Comenzar un curso en un instituto nuevo siempre tiene algo de volver a empezar. No importa demasiado cuántos años lleves dando clase ni cuántas veces hayas vivido ya esa primera mañana de septiembre, porque durante los primeros días vuelves a sentirte un poco como aquel profesor que llegó por primera vez a un centro sin saber muy bien dónde estaba nada. Hay nombres de compañeros que intentas recordar, aulas que todavía necesitas buscar, horarios que consultas varias veces para asegurarte de que no te has equivocado y pasillos que recorres intentando construir mentalmente un mapa que, unas semanas después, conocerás casi de memoria. Mientras haces todo eso también observas, porque llegar a un instituto nuevo no consiste únicamente en aprender dónde está cada clase, sino en empezar a descubrir el lugar en el que vas a pasar buena parte de tu vida durante los próximos meses.
Eso es precisamente lo que estaba haciendo durante mis primeros días en el nuevo instituto cuando algo empezó a llamar especialmente mi atención. Mientras recorría los distintos pasillos fui encontrando carteles, trabajos y decoraciones relacionadas con la diversidad LGTBI+. No se trataba de una única referencia colocada discretamente en algún rincón del centro, sino de diferentes señales que iban apareciendo a medida que caminaba por él. Incluso algunas columnas estaban decoradas con colores, símbolos y mensajes relacionados con el colectivo. Todavía estaba intentando aprender dónde se encontraba cada aula y empezando a conocer a las personas con las que compartiría el curso, pero aquellas paredes ya me estaban proporcionando una información que para mí resultaba mucho más importante de lo que probablemente podría parecer desde fuera.
La sensación que tuve al encontrarme con todo aquello fue, sobre todo, de alivio. No porque pensara que unos carteles pudieran garantizar por sí solos cómo sería mi experiencia en aquel instituto ni porque creyera que la presencia de determinados símbolos permite saber automáticamente todo lo que sucede dentro de un centro educativo. Acababa de llegar y todavía tenía muchísimo que conocer. Sin embargo, aquellas señales demostraban al menos que alguien había considerado importante dedicar tiempo y espacio a hablar de diversidad, que esos mensajes podían permanecer visibles en los pasillos y que formar parte del colectivo LGTBI+ no era algo que necesariamente tuviera que mantenerse escondido. Sin que nadie hubiera tenido que acercarse a decírmelo directamente, sentí que aquel podía ser un lugar en el que estar tranquilo.
Quizá resulte difícil comprender la importancia de esa sensación para quien nunca ha tenido que preguntarse si puede hablar con naturalidad de su vida cuando llega a un lugar nuevo. La mayoría de las personas cuentan lo que han hecho durante el fin de semana, mencionan a su pareja, enseñan una fotografía familiar o participan en una conversación cotidiana sin plantearse previamente qué información están revelando sobre sí mismas. Cuando eres LGTBI+, sin embargo, puedes aprender a observar antes de hablar. Escuchas determinados comentarios, prestas atención a las bromas, descubres cómo se habla de la diversidad y vas recopilando pequeñas señales que te permiten responder a una pregunta que quizá nadie haya formulado en voz alta, pero que durante mucho tiempo muchos hemos llevado con nosotros al entrar en espacios desconocidos: hasta qué punto puedo ser yo mismo aquí.
Durante mis primeros años como profesor conocí muy bien esa sensación. Llegar a un instituto nuevo significaba también preguntarme cómo reaccionarían mis compañeros si hablaba de mi vida con la misma naturalidad con la que ellos hablaban de la suya, qué ocurriría si mis alumnos descubrían que su profesor de Matemáticas era gay o cómo podría reaccionar alguna familia. Muchas de aquellas preocupaciones nunca llegaron a convertirse en problemas reales, pero eso no significaba que no existieran. Antes de saber cómo sería recibido, observaba el terreno y medía determinadas palabras, como si tuviera que descubrir primero cuáles eran las reglas de un juego que nadie había explicado. Con el paso del tiempo fui encontrando personas y situaciones que me demostraron que podía estar tranquilo, pero todavía recuerdo perfectamente lo importantes que resultaban entonces algunas señales aparentemente insignificantes.
Por eso, mientras caminaba ahora por los pasillos de mi nuevo instituto, no podía evitar pensar en aquel profesor que fui. Me preguntaba qué habría sentido si, durante alguno de mis primeros cursos, hubiera llegado a un centro y antes incluso de tener que decidir qué podía contar sobre mí hubiera encontrado aquellos carteles, aquellos colores y aquellas referencias. Probablemente habría experimentado exactamente la misma sensación que he tenido tantos años después. Habría entendido que no necesitaba empezar desde cero intentando averiguar si aquel era un espacio en el que podía hablar con naturalidad de quién era, porque alguien se había encargado previamente de dejar algunas señales que indicaban que la diversidad tenía un lugar dentro de aquellas paredes.
Mi relación con la visibilidad ha cambiado muchísimo desde entonces. Ya no soy aquel profesor que necesitaba medir cada palabra o que dudaba antes de contar algo completamente cotidiano de su vida. Con los años he comprendido que mostrarme con naturalidad también forma parte de mi manera de estar en el aula y que mi visibilidad puede tener un valor educativo que durante mis primeros años ni siquiera imaginaba. Sin embargo, descubrir todo esto no ha conseguido que aquellas señales dejen de importarme. Al contrario, creo que ahora comprendo todavía mejor lo necesarias que pueden ser porque sé perfectamente lo que significa entrar en un espacio sin encontrarlas y tener que esperar hasta descubrir si realmente puedes sentirte seguro en él.
Y entonces pensé inevitablemente en mis alumnos. Si yo, siendo adulto, profesor y después de tantos años hablando públicamente de diversidad, había sentido aquel alivio al recorrer los pasillos, intenté imaginar lo que podría significar esa misma decoración para un adolescente que todavía estuviera intentando comprender quién es. Pensé en quien entra cada mañana en el instituto sin habérselo contado todavía a nadie, en quien teme cuál podría ser la reacción de su familia, en quien ha escuchado determinadas palabras utilizadas demasiadas veces como insulto o en quien simplemente necesita encontrar algún indicio de que no es la única persona que se siente como se siente. Quizá ese alumno pase todos los días junto a uno de aquellos carteles sin detenerse delante de él, quizá nunca pregunte quién lo colocó y probablemente ningún profesor llegue a saber jamás que se fijó en él, pero eso no significa que el mensaje no haya llegado.
Precisamente por eso creo que a veces infravaloramos la capacidad que tienen los espacios educativos para transmitir mensajes. Evidentemente, colocar una bandera, decorar una columna o exponer un trabajo relacionado con la diversidad no convierte automáticamente un instituto en un espacio seguro. Para conseguirlo hacen falta muchas más cosas: actuar cuando aparece un insulto, acompañar a quien necesita ayuda, formar al profesorado, trabajar con las familias y conseguir que el respeto forme parte realmente de la convivencia cotidiana. La decoración nunca puede sustituir ese trabajo, pero tampoco deberíamos concluir por ello que carece de importancia, porque hacer visible una realidad que durante demasiado tiempo estuvo obligada a permanecer oculta también contribuye a construir el tipo de centro educativo que queremos.
Los espacios también educan porque aquello que decidimos colocar en ellos habla de nosotros. Lo hacen los libros que elegimos para una biblioteca, las fotografías que colgamos de una pared, los trabajos del alumnado que exponemos, los personajes que utilizamos como referentes y los mensajes que permitimos que permanezcan visibles en nuestros pasillos. Todo ello va construyendo silenciosamente una idea sobre quién tiene cabida en el centro y sobre qué realidades consideramos dignas de ser representadas. Cuando un alumno encuentra una parte de sí mismo en esos espacios recibe un mensaje que quizá nadie le haya pronunciado personalmente, pero que puede resultar enormemente importante: tú también formas parte de este lugar.
Durante aquellos primeros recorridos por mi nuevo instituto comprendí que eso era precisamente lo que me estaba sucediendo a mí. Apenas conocía el centro, todavía tenía que aprenderme muchos nombres y ni siquiera sabía moverme por algunos de sus pasillos sin pensar previamente hacia dónde tenía que dirigirme, pero ya había encontrado algo que me permitía sentirme un poco más tranquilo. Después de tantos años defendiendo la importancia de la visibilidad y de haber convertido la diversidad en una parte fundamental de mi manera de entender la educación, resultaba especialmente emocionante llegar a un lugar desconocido y descubrir que no tenía que explicar desde el principio por qué todo aquello era importante. Alguien había empezado ese trabajo mucho antes de que yo cruzara por primera vez la puerta.
Seguramente por eso la sensación de alivio fue tan inmediata. No necesitaba que nadie me asegurara que podía sentirme seguro ni que me explicara cuál era la posición del centro respecto a la diversidad para empezar a percibir que estaba llegando a un lugar en el que ese trabajo ya tenía un recorrido. Todavía será el día a día el que me permita conocer realmente cómo se vive todo aquello y cómo responde la comunidad educativa cuando aparecen dificultades, porque un instituto es muchísimo más complejo que lo que muestran sus paredes. Pero esa primera impresión ya consiguió algo importante: hizo que un profesor recién llegado pudiera empezar a sentirse parte del lugar antes incluso de conocerlo completamente.
Mientras volvía a recorrer aquellos pasillos pensé que ojalá todos nuestros centros educativos fueran capaces de provocar esa misma sensación en quienes llegan a ellos. Ojalá ningún alumno necesitara pasar meses buscando señales para descubrir si puede mostrarse como es, ningún profesor tuviera que calcular cuánto puede contar sobre su vida antes de conocer la reacción de quienes le rodean y ninguna familia diversa tuviera que preguntarse si su realidad será reconocida cuando cruce la puerta del instituto. Crear espacios seguros no consiste únicamente en reaccionar cuando sucede algo malo, sino también en trabajar antes para que todo el mundo sepa que pertenece a ellos, y a veces ese trabajo comienza con gestos tan sencillos como decidir qué mensajes queremos que encuentren nuestros alumnos cuando caminan cada mañana hacia sus aulas.
Acabo de llegar a un nuevo instituto y todavía me queda prácticamente todo un curso para descubrirlo. Dentro de unos meses recorreré esos mismos pasillos sin tener que pensar dónde está cada aula, conoceré las historias que se esconden detrás de muchos de aquellos trabajos y seguramente algunas de las cosas que hoy me resultan nuevas terminarán formando parte de mi rutina. Sin embargo, estoy convencido de que recordaré durante mucho tiempo aquella primera sensación. Porque antes incluso de conocer completamente el lugar en el que iba a trabajar, mientras todavía estaba aprendiendo a moverme por él, encontré en sus paredes algo que no aparecía en mi horario ni en ningún documento de bienvenida: la tranquilidad de sentir que había llegado a un lugar en el que no necesitaba esconder ninguna parte de quien soy.