Durante mi primer curso como profesor hubo muchas situaciones para las que estaba preparado y otras tantas que tuve que aprender a gestionar sobre la marcha. Había estudiado Matemáticas, me había formado para enseñar y podía pasar horas preparando una clase, pensando qué ejemplos utilizar o intentando anticipar las dificultades que encontrarían mis alumnos. Sin embargo, nadie me había explicado qué sucedía cuando la vida que existía fuera del instituto entraba inesperadamente en el aula. Durante aquellos primeros meses estaba descubriendo que convertirse en profesor implicaba mucho más que ponerse delante de una pizarra y enseñar una asignatura. También significaba empezar a construir una identidad ante tus alumnos y comprender que, desde el momento en el que pasabas tantas horas con ellos, era inevitable que sintieran cierta curiosidad por saber quién eras cuando dejabas de ser simplemente su profesor de Matemáticas.
Lo descubrí de una manera bastante inesperada durante una clase de 1º de Bachillerato. Aquel día había decidido utilizar mi portátil para comenzar una dinámica nueva y recuerdo que la clase estaba transcurriendo con absoluta normalidad. En ese momento no era tan consciente como lo sería después de que utilizar mi propio ordenador en clase suponía también introducir en el aula un dispositivo en el que convivían mi trabajo y mi vida personal. Allí estaban mis materiales, mis archivos y todo lo que necesitaba para dar clase, pero también estaban mi correo, mis cuentas y mis redes sociales. Nunca había pensado demasiado en ello porque, hasta aquel momento, ambos mundos habían permanecido perfectamente separados. El ordenador era simplemente una herramienta que me permitía hacer algo diferente con mis alumnos y no imaginaba que aquella mañana iba a demostrarme lo frágil que podía ser esa separación.
En mitad de la clase apareció en la pantalla una notificación de Twitter. No recuerdo quién la había enviado ni qué decía exactamente, porque lo único que permanece en mi memoria es la rapidez con la que intenté hacerla desaparecer. Fueron apenas unos segundos y continué con la explicación intentando actuar con total normalidad, como si nada hubiera sucedido. Por las caras de mis alumnos parecía que prácticamente nadie se había dado cuenta y, después de aquel pequeño sobresalto, la clase siguió adelante. Terminamos la actividad, recogí mis cosas y durante el resto de la jornada no ocurrió nada que me hiciera pensar que aquella notificación hubiera tenido ninguna consecuencia. Sin embargo, mi reacción inmediata ya decía mucho sobre la relación que tenía entonces con mi vida personal dentro del instituto.
En aquella época utilizaba las redes sociales de una manera completamente personal. No eran una extensión de mi trabajo como profesor, no compartía materiales educativos ni había construido alrededor de ellas ningún proyecto relacionado con las Matemáticas. Eran simplemente mis redes y, por tanto, en ellas aparecía mi vida con bastante naturalidad. También había algo especialmente importante: en esos espacios yo era visible como persona LGTBI+. Fuera del instituto no estaba intentando ocultar esa parte de mí, mientras que dentro del centro la situación era completamente diferente. Mis alumnos no sabían que era gay y yo tenía muchísimo miedo de que lo descubrieran, de modo que aquella pequeña notificación había conectado durante unos segundos dos versiones de mi vida que yo me esforzaba por mantener separadas.
Cuando recuerdo ahora aquel miedo intento no observarlo únicamente desde la persona que soy hoy, porque sería demasiado fácil juzgarlo sabiendo todo lo que ocurrió después. En aquel momento acababa de empezar a trabajar como profesor y no tenía referentes que me permitieran saber qué podía suceder si decidía ser visible. No sabía cómo reaccionaría el alumnado, desconocía qué pensarían algunas familias y tampoco tenía la experiencia suficiente para relativizar determinadas situaciones. Había conseguido desenvolverme con naturalidad en otros ámbitos de mi vida, pero dentro del instituto seguía sintiendo que revelar que era gay podía cambiar la manera en la que mis alumnos me miraban o incluso generar algún problema que no sabría cómo gestionar. Por eso, cuando apareció aquella notificación, mi preocupación no fue que pudieran descubrir qué música escuchaba, dónde había estado el fin de semana o con quién había salido. Lo que realmente temía era que siguieran el rastro hasta mis perfiles y encontraran allí una información sobre mí que todavía no estaba preparado para compartir con ellos.
Durante unas horas pensé que había reaccionado suficientemente rápido y que todo quedaría en una anécdota que únicamente yo recordaría. Sin embargo, cuando llegué a casa y miré mis redes sociales empecé a encontrarme con notificaciones y solicitudes nuevas. Algunos de mis alumnos habían conseguido localizarme. Probablemente les había bastado aquella pequeña pista que apareció en la pantalla para buscar mi nombre y comprobar si podían encontrar al profesor que acababa de estar delante de ellos. Lo que para ellos seguramente no era más que curiosidad se convirtió para mí en una enorme preocupación, porque de repente comprendí que ya no podía controlar quién estaba accediendo a aquella parte de mi vida.
Mi primera reacción fue convertir todas mis cuentas en privadas. Pensé que de esa manera podría recuperar rápidamente la frontera que acababa de desaparecer: podían saber que tenía redes sociales e incluso localizar mis perfiles, pero ya no podrían consultar libremente lo que había compartido. Sin embargo, las solicitudes siguieron llegando y pronto aparecieron también notificaciones de otras personas e incluso de compañeros. Aquello me hizo pensar que se había corrido la voz y que cada vez más gente sabía cómo encontrarme. No tenía forma de saber quién había entrado en mis perfiles antes de que los cerrara, qué publicaciones había visto o si alguien había hecho capturas de pantalla, y esa pérdida de control hizo que empezara a imaginar todas las posibles consecuencias de que la información que hasta entonces había mantenido fuera del centro comenzara a circular dentro de él.
El miedo terminó imponiéndose y decidí cerrar mis redes sociales. No me limité a hacerlas privadas ni a eliminar algunas publicaciones, sino que preferí desaparecer completamente de aquellos espacios para asegurarme de que nadie pudiera seguir encontrando información sobre mí. Visto desde el presente, aquella reacción puede parecer desproporcionada, pero explica perfectamente cómo me sentía entonces. Estaba convencido de que mantener separadas mi vida personal y mi identidad como profesor era una forma de protegerme y, cuando esa separación dejó de depender exclusivamente de mí, sentí que la única manera de recuperarla consistía en eliminar aquello que podía ponerla en peligro.
Regresé al día siguiente esperando que ocurriera algo. Prestaba más atención de la habitual a las conversaciones, a las miradas y probablemente incluso a determinados gestos de mis alumnos, porque estaba preparado para escuchar alguna pregunta o algún comentario que me obligara a afrontar una situación para la que no me sentía preparado. Sin embargo, nadie dijo absolutamente nada. Las clases transcurrieron con normalidad, ningún alumno mencionó mis redes sociales y tampoco hubo ninguna conversación con compañeros que me hiciera pensar que hubiera sucedido algo grave. Todo aquello que había imaginado durante las horas anteriores no llegó a materializarse y, al menos aparentemente, la vida en el instituto continuó exactamente igual.
Que no ocurriera nada no consiguió, sin embargo, que aquella experiencia desapareciera de mi cabeza. Por primera vez fui plenamente consciente de que mis alumnos podían conocer cosas sobre mí sin necesidad de que yo decidiera contárselas. Hasta entonces mi idea de la relación entre profesores y alumnos estaba muy condicionada por la experiencia que yo mismo había tenido como estudiante. De mis profesores conocía fundamentalmente aquello que ellos decidían compartir dentro del aula. Podíamos saber alguna anécdota, conocer algún detalle sobre sus familias o descubrir ciertas aficiones porque habían surgido en una conversación, pero su vida fuera del instituto permanecía generalmente lejos de nosotros. Cuando terminaban las clases, ellos regresaban a un mundo del que apenas sabíamos nada y esa distancia parecía formar parte natural de la relación entre profesor y alumno.
Las redes sociales estaban empezando a cambiar esa realidad. Ya no era necesario que un profesor decidiera contar algo para que sus alumnos pudieran descubrirlo, porque bastaba con conocer su nombre y dedicar unos minutos a buscarlo en Internet. De repente podían aparecer fotografías, amigos, opiniones, lugares, aficiones y pequeños fragmentos de una vida que nunca habían formado parte de la relación educativa. Aquella experiencia me hizo comprender muy pronto que ejercer como profesor empezaba a implicar una exposición nueva, una especie de dimensión pública de nuestra profesión que no siempre habíamos elegido y que obligaba a preguntarnos dónde queríamos colocar los límites entre la persona que éramos dentro del aula y la que seguíamos siendo cuando salíamos del instituto.
Con el paso del tiempo también he aprendido a mirar de otra manera la curiosidad de aquellos alumnos. No creo que hubiera detrás ninguna intención especialmente negativa. Pasaban muchas horas conmigo, yo sabía muchas cosas sobre ellos y era lógico que sintieran curiosidad por conocer algo más de la persona que tenían cada mañana delante. Los profesores terminamos sabiendo quién está preocupado, qué alumno practica determinado deporte, quién tiene dificultades en casa, qué quiere estudiar alguien cuando termine Bachillerato o incluso cuándo una persona está pasando por un momento complicado. Ellos, en cambio, reciben una versión mucho más limitada de nosotros y las redes sociales les ofrecían una ventana a esa parte desconocida. El verdadero problema no era que quisieran saber más sobre su profesor, sino que yo todavía no estaba preparado para que aquello que encontraran pudiera entrar conmigo al aula.
Esa es probablemente la parte de la historia que más me hace reflexionar cuando la recuerdo tantos años después. Yo no ocultaba quién era en todos los ámbitos de mi vida. Mis redes sociales demostraban precisamente lo contrario, porque allí podía mostrarme con naturalidad. El miedo aparecía cuando imaginaba que esa información podía atravesar las puertas del trabajo y llegar hasta mis alumnos, mis compañeros o sus familias. Había construido una frontera muy clara entre ambos mundos porque pensaba que la única manera de sentirme seguro como profesor era dejar una parte de mí fuera del centro. Cuando aquellos alumnos encontraron mis perfiles, no descubrieron simplemente mis redes sociales; sin saberlo, pusieron en cuestión una separación que yo consideraba imprescindible para poder ejercer mi profesión con tranquilidad.
Resulta inevitable comparar aquel profesor con el que soy ahora. Una parte importante de mi trayectoria posterior ha estado precisamente vinculada a aquello que entonces intentaba proteger con tanto miedo. Con los años aprendí a hablar de diversidad dentro del aula, comprendí la importancia que puede tener encontrar referentes cercanos y descubrí que mi visibilidad podía convertirse también en una herramienta educativa. He contado experiencias personales, he participado en proyectos relacionados con la diversidad y he dejado de sentir que ser profesor y ser una persona LGTBI+ fueran dos realidades que necesitaban permanecer en compartimentos diferentes. Nada de eso había sucedido todavía cuando apareció aquella notificación, y por eso creo que sería injusto mirar hacia atrás y reprocharme la decisión que tomé. Aquel profesor estaba actuando con las herramientas que tenía y tratando de protegerse de unas consecuencias que no sabía anticipar.
También resulta curioso pensar que aquella tarde cerré mis redes sociales porque tenía miedo de que mis alumnos me encontraran y que, años después, las redes terminarían convirtiéndose en una parte importante de mi manera de compartir mi trabajo como profesor. Lo que entonces percibía únicamente como una amenaza acabaría permitiéndome enseñar más allá de las paredes de un aula, compartir materiales, contar experiencias y entrar en contacto con otros docentes y estudiantes. Sin embargo, precisamente haber vivido ambas situaciones me ha hecho entender que la exposición pública nunca debería darse por supuesta. Ser profesor no significa renunciar a nuestra vida privada y el hecho de que determinada información pueda encontrarse en Internet no convierte automáticamente esa información en parte de nuestra relación con el alumnado. Cada docente necesita decidir qué quiere compartir, qué prefiere mantener fuera del aula y dónde coloca unos límites que también merecen ser respetados.
Cuando recuerdo aquella clase de 1º de Bachillerato, no soy capaz de decir qué contenido estaba explicando justo antes de que apareciera la notificación ni podría identificar cuál fue el primer alumno que consiguió localizarme. Lo que sí recuerdo perfectamente es la sensación de urgencia con la que intenté hacer desaparecer aquel pequeño aviso de la pantalla y la preocupación que sentí horas después cuando comprendí que mis alumnos habían conseguido encontrar mis perfiles. Aquella experiencia me enseñó muy pronto que nuestros alumnos no sienten curiosidad únicamente por lo que sabemos o por lo que les enseñamos, sino también por la persona que existe detrás del profesor, y que las nuevas formas de relacionarnos habían empezado a hacer mucho más difícil decidir qué partes de esa persona permanecían fuera del aula.
Muchos años después, lo que más me llama la atención de aquella historia no es que unos alumnos de 1º de Bachillerato utilizaran una pequeña pista para localizar a su profesor en Twitter ni que la noticia se extendiera rápidamente entre otras personas. Lo que realmente me hace detenerme al recordarla es pensar en todo lo que tuvo que cambiar para que aquel profesor que cerró sus redes sociales por miedo a que sus alumnos descubrieran que era gay acabara comprendiendo que no necesitaba esconder esa parte de sí mismo para poder ser respetado delante de una clase. Quizá aquel día todavía estaba muy lejos de saberlo, pero una simple notificación en la pantalla de un ordenador había empezado a enfrentarme con una pregunta que me acompañaría durante buena parte de mis primeros años como docente: cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a mostrar cuando entramos en un aula y cuánto ocultamos simplemente porque todavía tenemos miedo de lo que pueda ocurrir si nos conocen de verdad.