Hay aniversarios que sirven para recordar una fecha y otros que nos obligan a volver al momento exacto en el que comenzó a cambiar nuestra manera de entender las cosas. Cuando pienso en los cinco años de Aula LGTB+, no recuerdo en primer lugar una publicación, una página web ni uno de los primeros problemas matemáticos que compartí. Recuerdo a una alumna. Recuerdo lo que le ocurrió durante un recreo, los insultos que recibió por ser lesbiana y la sensación de que, como profesor, no podía limitarme a considerar aquella situación como un conflicto aislado que debía resolverse únicamente mediante una intervención puntual. Lo sucedido me afectó profundamente porque me obligó a preguntarme qué estaba haciendo yo, desde mi propia asignatura y desde mi posición dentro del aula, para que una estudiante como ella pudiera sentirse reconocida, acompañada y protegida.
Hasta aquel momento me consideraba un profesor comprometido con mi alumnado. Intentaba escuchar, acompañar y crear un clima de confianza dentro de clase. Como sucede con tantos docentes, pensaba que una enseñanza respetuosa, una actitud cercana y la intervención ante cualquier situación de discriminación eran suficientes para poder afirmar que mis clases eran inclusivas. Sin embargo, lo ocurrido con aquella alumna hizo que comenzara a cuestionarme esa idea. Comprendí que no bastaba con no discriminar, ni siquiera con reaccionar cuando aparecía un insulto. La inclusión no podía depender únicamente de lo que hiciéramos cuando el problema ya se había producido. También tenía que construirse antes, a través de la presencia cotidiana, de los referentes que ofrecíamos y de la forma en la que cada estudiante podía reconocerse dentro de los espacios educativos.
Aquella situación me hizo mirar mis propias clases con una atención diferente. Empecé a preguntarme si una alumna lesbiana podía sentirse representada en los materiales que utilizaba, si un estudiante trans encontraba algún referente cercano en mis explicaciones o si quienes pertenecían al colectivo LGTBI+ recibían algún mensaje que les permitiera comprender que su realidad también formaba parte del aula de Matemáticas. La respuesta no fue cómoda. Aunque yo creyera estar ofreciendo un espacio seguro y respetuoso, la diversidad afectivo-sexual y de género apenas estaba presente en mi asignatura. Mi alumnado podía pasar días, semanas e incluso cursos enteros resolviendo ejercicios sin encontrarse nunca con una familia diversa, una pareja del mismo sexo, una persona trans o cualquier otra realidad que se alejara de los modelos que tradicionalmente habían ocupado todos los materiales educativos.
Fue entonces cuando comprendí que el silencio también educa. Cuando determinadas personas nunca aparecen en los libros, en los ejemplos o en las situaciones que utilizamos para enseñar, el mensaje que reciben no es neutral. Aunque nadie les diga expresamente que no pertenecen a ese espacio, la ausencia permanente puede transmitirles que su realidad queda fuera del currículo y que solo puede ser nombrada en ocasiones excepcionales. Para quienes nunca han tenido dificultades para verse representados, esa ausencia probablemente resulte invisible. Para quien está descubriendo quién es, teme el rechazo de sus compañeros o acaba de sufrir insultos por su orientación, puede tener un significado completamente diferente.
Lo ocurrido con mi alumna también me llevó a reflexionar sobre mi propia visibilidad como profesor. Durante mucho tiempo había separado mi identidad personal de mi trabajo en el aula, probablemente porque había aprendido que la vida privada del profesorado debía permanecer al margen de la enseñanza. Sin embargo, aquella experiencia me hizo comprender que ocultarme no era una decisión completamente neutra. Si yo quería que mi alumnado supiera que no estaba solo, que existían adultos LGTBI+ con vidas plenas y que el aula podía ser un lugar seguro para hablar cuando algo les preocupaba, no podía exigirles una confianza que yo mismo no estaba dispuesto a ofrecer.
Decidir visibilizarme en el aula no significaba convertir mi orientación en el centro de mis clases ni compartir aspectos de mi intimidad que no correspondían al contexto educativo. Significaba dejar de esconder una parte de mi vida que otros docentes podían mencionar con absoluta naturalidad. Significaba hablar de mi pareja cuando la conversación lo permitía, responder con honestidad a determinadas preguntas y permitir que mi alumnado conociera un referente adulto cercano. Sobre todo, significaba asumir que, como profesor, podía ofrecer a algunos estudiantes algo que quizá yo mismo había necesitado encontrar cuando tenía su edad.
Esa decisión cambió mi manera de relacionarme con el aula. Poco a poco comenzaron a acercarse estudiantes que necesitaban hablar, compartir una preocupación o simplemente comprobar que podían hacerlo sin miedo a ser juzgados. También empecé a comprender mejor hasta qué punto la presencia de referentes cercanos puede influir en el bienestar de una persona joven. No porque un docente tenga que convertirse en protagonista de la experiencia de su alumnado, sino porque su visibilidad puede abrir una puerta que antes parecía cerrada. A veces basta con saber que existe una persona adulta que comprenderá lo que estás viviendo para que pedir ayuda resulte un poco menos difícil.
Sin embargo, también comprendí que mi visibilidad personal no era suficiente. Yo podía hablar con mi alumnado, acompañarlo y mostrarme como un referente, pero mis clases seguían dependiendo de unos materiales en los que la diversidad continuaba prácticamente ausente. Si realmente quería transformar mi forma de enseñar, necesitaba encontrar recursos que incorporaran esa realidad a los contenidos matemáticos. No buscaba actividades aisladas para una tutoría ni propuestas destinadas exclusivamente a una fecha concreta, sino materiales que permitieran trabajar los contenidos habituales de Matemáticas mientras mostraban de manera natural una sociedad diversa.
Comencé entonces una búsqueda que, en principio, pensé que sería sencilla. Revisé páginas educativas, materiales compartidos por otros docentes, publicaciones y propuestas didácticas con la esperanza de encontrar problemas matemáticos inclusivos que pudiera utilizar en mis clases. Encontré numerosos recursos para trabajar la diversidad desde la tutoría, la literatura, las ciencias sociales o la educación en valores. También localicé guías muy valiosas para abordar la LGTBIfobia y acompañar al alumnado. Sin embargo, cuando intenté trasladar esa búsqueda al ámbito específico de las Matemáticas, el vacío se hizo evidente.
Apenas había materiales que integraran la diversidad dentro de los contenidos matemáticos de una forma continuada. Podía encontrar alguna actividad puntual o algún ejercicio elaborado para una celebración concreta, pero no existía una propuesta amplia que permitiera trabajar números, proporcionalidad, álgebra, geometría, estadística o probabilidad mientras el alumnado encontraba personajes, familias y situaciones que reflejaran la pluralidad de nuestra sociedad. Aquella ausencia confirmó que la sensación que había tenido al revisar mis propias clases no era un problema exclusivamente personal. Existía una carencia real dentro de los recursos educativos disponibles.
Durante un tiempo esperé encontrar aquello que necesitaba. Seguí buscando, revisando materiales y preguntándome cómo podía hacer que las Matemáticas participaran también en la construcción de una escuela más inclusiva. Finalmente comprendí que tenía dos opciones: aceptar que esos recursos no existían y continuar enseñando con los materiales de siempre, o empezar a crearlos yo mismo. Aula LGTB nació de esa segunda decisión.
Los primeros problemas fueron sencillos y respondían a una necesidad muy concreta. Quería utilizar en clase enunciados en los que la diversidad apareciera integrada con la misma naturalidad que cualquier otra realidad cotidiana. No pretendía que cada ejercicio se convirtiera en una explicación sobre orientación o identidad de género, sino que el alumnado pudiera encontrarse con una pareja de chicos, una familia con dos madres o una persona trans sin que aquello modificara el objetivo matemático de la actividad. El contenido seguía siendo el mismo, pero el mundo representado dentro del problema comenzaba a parecerse un poco más al que existía fuera del libro.
Desde el principio tuve claro que el proyecto no podía limitarse a sustituir unos nombres por otros ni a utilizar la diversidad como un elemento decorativo. La representación debía estar cuidada y tenía que evitar reducir a las personas LGTBI+ a su orientación o identidad de género. Quería que aparecieran estudiando, trabajando, viajando, practicando deporte, participando en actividades culturales o resolviendo las mismas situaciones cotidianas que protagonizaban los personajes de cualquier otro problema matemático. La inclusión no consistía únicamente en mencionar al colectivo, sino en permitir que sus integrantes ocuparan todos los espacios de la vida sin que su presencia necesitara una justificación especial.
Cuando publiqué aquellos primeros materiales no podía imaginar el camino que acababa de comenzar. No existía todavía una estructura amplia, ni personajes con biografías propias, ni colecciones organizadas por cursos y contenidos. Tampoco había una planificación que anticipara todo lo que llegaría después. Solo existía el deseo de responder, desde mi asignatura, a la pregunta que aquella alumna había dejado abierta: qué podía hacer yo para que mis clases fueran realmente inclusivas.
Cinco años después, sigo pensando que Aula LGTBI+ nació en aquel recreo, aunque entonces todavía no tuviera nombre. Nació del dolor de comprobar que una alumna podía ser insultada por ser quien era, pero también de la responsabilidad de entender que los docentes no podemos permanecer al margen de lo que vive nuestro alumnado. Nació cuando comprendí que intervenir ante una agresión era imprescindible, pero que también debía revisar todo aquello que hacía cada día antes de que esa agresión se produjera. Nació de la necesidad de transformar mis propias clases y del convencimiento de que las Matemáticas también podían contribuir a que ninguna persona sintiera que su realidad quedaba fuera de la escuela.
Por eso, cuando hoy celebro los cinco años del proyecto, no pienso únicamente en todo lo que ha crecido ni en los lugares hasta los que ha llegado. Pienso en aquella alumna y en cómo su historia cambió mi manera de ser profesor. Aula LGTB+ comenzó como una respuesta a una situación que nunca debería haberse producido, pero con el tiempo se convirtió en una propuesta educativa que aspira a evitar que otras personas tengan que sentirse solas, invisibles o fuera de lugar dentro de sus propias aulas.
Todo lo que vino después comenzó con aquella pregunta incómoda y necesaria: ¿eran realmente inclusivas mis clases? La respuesta que encontré entonces fue que todavía no lo eran lo suficiente. Los cinco años de Aula LGTBI+ han sido, en gran medida, mi intento de seguir construyendo una respuesta mejor.