Cuando alguien descubre Aula LGTB+ por primera vez suele encontrarse con una colección de problemas matemáticos, personajes ilustrados, recursos organizados por niveles o materiales que puede descargar y utilizar directamente en el aula. Es lógico que esa sea la imagen que proyecta el proyecto, porque al final es el resultado visible de cinco años de trabajo. Sin embargo, pocas veces pensamos en todo aquello que permanece oculto detrás de cada recurso publicado. La educación tiene algo muy especial: el alumnado únicamente ve el momento en que un profesor entra en clase, explica un contenido o propone una actividad, pero rara vez llega a conocer el enorme trabajo previo que hace posible que todo eso ocurra. Con Aula LGTBI sucede exactamente lo mismo. Lo que hoy aparece organizado en la web, en las colecciones de problemas o en el libro es solo una pequeña parte de una historia mucho más larga, construida a base de muchas horas de trabajo silencioso que casi nunca son visibles.
A lo largo de estos cinco años he dedicado miles de horas a este proyecto. No es una forma de hablar. Cada personaje ha requerido tiempo para imaginar su historia, definir su personalidad, revisar que su representación fuera respetuosa y construir un universo coherente con el resto del proyecto. Cada problema ha pasado por un proceso de búsqueda de contexto, diseño, resolución, comprobación matemática y revisión didáctica. Cada ilustración ha necesitado múltiples pruebas hasta conseguir un estilo gráfico homogéneo. Cada colección ha exigido pensar cómo organizar los contenidos para que cualquier docente pudiera incorporarlos con facilidad a su programación. Todo ese trabajo rara vez aparece cuando alguien descarga un recurso, pero forma parte inseparable de cada una de las páginas que hoy conforman Aula LGTB+.
Muchas personas me preguntan de dónde saco el tiempo para desarrollar un proyecto de estas dimensiones mientras continúo ejerciendo como profesor. La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, difícil de explicar. Aula LGTB+ nunca ha sido una obligación. Siempre ha sido una ilusión. Evidentemente, ha habido tardes enteras dedicadas a revisar materiales, fines de semana invertidos en escribir nuevos recursos o vacaciones en las que he preferido seguir desarrollando el proyecto antes que dedicar ese tiempo a otras actividades. Desde fuera podría parecer un esfuerzo enorme, y probablemente lo sea, pero cuando uno trabaja convencido de que aquello que está construyendo puede resultar útil para otras personas, el tiempo adquiere un significado completamente diferente. No desaparece el cansancio ni disminuye el esfuerzo, pero ambos encuentran un sentido que hace mucho más fácil seguir adelante.
Eso no significa que el camino haya sido siempre sencillo. Sería poco honesto presentar estos cinco años como una sucesión ininterrumpida de buenas noticias, porque no ha sido así. Como ocurre con cualquier iniciativa que intenta abrir caminos poco transitados, Aula LGTB+ también ha tenido que enfrentarse a la incomprensión, a las críticas e incluso a quienes consideran que la diversidad no debería tener cabida en materiales educativos de este tipo. En algunos momentos esas críticas han sido especialmente intensas y han coincidido con etapas personales y profesionales complejas. Sin embargo, con el paso del tiempo he aprendido algo que me ha ayudado a seguir avanzando: cuando un proyecto genera debate es porque, de una forma u otra, está cuestionando inercias que durante demasiado tiempo parecían inamovibles.
Siempre he intentado responder a esas situaciones desde la misma convicción con la que nació Aula LGTBI+. Nunca he entendido este proyecto como una provocación ni como una herramienta para enfrentar posiciones. Muy al contrario, siempre lo he concebido como una propuesta educativa que intenta ampliar la representación de la realidad dentro del currículo. Las Matemáticas que aparecen en Aula LGTB+ son exactamente las mismas que enseñamos cada día en cualquier instituto. Lo único que cambia es la decisión de mostrar una sociedad más diversa, más cercana y más parecida a la que encontramos fuera de las aulas. Por eso, incluso en los momentos más difíciles, nunca he sentido la necesidad de cambiar la filosofía del proyecto. Si algo me han enseñado estos cinco años es que la inclusión no puede depender del miedo a las críticas, sino del convencimiento de que representa una mejora para toda la comunidad educativa.
Afortunadamente, frente a esas dificultades siempre han aparecido muchas más razones para continuar. Resulta difícil explicar lo que se siente cuando una familia escribe para agradecer que su hijo o su hija se haya visto reflejado por primera vez en un problema de Matemáticas. También es emocionante recibir el mensaje de un docente que cuenta cómo un recurso ha servido para generar una conversación muy enriquecedora en clase o descubrir que un centro educativo ha decidido incorporar los materiales de Aula LGTB+ a su práctica habitual. Esos pequeños gestos rara vez ocupan titulares ni aparecen reflejados en estadísticas, pero son, sin duda, el verdadero motor que ha permitido que el proyecto siga creciendo año tras año.
Con el paso del tiempo comenzaron a llegar también algunos reconocimientos públicos que jamás había buscado cuando inicié este camino. Siempre he pensado que los premios constituyen una consecuencia del trabajo realizado, pero nunca deberían convertirse en el objetivo que lo guía. Aun así, sería injusto negar la enorme satisfacción que produce comprobar que instituciones, entidades o profesionales valoran positivamente un proyecto al que has dedicado tantos años de esfuerzo. Cada reconocimiento recibido ha supuesto una inmensa alegría, no solo por el componente personal que inevitablemente tiene cualquier premio, sino porque contribuía a dar visibilidad a una idea que considero mucho más importante que mi propio trabajo: la posibilidad de construir materiales educativos donde la diversidad forme parte del aprendizaje cotidiano.
En realidad, siempre he sentido que esos reconocimientos pertenecen un poco a todas las personas que han acompañado el proyecto durante estos años. Detrás de Aula LGTB+ no solo está el tiempo que yo he dedicado a diseñar recursos. También están los docentes que los utilizan y me ayudan a mejorarlos con sus sugerencias. Están las familias que confían en ellos para acompañar el aprendizaje de sus hijos e hijas. Está el alumnado que los recibe con naturalidad y demuestra, una vez más, que muchas veces son los adultos quienes ponemos límites donde los niños y niñas solo ven una realidad cotidiana. También están quienes han compartido el proyecto, quienes lo han recomendado a otros compañeros, quienes me han invitado a presentarlo en sus jornadas o quienes han decidido darle un espacio en los medios de comunicación para que pudiera llegar a muchas más personas. Todos ellos forman parte, de una manera u otra, de estos cinco años de historia.
Hay una imagen que me viene con frecuencia a la cabeza cuando pienso en la evolución de Aula LGTB+. Imagino el proyecto como una casa que ha ido construyéndose poco a poco. Al principio solo existían unos pocos cimientos, levantados con la intuición de que era posible enseñar Matemáticas desde una mirada más inclusiva. Después fueron apareciendo las primeras paredes, representadas por los problemas iniciales y los personajes que empezaban a dar identidad al proyecto. Más tarde llegaron las habitaciones, cada una dedicada a nuevos contenidos, nuevas etapas educativas y nuevas propuestas didácticas. Durante estos años he seguido ampliando esa casa casi sin detenerme, añadiendo espacios, reforzando estructuras y procurando que cualquier persona que entre en ella encuentre un lugar donde sentirse cómoda. Lo más bonito es comprobar que esa casa ya no está vacía. Cada vez son más los docentes que la visitan, la utilizan y la llenan de vida con su alumnado.
Quizá por eso nunca he sentido que Aula LGTB+ sea un proyecto terminado. Todo lo contrario. Cuanto más crece, más posibilidades aparecen para seguir desarrollándolo. Durante estos cinco años he aprendido que la educación nunca permanece inmóvil. Cambian los contextos, evolucionan las necesidades del profesorado, surgen nuevas herramientas y aparecen nuevas preguntas que nos obligan a seguir reflexionando. Un proyecto educativo que aspire a seguir siendo útil debe aceptar esa transformación constante. Tal vez esa sea una de las razones por las que, después de cinco años, sigo sintiendo la misma ilusión que al principio. No tengo la sensación de haber llegado al final de un camino, sino de encontrarme en un momento desde el que es posible seguir imaginando todo lo que aún queda por construir.
Si algo he aprendido durante este tiempo es que los proyectos verdaderamente importantes no se sostienen únicamente sobre las ideas con las que nacen. Se sostienen, sobre todo, sobre la perseverancia de quienes deciden seguir trabajando en ellos incluso cuando el entusiasmo inicial ya ha dado paso a la rutina, cuando las dificultades parecen multiplicarse o cuando los resultados tardan más de lo esperado en llegar. Mirando atrás, creo que esa ha sido una de las mayores enseñanzas que me ha regalado Aula LGTB+. Las ideas pueden surgir en un instante. Convertirlas en una realidad capaz de transformar la educación exige mucho más: paciencia, constancia y la convicción de que merece la pena seguir avanzando incluso cuando el camino parece hacerse cuesta arriba.
Quizá por eso este aniversario no lo vivo como el final de una etapa, sino como la confirmación de que aquellos primeros pasos tenían sentido. Todo el trabajo invisible que ha acompañado al proyecto durante estos cinco años ha servido para construir algo que hoy ya forma parte de muchas aulas y de muchas personas. Y esa certeza, mucho más que cualquier reconocimiento recibido, es la que sigue dándome fuerzas para continuar.