Hay mensajes que llegan cuando uno menos los espera y que consiguen cambiar la forma en la que recuerda determinados momentos de su trayectoria como profesor. Esta semana he recibido uno de esos mensajes. Me escribió un antiguo alumno al que di clase el curso pasado. Hacía tiempo que no sabía nada de él y me alegró muchísimo volver a tener noticias suyas, pero lo que comenzó como una conversación para saber cómo le iba terminó llevándome de nuevo hasta una historia que ya había contado en este diario y que, después de lo que he sabido ahora, ha adquirido para mí un significado completamente diferente.
Hace un tiempo escribí una entrada titulada Cuando el aula trasciende las paredes. En ella contaba una situación bastante desagradable que viví durante el curso pasado. Para llegar a algunas de mis clases tenía que atravesar el patio del instituto y, en varias ocasiones, algunos alumnos a los que yo ni siquiera daba clase comenzaron a gritarme insultos homófobos desde las ventanas de los baños. En aquel momento decidí no comunicarlo. No quería generar un conflicto, pensé que podría manejarlo y opté por continuar caminando cada vez que ocurría como si no hubiera escuchado nada.
Un día, sin embargo, aquellos gritos se produjeron mientras atravesaba el patio y me cruzaba con algunos de mis alumnos de 1º de ESO. Yo hice exactamente lo mismo que las veces anteriores: seguí caminando e intenté no darle importancia. Pensé que la situación terminaría ahí, pero al día siguiente la directora vino a hablar conmigo porque varios de aquellos estudiantes habían acudido a dirección por iniciativa propia. Habían escuchado perfectamente lo sucedido, estaban indignados y no estaban dispuestos a aceptar que insultaran a uno de sus profesores por su orientación. Fueron ellos quienes decidieron contar lo que estaba ocurriendo cuando yo había preferido guardar silencio.
Aquella situación me emocionó muchísimo entonces. Ver a estudiantes tan jóvenes comprender que aquello era injusto y decidir actuar sin que ningún adulto se lo pidiera me hizo sentir enormemente orgulloso. También me permitió comprobar que muchas de las conversaciones sobre diversidad que mantenemos en las aulas tienen consecuencias que van mucho más allá de aquello que podemos medir en un examen. Habíamos hablado muchas veces de respeto, de diversidad, de discriminación y de la importancia de no permanecer indiferentes cuando alguien está siendo atacado. Aquel día fueron ellos quienes convirtieron esas palabras en hechos.
Entre aquellos estudiantes estaba precisamente el antiguo alumno que ahora ha vuelto a ponerse en contacto conmigo.
En aquel momento yo desconocía una parte importante de su historia. Para mí era simplemente uno de mis alumnos. Nunca me había contado nada que me hiciera pensar que algunas de las cuestiones sobre las que hablábamos en clase pudieran tocarle de una manera especialmente personal y tampoco tenía por qué hacerlo. Esa es precisamente una de las cosas que los profesores debemos recordar continuamente: conocemos solo una pequeña parte de la vida de quienes se sientan delante de nosotros cada mañana. Podemos pasar cientos de horas con nuestros estudiantes durante un curso y, aun así, desconocer sus miedos, sus dudas, las preguntas que se hacen cuando vuelven a casa o determinadas partes de sí mismos que todavía no están preparados para compartir.
Ahora sé que aquellas conversaciones sobre diversidad significaron para él mucho más de lo que yo imaginaba. También sé que tener delante a un profesor LGTBI+ visible le transmitía confianza. Y descubrirlo tiempo después me ha obligado a volver mentalmente a muchas de aquellas clases y observarlas desde una perspectiva completamente diferente. Mientras yo pensaba que estaba hablando para todo el grupo, había al menos una persona escuchando aquellas palabras desde una experiencia mucho más cercana de lo que yo podía sospechar.
Quizá esa sea una de las características más difíciles de comprender de nuestro trabajo. Los profesores lanzamos continuamente mensajes sin saber exactamente dónde van a terminar. Preparamos una actividad, hacemos un comentario, dedicamos unos minutos de una clase a hablar sobre una situación que consideramos importante y después continuamos con el temario. Muchas veces nunca sabemos qué ocurrió con aquellas palabras. No sabemos quién las necesitaba, quién se quedó pensando en ellas cuando llegó a casa o quién encontró en aquella conversación algo que le ayudó a comprenderse un poco mejor.
Por eso este mensaje me ha hecho pensar mucho en todas las ocasiones en las que alguien me ha preguntado por qué considero importante ser un profesor visible. Durante años he defendido que necesitamos referentes LGTBI+ en las aulas, pero historias como esta me recuerdan que el efecto de esa visibilidad muchas veces permanece completamente oculto para nosotros. Cuando entro en una clase no sé qué alumno está empezando a hacerse preguntas sobre sí mismo. No sé quién tiene miedo de contar algo en casa. No sé quién ha escuchado un insulto durante el recreo y ha preferido guardar silencio. Tampoco sé quién puede sentirse diferente porque todavía no ha encontrado a ninguna persona adulta cercana que le demuestre que es posible crecer, construir una vida, formar una familia y ser feliz siendo quien es.
Y quizá precisamente por eso debemos hablar.
No para que ningún estudiante tenga que contarnos su orientación o su identidad de género. No necesitamos conocer esa parte de su vida para acompañarlo. Tampoco se trata de convertir cada clase en una conversación sobre diversidad. Se trata simplemente de construir un entorno en el que, cuando alguien necesite escuchar que su realidad también tiene un lugar en el mundo, pueda encontrar ese mensaje sin necesidad de pedirlo.
Esta historia también me ha hecho recordar mis propios primeros años como profesor. Como he contado en otras entradas de este diario, durante mucho tiempo tuve miedo de ser visible en los centros educativos. Me preocupaba la reacción de los estudiantes, de las familias e incluso de algunos compañeros. Prefería que determinados aspectos de mi vida permanecieran fuera del instituto porque pensaba que así evitaría posibles problemas. La falta de referentes que yo mismo había tenido también condicionaba mi forma de entender la profesión. No conocía muchos profesores abiertamente LGTBI+ y, por tanto, tampoco tenía demasiados modelos que me demostraran que podía ejercer mi profesión siendo completamente yo mismo.
Con los años fui perdiendo aquel miedo. Comencé a comprender que mi visibilidad no tenía por qué ser un problema y que incluso podía convertirse en una herramienta educativa. Pero una cosa es defender esa idea desde la teoría y otra muy diferente recibir, tiempo después, el mensaje de alguien que estuvo sentado en una de tus clases y descubrir que realmente ocurrió. Saber que un alumno encontró confianza precisamente porque su profesor hablaba con naturalidad de diversidad hace que muchas de aquellas decisiones que en su momento fueron difíciles cobren ahora todavía más sentido.
Hay además algo en esta historia que me resulta especialmente emocionante. Aquel día en el patio yo pensaba que eran mis alumnos quienes me estaban protegiendo. Habían escuchado cómo me insultaban, consideraron que aquello era injusto y decidieron acudir a dirección cuando yo mismo había optado por no hacerlo. Lo que desconocía era que, mientras uno de aquellos estudiantes estaba dando un paso para defenderme, quizá algunas de las cosas que yo había hecho durante el curso también habían contribuido a que él sintiera que el aula era un lugar un poco más seguro.
Y esa reciprocidad me parece una de las cosas más bonitas que puede regalarnos la educación. A veces creemos que la relación entre profesor y alumno funciona únicamente en una dirección: nosotros enseñamos y ellos aprenden. Después pasan los años y descubres que nunca fue tan sencillo. Ellos también nos enseñan, nos hacen replantearnos nuestras decisiones y, en ocasiones, regresan cuando ya han abandonado nuestras aulas para mostrarnos el alcance de algo que hicimos sin ser plenamente conscientes de su importancia.
No quiero contar aquí los detalles de la conversación que hemos mantenido porque le pertenecen exclusivamente a él. Hay historias que alguien comparte contigo porque confía en ti y esa confianza debe protegerse. Pero sí quiero quedarme con lo que esta conversación me ha enseñado como profesor: nunca sabemos quién está escuchando cuando hablamos de diversidad en clase. Nunca sabemos quién necesita encontrar un referente. Nunca sabemos quién puede estar sintiéndose solo mientras aparentemente continúa con absoluta normalidad su día a día en el instituto.
Por eso cada vez tengo más claro que construir espacios seguros no consiste únicamente en reaccionar cuando aparece un problema. También consiste en trabajar antes de que ese problema aparezca. Está en los ejemplos que utilizamos, en las realidades que mostramos, en cómo reaccionamos ante determinados comentarios, en las conversaciones que permitimos que tengan lugar dentro del aula y en la naturalidad con la que mostramos que existen muchas formas diferentes de ser, sentir, amar y construir una vida.
Probablemente muchos profesores nunca lleguemos a conocer el efecto real que hemos tenido sobre nuestro alumnado. La mayoría terminará el instituto, continuará con su vida y nosotros seguiremos recibiendo nuevos grupos cada septiembre. Algunos regresarán años después para saludarnos y otros simplemente permanecerán en nuestros recuerdos. Quizá por eso recibir un mensaje como el de hoy tiene tanto valor. Durante unos minutos permite mirar hacia atrás y descubrir que algo que hiciste cuando pensabas que simplemente estabas intentando ser el profesor que querías ser llegó mucho más lejos de lo que imaginabas.
Hace un año aquel alumno fue uno de quienes decidieron levantar la voz cuando alguien intentó hacerme sentir menos por ser quien soy. Hoy, sin necesidad de contar nada más sobre su historia, sé que mi visibilidad también significó algo para él. Y no puedo evitar pensar en todas las personas que habrán pasado por mis clases sin que yo haya llegado a conocer nunca sus historias.
Quizá nunca llegue a saberlo. Y tampoco necesito saberlo. Si alguna de aquellas conversaciones consiguió que un solo estudiante se sintiera un poco menos solo, que entendiera que no había nada malo en ser quien era o que percibiera el aula como un lugar en el que podía sentirse seguro, entonces cada uno de los miedos que tuve que vencer para ser visible habrá merecido la pena.
Porque algunas de las lecciones más importantes que damos como profesores nunca aparecen en una programación, nunca forman parte de un examen y, muchas veces, ni siquiera sabemos que las hemos enseñado.