Hay fotografías, noticias y entrevistas que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose casi sin querer en pequeñas cápsulas del tiempo. Cuando volvemos a ellas no solo descubrimos cómo éramos físicamente o qué cosas estábamos haciendo en aquel momento, sino que también nos reencontramos con nuestras preocupaciones, nuestras ilusiones y, sobre todo, con una versión de nosotros mismos que desconocía por completo todo lo que estaba a punto de suceder. Eso es exactamente lo que he sentido al volver a leer una entrevista que me hicieron hace siete años. La había recuperado alguna vez durante este tiempo, pero esta vez ha sido diferente. Mientras avanzaba por sus párrafos y volvía a leer mis propias respuestas, no podía evitar observar a aquel profesor desde la distancia que dan siete años y pensar en todas las cosas que todavía no sabía.
La entrevista se publicó el 2 de septiembre de 2019 en Salamanca24horas. Por aquel entonces tenía 35 años, daba clase de Matemáticas en ESO y Bachillerato y acababa de conseguir la certificación como Google Trainer. Buena parte de aquella conversación giraba precisamente alrededor de mi interés por incorporar la tecnología a la enseñanza y de mi apuesta por la metodología Flipped Classroom. Estaba experimentando con una forma diferente de organizar mis clases, creando contenidos que mis alumnos pudieran consultar fuera del aula para aprovechar después el tiempo que pasábamos juntos resolviendo dudas, trabajando problemas y atendiendo de una manera más individualizada las dificultades que iban apareciendo. Siete años después, al leer aquellas respuestas, reconozco perfectamente al profesor que las daba: alguien que no estaba conforme con hacer las cosas de una determinada manera simplemente porque siempre se hubieran hecho así y que necesitaba buscar alternativas cuando pensaba que podían ayudar a sus alumnos.
De hecho, una de las razones que explicaba entonces para haber empezado a crear vídeos era tremendamente sencilla. Algunos alumnos me decían que cuando estábamos juntos en clase entendían las explicaciones, pero que el problema aparecía al llegar a casa. Allí se encontraban solos delante de un ejercicio, surgía una duda que no habían tenido durante la explicación y ya no tenían al profesor delante para preguntarle. Aquella situación tan cotidiana fue una de las razones que me llevaron a empezar a grabar vídeos. No pretendía revolucionar la enseñanza de las Matemáticas ni tenía detrás ningún gran proyecto educativo. Simplemente buscaba una forma de seguir acompañando a mis alumnos cuando ya no estaba físicamente a su lado. Visto desde hoy, me resulta especialmente bonito recordar que algo que acabaría ocupando una parte tan importante de mi vida comenzó intentando solucionar un problema tan pequeño y tan concreto.
Así había nacido unos meses antes Matemáticas Sin Más. En aquella entrevista se hablaba de un canal de YouTube que acababa de superar los 1.700 suscriptores y de una página web que había creado porque empezaba a resultar complicado encontrar determinados vídeos dentro del propio canal. Necesitaba un espacio en el que ordenar los contenidos por cursos y temas para que mis alumnos pudieran acceder fácilmente a ellos. Eso era fundamentalmente Matemáticas Sin Más en septiembre de 2019: vídeos, ejercicios, materiales y una web que intentaba poner un poco de orden a todo lo que estaba creando. Cuando hoy entro en esa misma página y pienso en todo lo que ha ido encontrando allí su espacio durante estos siete años, me cuesta no sonreír al recordar que su origen fue simplemente la necesidad de organizar unos cuantos vídeos para mis alumnos.
Quizá lo que más me llama la atención de aquel momento es que no existía ningún gran plan sobre lo que debía llegar a ser todo aquello. Ni siquiera había estado completamente convencido de crear el canal. Fueron en buena medida mis propios alumnos quienes terminaron animándome a continuar cuando comprobé la manera en que reaccionaban ante aquellos primeros vídeos y aquella nueva forma de trabajar. Ellos esperaban con ilusión determinadas clases, se implicaban y los resultados empezaban a mostrarme que quizá aquel esfuerzo tenía sentido. Como tantas otras cosas que he hecho después como profesor, el proyecto no nació de una estrategia diseñada a varios años vista, sino de escuchar lo que estaba ocurriendo dentro de mi aula y preguntarme qué podía hacer yo para mejorarlo.
Por eso, siete años después, resulta inevitable mirar al profesor que aparece en aquella entrevista y preguntarme qué habría pensado si alguien le hubiera contado todo lo que vendría después. Aquel profesor no podía imaginar que Matemáticas Sin Más acabaría dejando de ser únicamente un lugar en el que sus alumnos podían encontrar un vídeo cuando se atascaban con una ecuación. No sabía que llegarían nuevos materiales, cursos, actividades y proyectos, ni que aquella web crecería hasta convertirse prácticamente en un reflejo de su propia evolución como docente. Mucho menos podía imaginar que las Matemáticas acabarían sirviéndole también para hablar de diversidad, igualdad, referentes, familias, orientación, identidad de género o discriminación, y que terminaría encontrando una manera de unir partes de su vida que entonces todavía mantenía mucho más separadas.
Porque cuando vuelvo a aquella entrevista no pienso únicamente en todo lo que ha cambiado Matemáticas Sin Más. También pienso en cuánto he cambiado yo como profesor. Podría aprovechar estos siete años para hacer una enumeración de proyectos, materiales, vídeos, entrevistas, reconocimientos o experiencias y probablemente conseguiría una lista bastante larga, pero siento que hacerlo sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente interesante para mí es pensar en todas las cosas que aquel profesor todavía tenía que aprender. Sabía que quería enseñar Matemáticas de una manera diferente, pero aún estaba descubriendo qué tipo de profesor quería llegar a ser y, sobre todo, todavía no había comprendido que algunas de las enseñanzas más importantes que iba a compartir con sus alumnos no tendrían absolutamente nada que ver con una ecuación, una función o un problema de geometría.
Durante estos años he aprendido que algunas de las conversaciones que más permanecen en nuestros alumnos no aparecen en ninguna programación didáctica. He descubierto que una charla que surge casi por casualidad puede permanecer durante años en la memoria de alguien, que escuchar a un estudiante puede ser en determinados momentos mucho más importante que explicarle algo y que conseguir que un aula sea un lugar en el que alguien pueda sentirse seguro también forma parte de nuestro trabajo como profesores. Son aprendizajes que no estaban en aquella entrevista porque todavía no los había vivido y que hoy forman una parte fundamental de mi manera de entender la educación.
Tampoco podía imaginar aquel profesor hasta qué punto la diversidad terminaría ocupando un espacio central en su trabajo. Todavía faltaba mucho para que apareciera Aula LGTB+ y para que empezara a crear problemas matemáticos que incorporaran realidades que tradicionalmente habían permanecido fuera de nuestros libros de texto. Faltaban muchas conversaciones con alumnos, compañeros y familias; faltaban historias que me obligarían a replantearme algunas de mis propias ideas; faltaban momentos maravillosos y otros bastante más difíciles. Sobre todo, faltaba descubrir que mi propia visibilidad como profesor también podía convertirse en una herramienta educativa y que algo tan personal como dejar de esconder una parte de quién era podía terminar teniendo un significado que iba mucho más allá de mí mismo.
Mirar hacia atrás, sin embargo, puede llevarnos a cometer una pequeña trampa. Cuando conocemos el final de una historia resulta muy fácil ordenar todo lo anterior como si hubiera existido desde el principio un camino perfectamente trazado. Parece que una decisión llevó inevitablemente a la siguiente, que un proyecto condujo a otro y que todo terminó encajando de la manera en que debía hacerlo. Mi experiencia durante estos siete años ha sido bastante diferente. Ha habido dudas, equivocaciones, ideas que parecían fantásticas y después no funcionaron, proyectos que tuvieron que cambiar completamente, puertas que nunca llegaron a abrirse, críticas, cansancio y momentos en los que me pregunté seriamente si tenía sentido continuar dedicando tantas horas a crear materiales que muchas veces hacía simplemente porque pensaba que podían resultar útiles para alguien. Todo eso también forma parte de la historia, aunque sea mucho menos visible cuando contemplamos el camino desde la distancia.
Quizá precisamente por eso me gusta tanto recordar cómo comenzó todo. No empezó pensando en llegar a ningún sitio concreto, sino intentando ayudar a unos alumnos que llegaban a casa y se atascaban con las Matemáticas. Con los años he comprendido que muchas de las decisiones más importantes que tomamos como profesores empiezan exactamente así, sin que sepamos que son importantes mientras las estamos tomando. Probamos una actividad porque creemos que puede funcionar, tenemos una conversación porque intuimos que alguien necesita escucharla, creamos un material porque no encontramos el recurso que necesitamos o decidimos mostrar una parte de nosotros porque pensamos que quizá ayude a que otra persona se sienta menos sola. En ese momento no vemos ninguna gran historia. Solo estamos intentando hacer nuestro trabajo lo mejor que sabemos.
Es después, cuando han pasado los años, cuando podemos empezar a unir algunos de aquellos puntos. Hoy puedo mirar aquel canal que acababa de empezar, aquella web todavía pequeña y aquel profesor ilusionado con encontrar nuevas formas de utilizar la tecnología en sus clases y reconocer en ellos muchas de las cosas que sigo defendiendo. Continúo creyendo que un profesor nunca debería dejar de aprender y que no podemos esperar que todos nuestros alumnos lleguen al mismo lugar siguiendo exactamente el mismo camino. Sigo emocionándome cuando alguien me cuenta que un recurso que he creado le ha servido para entender algo y continúo sintiendo esa necesidad, que a estas alturas sospecho que ya no va a desaparecer, de inventar algo nuevo cada vez que pienso que podemos hacer las cosas un poco mejor.
Pero hay una idea que aquel profesor de 2019 todavía no conocía y que probablemente sea uno de los mayores aprendizajes que me han dejado estos años: casi nunca llegamos a saber hasta dónde alcanza lo que hacemos dentro de un aula. Compartimos unos meses o unos años con nuestros alumnos y después nuestros caminos se separan. Algunos regresan mucho tiempo después y nos cuentan algo que nos permite descubrir que aquella actividad que casi habíamos olvidado, aquella conversación aparentemente insignificante o aquella manera de tratarlos significó para ellos mucho más de lo que habíamos imaginado. De muchos otros nunca volveremos a saber nada y tendremos que aceptar que una parte enorme del efecto de nuestro trabajo sucede en lugares a los que nosotros nunca tendremos acceso.
Por todo ello, cuando vuelvo hoy a aquella entrevista siento una mezcla extraña de ternura, nostalgia y orgullo. No porque crea que aquel profesor tuviera todas las respuestas; precisamente ahora sé mejor que nunca cuántas cosas desconocía. Me produce ternura pensar en todo lo que tendría que aprender, en las veces que se equivocaría, en todas las certezas que acabaría cuestionándose y también en los momentos en los que tendría miedo de continuar por determinados caminos. Pero siento orgullo al comprobar que, con todas aquellas dudas y sin tener la menor idea de lo que estaba construyendo, decidió empezar. A veces damos tanta importancia a los resultados que olvidamos el valor que tuvo aquel primer paso cuando todavía no existía ninguna garantía de que hubiera un segundo.
Si pudiera volver a septiembre de 2019 y sentarme durante unos minutos junto al profesor que acababa de conceder aquella entrevista, creo que no le contaría todo lo que estaba a punto de suceder. No le hablaría de cifras, proyectos, libros, entrevistas, reconocimientos ni de ninguno de los lugares a los que terminaría llevándolo aquella forma de entender la educación. Tampoco le advertiría de todos los momentos difíciles, porque quizá existen caminos que únicamente somos capaces de comenzar cuando todavía desconocemos los obstáculos que encontraremos. Le diría que continuara grabando aquellos vídeos aunque algunas noches pensara que les estaba dedicando demasiado tiempo, que siguiera creando materiales aunque no supiera cuántas personas llegarían a utilizarlos y, sobre todo, que continuara escuchando a sus alumnos, porque muchas de las decisiones que acabarían transformando su manera de ser profesor nacerían precisamente de ellos.
También le pediría que intentara conservar algo de la ilusión con la que estaba empezando. Que no olvidara nunca que todo aquello había nacido simplemente porque quería ayudar a sus alumnos. Porque siete años después, entre vídeos, páginas web, materiales, proyectos, libros y todas las experiencias que han ido apareciendo por el camino, creo que esa continúa siendo la pregunta más importante que puedo hacerme cada vez que empiezo algo nuevo: si lo que estoy creando puede ayudar, enseñar, acompañar o hacer que alguien que está al otro lado se sienta un poco mejor, entonces sigue teniendo sentido dedicarle tiempo.
Hoy vuelvo a mirar la fotografía que acompañaba aquella entrevista y sigo reconociendo perfectamente al profesor que aparece en ella. Hay muchas cosas que ahora haría de otra manera y muchas ideas que han cambiado profundamente, pero me alegra comprobar que todavía puedo reconocer una parte esencial de mí en aquel hombre que hablaba con tanta ilusión de un pequeño canal de YouTube y de una página web que acababa de crear para sus alumnos. Él no tenía forma de saber todo lo que estaba por venir y quizá eso sea precisamente lo que más me emociona al contemplarlo siete años después: mientras respondía aquellas preguntas pensando únicamente en lo que estaba haciendo en ese momento, estaba dando algunos de los primeros pasos de una historia que todavía hoy continúa escribiéndose.
Y supongo que esa es también la razón por la que no necesito saber dónde estaremos dentro de otros siete años. Si algo me ha enseñado el camino recorrido desde aquella entrevista es que algunas de las mejores cosas que me han sucedido como profesor jamás estuvieron en ningún plan. Me basta con conservar las ganas de seguir aprendiendo, creando, equivocándome, escuchando a mis alumnos y buscando nuevas formas de enseñar. Porque si pudiera decirle algo al profesor que era en 2019, probablemente sería exactamente lo mismo que quiero recordarme hoy: no necesitas saber hasta dónde va a llevarte el camino para tener una buena razón para seguir recorriéndolo.