Cada año, cuando llega el 28 de junio, millones de personas en todo el mundo salen a las calles para celebrar el Orgullo LGTBI+. Para algunas personas es una fiesta. Para otras, una reivindicación. Para muchas, ambas cosas al mismo tiempo. Sin embargo, con el paso de los años he descubierto que el Orgullo también puede ser una escuela. Un espacio de aprendizaje del que he extraído algunas de las lecciones más valiosas que hoy intento llevar conmigo cada vez que entro en un aula.
Cuando comencé mi trayectoria como docente, pensaba que mi principal responsabilidad consistía en enseñar matemáticas. Y, por supuesto, sigue siendo una parte fundamental de mi trabajo. Pero con el tiempo comprendí que educar va mucho más allá de explicar contenidos, corregir ejercicios o preparar exámenes. Educar también significa acompañar, escuchar, comprender y ayudar a que cada estudiante encuentre su lugar dentro del grupo. Curiosamente, muchas de esas ideas las he aprendido gracias a mi experiencia dentro del movimiento LGTBI+.
Una de las primeras lecciones que me enseñó el Orgullo es el valor de la visibilidad. Durante mucho tiempo, miles de personas crecieron sin referentes en los que mirarse. No veían familias como las suyas en los libros, no encontraban personajes que se parecieran a ellas en las películas y apenas escuchaban historias que reflejaran sus propias vivencias. La consecuencia era que muchas acababan sintiéndose solas, diferentes o incluso equivocadas.
Como profesor, he comprobado que los referentes tienen una fuerza enorme. A veces basta con que un estudiante descubra que no es la única persona que vive una determinada situación para que cambie completamente su forma de verse a sí mismo. La visibilidad no consiste en llamar la atención ni en buscar protagonismo. Consiste en enviar un mensaje muy sencillo pero profundamente transformador: “No estás solo. No estás sola. Hay otras personas como tú y tu historia también merece ser contada”.
Otra de las enseñanzas más importantes que me ha dejado el Orgullo es la necesidad de escuchar. En educación hablamos constantemente de explicar, enseñar, orientar o transmitir conocimientos. Sin embargo, pocas veces recordamos que para educar también es necesario escuchar. Cada estudiante llega al aula con una historia distinta, con unas circunstancias familiares diferentes, con miedos, inquietudes, ilusiones y experiencias que muchas veces desconocemos.
El activismo me ha permitido conocer historias muy diversas. Historias de rechazo, de superación, de miedo, de valentía y también de esperanza. Escuchar esas experiencias me ha ayudado a comprender que no siempre podemos interpretar la realidad de los demás desde nuestra propia perspectiva. En el aula ocurre exactamente lo mismo. Antes de juzgar un comportamiento o una actitud, es importante intentar comprender qué hay detrás. Escuchar no significa estar de acuerdo con todo, pero sí reconocer que cada persona merece ser tratada con respeto y dignidad.
El Orgullo también me ha enseñado algo fundamental para cualquier docente: nadie aprende bien cuando tiene miedo. Puede parecer una afirmación evidente, pero a menudo olvidamos hasta qué punto las emociones influyen en el aprendizaje. Un estudiante que teme ser ridiculizado, rechazado o señalado difícilmente podrá concentrarse en resolver un problema matemático, analizar un texto o desarrollar todo su potencial.
Por eso resulta tan importante construir aulas donde cada persona pueda sentirse segura. Espacios donde equivocarse forme parte del aprendizaje, donde las diferencias no se conviertan en motivo de burla y donde nadie tenga que ocultar quién es para ser aceptado. Cuando un alumno o una alumna siente que pertenece al grupo, aumenta su confianza, participa más y aprende mejor. No se trata únicamente de una cuestión de convivencia; también es una cuestión educativa.
Con los años, además, he aprendido que la diversidad nunca ha sido un problema que resolver, sino una realidad que comprender y valorar. A veces hablamos de la diversidad como si fuera una excepción cuando, en realidad, es la norma. Cada aula está formada por estudiantes con intereses distintos, capacidades diferentes, experiencias únicas y maneras diversas de entender el mundo. Precisamente ahí reside una de sus mayores riquezas.
El Orgullo nos recuerda que las diferencias no nos debilitan como sociedad. Al contrario, nos enriquecen. Nos permiten aprender de quienes tienen experiencias distintas a las nuestras y nos ayudan a construir comunidades más abiertas, más empáticas y más humanas. Como docente, creo que esa es una de las lecciones más valiosas que podemos transmitir a las nuevas generaciones.
Quizá por eso, cuando algunas personas se preguntan qué tiene que ver el Orgullo con la educación, mi respuesta siempre es la misma: tiene mucho que ver. Porque el Orgullo no consiste únicamente en celebrar una fecha o reivindicar unos derechos. También consiste en defender la idea de que todas las personas merecen vivir con dignidad, desarrollarse plenamente y sentirse aceptadas tal y como son.
Cada vez que entro en un aula intento recordar esas enseñanzas. Intento que mis estudiantes sepan que son importantes, que sus diferencias tienen valor y que nadie debería sentirse menos por ser quien es. Porque al final, más allá de los contenidos, las calificaciones o los exámenes, la educación tiene una misión profundamente humana: ayudar a cada persona a crecer sin miedo.
Y si hay algo que el Orgullo me ha enseñado durante todos estos años es precisamente eso: que cuando una persona puede mostrarse tal y como es, sin esconderse y sin pedir perdón por existir, tiene muchas más posibilidades de aprender, de soñar y de construir su propio futuro. Y no se me ocurre una meta más hermosa para la educación.