómo aparece cada paso, poder detenerse cuando surge una duda y modificar la explicación en función de lo que está ocurriendo en el aula tiene un enorme valor didáctico. Del mismo modo, existen contenidos para los que una representación dinámica, una actividad interactiva o una herramienta digital ofrecen posibilidades que la tiza nunca podría proporcionar. Para mí, la verdadera innovación nunca ha consistido en escoger uno de esos dos mundos y rechazar el otro, sino en disponer de ambos y saber cuándo tiene sentido utilizar cada uno.
Aquella actualización inesperada me enseñó además algo que terminaría siendo cada vez más importante en mi manera de entender la profesión. Un docente puede preparar muchísimo una clase, pero nunca puede prepararlo absolutamente todo. El aula es un espacio vivo en el que continuamente suceden cosas que obligan a tomar decisiones. A veces es un alumno que plantea una pregunta que no habías previsto, otras es una actividad que funciona mucho mejor de lo esperado y merece que le dediques más tiempo, y en otras ocasiones es simplemente un ordenador que decide actualizarse cuando tienes treinta alumnos esperando. Aprender a enseñar también consiste en aprender a reaccionar ante todo aquello que no aparece escrito en nuestra programación.
Con el paso de los años las tecnologías han cambiado enormemente y las posibilidades que tenemos hoy en las aulas son incomparablemente mayores que las que tenía durante aquel primer curso. Sin embargo, algunos de los problemas continúan resultando sorprendentemente familiares. Seguimos encontrándonos conexiones que fallan, aplicaciones que dejan de funcionar, dispositivos que no responden o herramientas que deciden actualizarse en el momento menos oportuno. Quizá por eso aquella mañana continúa pareciéndome una buena representación de nuestra relación con las TIC: pueden abrir posibilidades extraordinarias para enseñar y aprender, pero también nos recuerdan de vez en cuando que nunca deberíamos entregarles por completo el control de lo que ocurre en nuestra clase.
Cuando pienso ahora en aquel profesor enfadado delante de una pantalla que anunciaba varias horas de actualización mientras sus alumnos esperaban para empezar, me hace cierta gracia recordar la importancia que parecía tener aquel desastre en ese momento. La clase salió adelante, los alumnos aprendieron y al día siguiente volvimos a utilizar otros recursos como si nada hubiera ocurrido. Pero aquella pequeña experiencia dejó una idea que me ha acompañado desde entonces: incorporar tecnología al aula no consiste en sustituir aquello que ya funciona, sino en ampliar nuestras posibilidades para enseñar y, al mismo tiempo, estar preparados para seguir haciéndolo cuando la tecnología decide fallarnos.