En el capítulo anterior contaba cómo había terminado mi primer curso como profesor con aquella sensación tan extraña de pensar que todo había salido bien y descubrir, apenas unos minutos después, que todavía me quedaba mucho por aprender. Sin embargo, mientras cerraba evaluaciones, corregía los últimos exámenes y empezaba a despedirme de algunos de los grupos con los que había compartido aquellos primeros meses, todavía quedaba una historia pendiente. Una historia que comenzó mucho antes de aquel último día de clase y que estaba relacionada con uno de los mayores retos que había tenido que afrontar desde que había llegado al instituto: preparar a mis alumnos de 2.º de Bachillerato de Ciencias para Selectividad.
Ya he contado anteriormente las circunstancias en las que me hice cargo de aquel grupo. Cuando llegué al centro, el curso estaba muy avanzado y descubrí que una parte importante de los contenidos que debían haber trabajado durante el segundo trimestre prácticamente había desaparecido. No había tiempo para lamentarse demasiado ni para buscar responsables. Selectividad tenía una fecha marcada en el calendario y aquella fecha no iba a retrasarse porque nosotros necesitáramos unas semanas más. Así que durante aquellos meses trabajamos muchísimo. Ellos tuvieron que asumir un ritmo muy intenso y yo tuve que preparar en muy poco tiempo contenidos, ejercicios, problemas y todo aquello que pudiera ayudarles a llegar al examen con las máximas garantías posibles.
Por eso, cuando terminaron las clases ordinarias y entramos en aquellos últimos días de preparación, sentía que todos estábamos llegando al final de una carrera que habíamos empezado bastante más atrás que los demás. Repasábamos ejercicios de otros años, resolvíamos dudas, hablábamos de las distintas opciones que podían encontrarse y tratábamos de afianzar todo lo que habíamos trabajado durante aquellas semanas. Yo intentaba transmitirles tranquilidad, aunque probablemente era uno de los más nerviosos de todos. Era la primera vez que preparaba a un grupo para Selectividad y, aunque sabía perfectamente que quienes iban a sentarse delante del examen eran ellos, no podía evitar sentir que una pequeña parte de mi propio trabajo también iba a ser evaluada en aquellas hojas.
En la última clase antes del examen hubo algo que me preocupó especialmente. Uno de mis mejores alumnos llegó completamente agotado. Se le veía en la cara que apenas había descansado y la impresión que me dio fue que llevaba demasiado tiempo exigiéndose más de lo que podía soportar. Había estudiado muchísimo, probablemente demasiado, y a esas alturas ya no parecía estar aprovechando las horas que dedicaba a estudiar, sino simplemente acumulando cansancio. Recuerdo pensar que necesitaba parar. Después de tantos meses insistiendo en ejercicios, contenidos y preparación académica, aquel día el problema ya no era cuánto sabía de Matemáticas. El problema era que estaba llegando al examen sin fuerzas para demostrar todo lo que sabía.
Con los años he comprendido mucho mejor algo que entonces empezaba apenas a intuir: en Bachillerato existe una presión enorme alrededor de Selectividad. Para muchos alumnos aquellos exámenes parecen condensar en unos pocos días todo lo que han hecho durante años. De repente sienten que una nota puede decidir qué estudiarán, dónde lo harán e incluso cómo será la siguiente etapa de sus vidas. Ante esa sensación es fácil pensar que cualquier hora que no se dedica a estudiar es una hora desperdiciada. Se duerme menos, se descansa peor y se intenta aprovechar hasta el último minuto, olvidando que nuestro cerebro también necesita llegar en condiciones al momento en el que le vamos a exigir todo aquello que hemos aprendido.
Finalmente llegó el examen de Matemáticas y tuve la oportunidad de acercarme hasta la universidad donde mis alumnos estaban realizando las pruebas. Recuerdo perfectamente los nervios con los que esperaba a que terminaran. Aquella vez no tenía un examen delante, no podía resolver ninguna duda, explicar un procedimiento ni dar una indicación. Todo lo que podía hacer ya estaba hecho. Después de meses trabajando juntos, ahora les correspondía a ellos enfrentarse solos a aquellas preguntas y a mí esperar fuera.
Cuando empezaron a salir del aula, la sensación fue maravillosa. Llegaban contentos, algunos incluso eufóricos, y enseguida comenzaron a contarme qué ejercicios habían elegido, cómo habían planteado cada problema y qué resultados habían obtenido. Yo iba reconstruyendo mentalmente el examen mientras los escuchaba y, por lo que me explicaban, todo parecía haber salido realmente bien. Los felicitaba, les recordaba todo el trabajo que habían hecho para llegar hasta allí y sentía un alivio enorme. Después de aquellas semanas intentando recuperar contenidos y preparar una prueba tan importante en unas circunstancias que no habían sido precisamente sencillas, parecía que todo aquel esfuerzo había dado resultado.
Para ellos terminaba un examen. Para mí terminaba también mi primera Selectividad como profesor.
Hasta ese momento siempre había contemplado aquella prueba desde el otro lado. Muchos años antes había sido yo quien se había sentado delante de aquellos exámenes, pero ahora descubría una sensación completamente distinta. Como profesor no podía evitar preguntarme si los había preparado suficientemente bien, si habría insistido en los contenidos adecuados, si algún ejercicio que no hubiéramos trabajado terminaría perjudicándolos o si habría podido hacer algo más durante aquellos meses. Sé que la nota de un alumno nunca puede utilizarse como una medida exacta del trabajo de su profesor, pero en aquel momento, siendo todavía un docente que estaba dando sus primeros pasos, me resultaba imposible separar completamente ambas cosas. Sentía que en aquellas calificaciones también iba a encontrar, de alguna manera, una valoración de todo lo que yo había hecho desde mi llegada.
Tuvimos que esperar aproximadamente una semana hasta conocer los resultados y, cuando finalmente se publicaron, mi primera reacción fue de enorme alegría. Las notas de Matemáticas eran incluso mejores de lo que esperaba. Muchos de mis alumnos habían conseguido calificaciones estupendas y aquello supuso un alivio difícil de explicar. Después de todo lo que había sucedido con aquel grupo, después de descubrir al llegar al instituto que teníamos que recuperar tanto trabajo en tan poco tiempo y después de todas aquellas tardes preparando materiales y pensando cómo conseguiríamos llegar a todo, los resultados parecían confirmar que habíamos conseguido nuestro objetivo. Ellos habían respondido de una manera extraordinaria y yo sentía que podía respirar tranquilo.
Pero entre todas aquellas calificaciones apareció una que no conseguía entender.
Uno de los mejores alumnos del grupo había suspendido Matemáticas con una nota sorprendentemente baja. Era precisamente aquel alumno al que había visto completamente agotado el día anterior al examen. No encajaba con el nivel que había demostrado durante el curso, con lo que sabía ni con la preparación con la que había llegado a aquellas últimas semanas. Además, pronto descubrimos que Matemáticas no había sido una excepción. Los resultados del resto de sus pruebas también habían sido muy malos. Algo había sucedido durante aquellos días y, de repente, aquella imagen de la última clase, con él completamente exhausto después de haberse exigido demasiado, adquirió para mí un significado mucho mayor.
Aquel mismo día vino al instituto para hablar con sus profesores. No hacía falta que explicara cómo se sentía porque se le veía nada más mirarlo. Había llorado y estaba intentando asumir unos resultados que seguramente nunca había imaginado obtener. En mi caso, antes de dar por perdida la calificación, quise comprobar exactamente qué había ocurrido en el examen de Matemáticas. Le pedí que se sentara conmigo y que intentara recordar cómo había resuelto cada uno de los ejercicios. Mi intención era reconstruir el examen con él, localizar posibles discrepancias y valorar si tenía sentido presentar una reclamación.
Empezamos a revisar ejercicio por ejercicio y ocurrió algo que ninguno de los dos habría querido comprobar. A medida que me explicaba sus procedimientos, él mismo iba descubriendo los errores que había cometido. No eran pequeños despistes aislados ni una cuestión discutible de corrección. Había fallos importantes en ejercicios que sabía hacer perfectamente y decisiones que, en condiciones normales, probablemente nunca habría tomado. Yo iba calculando aproximadamente qué puntuación podía corresponder a cada apartado y, cuando terminamos, la conclusión era bastante clara. La calificación que había recibido no solo parecía correcta, sino que mis propios cálculos ni siquiera alcanzaban la nota que finalmente le habían puesto. Presentar una reclamación no tenía sentido.
Debió de ser especialmente duro descubrirlo de aquella manera. Hasta entonces siempre podía quedar la esperanza de que hubiera existido algún error en la corrección, de que faltara algún apartado por puntuar o de que una revisión pudiera solucionar parte del problema. Después de reconstruir juntos el examen, esa posibilidad desaparecía. No había una injusticia que pudiéramos corregir. Simplemente había tenido un mal día precisamente en uno de los días en los que más necesitaba que todo saliera bien.
Yo no sabía muy bien qué decirle. Era mi primer año como profesor y no tenía ningún manual que explicara qué debía hacerse cuando uno de tus mejores alumnos se derrumba delante de ti después de haber trabajado durante meses. Podía explicarle perfectamente dónde estaba el error de una integral, por qué un procedimiento no era correcto o cuántos puntos podía valer un determinado apartado, pero ninguna de esas cosas servía ya para solucionar el problema que tenía delante. Habíamos terminado de hablar de Matemáticas y, sin embargo, probablemente comenzaba entonces la parte más importante de aquella conversación.
En ese momento sucedió algo que todavía recuerdo perfectamente. Aquel alumno era bastante más alto que yo y estaba visiblemente afectado. Se levantó, se acercó y, antes de que pudiera anticipar lo que iba a hacer, me abrazó. Después de recibir unas calificaciones que para él eran terribles y después de que yo mismo acabara de confirmarle que no tenía sentido reclamar el examen, lo que hizo fue darme las gracias por todo el trabajo que había realizado con ellos durante aquellos meses. Mientras me abrazaba terminó rompiéndose a llorar y yo únicamente pude corresponder al abrazo, intentar consolarlo y buscar alguna palabra que pudiera ayudarle a comprender que, por muy importante que pareciera aquel resultado en ese momento, una mala semana no podía borrar todo lo que había demostrado durante años.
Aquel agradecimiento me desarmó completamente. Si alguien tenía derecho a sentirse enfadado, frustrado o decepcionado en aquel momento era él. Sin embargo, en mitad de uno de los peores días de su etapa académica, había decidido agradecerme lo que habíamos hecho juntos. Creo que fue entonces cuando comprendí que para él aquellos meses no podían medirse únicamente con la nota que aparecía en Selectividad. El examen había salido mal, terriblemente mal, pero eso no convertía en inútiles todas las horas que habíamos trabajado, todo lo que había aprendido ni todo el esfuerzo que habíamos compartido para llegar hasta allí.
También me obligó a pensar en aquella última clase de una manera diferente. Durante meses mi preocupación había sido conseguir que mis alumnos llegaran a Selectividad sabiendo suficientes Matemáticas. Habíamos tenido que correr, recuperar contenidos y trabajar con una intensidad enorme porque las circunstancias nos habían colocado en una situación complicada. Sin embargo, aquel alumno sabía Matemáticas. El problema no había sido la falta de conocimientos. Había llegado tan agotado al momento de demostrar lo que sabía que todo aquel esfuerzo terminó jugando en su contra. Aquello me enseñó una lección que después he repetido muchas veces a mis alumnos: preparar un examen también significa saber cuándo dejar de estudiar. Dormir, descansar y llegar con la cabeza despejada no es perder tiempo de preparación. También forma parte de ella.
Pero hubo otro aprendizaje todavía más importante. Hasta entonces estaba acostumbrándome a pensar mi trabajo en términos de explicaciones, ejercicios, exámenes y resultados. Era lógico: acababa de empezar y necesitaba comprobar constantemente si estaba haciendo bien las cosas. Aquella Selectividad había amplificado todavía más esa sensación porque yo mismo había vivido las notas de mis alumnos como una especie de evaluación indirecta de mi trabajo. Los excelentes resultados del grupo me habían hecho sentir que lo habíamos conseguido y aquel suspenso me había preocupado porque parecía romper esa historia perfecta.
El abrazo de aquel alumno me hizo comprender que quizá estaba mirando el lugar equivocado.
Por supuesto que las notas importaban. Para él, además, aquellas calificaciones podían tener consecuencias reales sobre sus posibilidades académicas y habría sido absurdo intentar convencerlo de lo contrario. Pero mi trabajo como profesor no podía reducirse a conseguir que todos obtuvieran una determinada puntuación. A veces enseñar significaba preparar a alguien para resolver un problema de Matemáticas y otras veces significaba sentarse a su lado cuando ese problema ya no podía solucionarse. Había momentos para explicar, corregir y exigir, pero también tenía que haberlos para acompañar, escuchar y ayudar a poner en perspectiva un fracaso que en aquel instante podía parecer definitivo.
Muchos años después sigo recordando aquel abrazo con una nitidez sorprendente. No recuerdo la nota exacta que obtuvo aquel alumno ni podría reconstruir ahora los ejercicios que revisamos juntos. Tampoco recuerdo cuáles fueron exactamente las palabras con las que intenté consolarlo. Sin embargo, recuerdo perfectamente la sensación de tener delante a un alumno destrozado por unos resultados que no reflejaban todo lo que sabía y descubrir que, incluso en aquel momento, encontraba fuerzas para darme las gracias.
Durante aquella primera Selectividad había estado convencido de que mi trabajo como profesor también estaba siendo evaluado. Esperé los resultados con nervios y respiré aliviado cuando comprobé las magníficas calificaciones que había conseguido la mayoría del grupo. Pero, paradójicamente, la valoración de mi trabajo que más recuerdo de aquellos días no apareció escrita en ninguna hoja de resultados. Me la dio precisamente el alumno cuya nota había salido peor, cuando me abrazó, rompió a llorar y me agradeció haber estado allí durante aquellos meses.
Quizá por eso, después de tantos años, sigo pensando que aquella fue una de las primeras veces en las que comprendí de verdad algo que ninguna asignatura me había enseñado antes de entrar en un aula: hay momentos en los que un alumno no necesita que su profesor le ayude a encontrar la solución correcta. Necesita simplemente saber que, cuando las cosas no han salido como esperaba, su profesor continúa a su lado.