Cada curso escolar tiene su propio ritmo. Comienza con la ilusión de los primeros días de septiembre, cuando las aulas vuelven a llenarse de vida y las libretas todavía conservan ese olor a nuevo. Poco a poco llegan las primeras explicaciones, los primeros exámenes, las dudas, los errores, los avances y, casi sin darnos cuenta, el calendario empieza a correr más deprisa de lo que imaginábamos. Cuando llega el verano y las clases terminan, siempre aparece un momento de calma que invita a mirar atrás. Es un instante en el que dejamos de pensar en lo que queda por hacer para detenernos, aunque solo sea unos minutos, a valorar todo lo que hemos construido durante los últimos meses.
Este año he sentido esa necesidad con más fuerza que nunca. Quizá porque ha sido uno de los cursos más intensos que recuerdo. Han sido muchos meses de trabajo, de ideas que iban apareciendo cuando menos lo esperaba, de proyectos que empezaban siendo apenas una nota escrita en una libreta y que, con el paso de las semanas, terminaban convirtiéndose en materiales completos listos para llegar a las aulas. También ha sido un año de aprendizaje personal, porque cada recurso que se crea obliga a seguir estudiando, investigando, revisando y preguntándose constantemente cómo explicar mejor un concepto o cómo conseguir que un estudiante encuentre en las matemáticas algo más que una sucesión de fórmulas y ejercicios.
Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que este curso ha estado marcado por una palabra muy sencilla: crear. Crear nuevos materiales. Crear nuevas formas de explicar. Crear historias. Crear personajes. Crear espacios de reflexión. Crear recursos para distintas etapas educativas. Crear, en definitiva, oportunidades para que las matemáticas puedan llegar a más personas de una forma cercana, comprensible y conectada con la realidad.
Uno de los proyectos que más ha crecido durante estos meses ha sido, sin duda, Aula LGTBI+. Cuando comenzó esta iniciativa tenía muy claro cuál era su objetivo: demostrar que era posible elaborar materiales matemáticos en los que la diversidad apareciera con absoluta naturalidad. No se trataba de convertir cada problema en una lección sobre diversidad ni de buscar contextos extraordinarios. Todo lo contrario. La verdadera inclusión consiste en que una alumna pueda tener dos madres, un alumno pueda tener novio, una persona trans pueda aparecer resolviendo un problema de geometría o una persona no binaria participe en una actividad de estadística sin que ese sea el tema principal del ejercicio. Igual que ocurre en la vida.
A lo largo del curso, Aula LGTBI+ ha ido creciendo colección tras colección. Han aparecido nuevos personajes, cada uno con su propia historia, su personalidad y sus intereses. Han llegado decenas de problemas contextualizados, ilustraciones originales y materiales pensados para que cualquier docente pueda utilizarlos directamente en el aula. Detrás de cada uno de ellos ha habido muchas horas de trabajo buscando el equilibrio entre el rigor matemático, la calidad didáctica y una representación diversa que resultara natural y respetuosa. Probablemente ese sea el aspecto del que me siento más orgulloso: haber demostrado que la inclusión no resta espacio a las matemáticas, sino que las acerca un poco más a la realidad del alumnado.
Pero este curso también ha supuesto el comienzo de una aventura completamente nueva. Después de muchos años creando recursos para Educación Secundaria, nació una línea de materiales destinada a Educación Infantil. Los primeros cuentos matemáticos, las fichas para los más pequeños y los personajes que acompañan sus historias han abierto un camino que llevaba mucho tiempo rondando por mi cabeza. Siempre he pensado que el gusto por las matemáticas empieza a construirse mucho antes de aprender a resolver operaciones o memorizar fórmulas. Empieza cuando un niño descubre que contar puede ser un juego, que las formas aparecen en los objetos que le rodean o que una historia también puede servir para aprender. Poder empezar a desarrollar materiales para esa etapa ha sido uno de los regalos inesperados que me ha dejado este curso.
La web también ha seguido creciendo gracias a nuevas secciones y nuevos artículos. En Matemáticas Reales he continuado explorando la presencia de las matemáticas en ámbitos tan diferentes como la arquitectura, los videojuegos o la física, intentando demostrar que los conceptos que enseñamos en clase forman parte de nuestro día a día mucho más de lo que solemos imaginar. Al mismo tiempo, Diario de un Profesor ha seguido convirtiéndose en un espacio donde compartir experiencias, reflexiones y vivencias nacidas dentro y fuera del aula. Escribir sobre educación desde la experiencia personal siempre supone un pequeño ejercicio de honestidad, porque implica abrir la puerta a dudas, aprendizajes y emociones que normalmente permanecen ocultas detrás de una pizarra.
Sin embargo, cuando alguien observa el resultado final de cualquiera de estos proyectos, solo ve una pequeña parte del trabajo realizado. Lo que aparece publicado en la web, en un vídeo o en una publicación de redes sociales es únicamente la última pieza de un proceso mucho más largo. Antes de que un recurso llegue a publicarse hay muchas horas dedicadas a buscar ideas, revisar contenidos, resolver ejercicios, diseñar ilustraciones, corregir pequeños errores, modificar detalles que casi nadie apreciará y volver a empezar cuando el resultado no termina de convencer. Muchas veces un material aparentemente sencillo esconde detrás días enteros de trabajo. Y, aunque ese esfuerzo pase desapercibido, forma parte de la esencia de cualquier proyecto educativo que aspire a ofrecer contenidos de calidad.
A menudo me preguntan cómo encuentro tiempo para seguir creando tantos materiales. La respuesta es mucho menos interesante de lo que algunos imaginan. No existe ningún secreto. Solo hay organización, constancia y una enorme ilusión por seguir aprendiendo. La mayoría de las ideas nacen en momentos cotidianos: durante un paseo, mientras preparo una clase, leyendo una noticia o después de una conversación con otro docente. Después llega la parte más difícil, que consiste en transformar esa intuición inicial en un recurso útil para otras personas. Algunas ideas avanzan rápidamente. Otras necesitan meses de trabajo antes de estar preparadas. Y muchas terminan descartándose porque todavía no ha llegado su momento.
Si todo ese esfuerzo merece la pena es gracias a las personas que hay al otro lado de la pantalla. Desde que nació Matemáticas Sin Más he tenido muy claro que este proyecto no tendría sentido si se limitara a acumular materiales publicados en una página web. Lo verdaderamente importante ocurre cuando un docente decide utilizar uno de esos recursos en su clase, cuando una familia encuentra una explicación que ayuda a su hijo o a su hija a comprender un contenido que parecía imposible o cuando alguien escribe para contar que un artículo le ha hecho reflexionar sobre su forma de enseñar. Esos mensajes, que muchas veces llegan de manera inesperada, son los que recuerdan que detrás de cada visita hay una persona y detrás de cada descarga puede haber una clase entera.
Durante este curso también he sentido con más fuerza que nunca que Matemáticas Sin Más ha dejado de ser únicamente un proyecto personal para convertirse en una comunidad. Cada comentario, cada sugerencia, cada conversación en redes sociales y cada fotografía que compartís utilizando los materiales en vuestras aulas demuestra que este espacio crece gracias a muchas personas. Yo puedo escribir los artículos o diseñar los recursos, pero sois vosotros quienes les dais verdadero sentido cuando los lleváis a vuestros centros educativos y los convertís en herramientas para enseñar.
Por eso quiero aprovechar estas líneas para daros las gracias. Gracias a quienes visitáis la web con frecuencia, a quienes compartís las publicaciones para que lleguen a otras personas, a quienes dedicáis unos minutos a escribir un comentario o a enviar una propuesta de mejora, a quienes confiáis en estos materiales para acompañar vuestro trabajo diario y, en definitiva, a todas las personas que hacéis que este proyecto siga creciendo año tras año. Vuestro apoyo es el motor que hace posible que cada nuevo curso comience con la misma ilusión que el anterior.
Ahora llegan unas semanas diferentes. El verano ofrece algo que durante el curso escasea: tiempo para detenerse, leer, pensar, observar y dejar que las ideas maduren sin la urgencia del calendario escolar. Descansar también forma parte del trabajo docente, porque solo cuando bajamos el ritmo aparecen esas pequeñas intuiciones que terminan convirtiéndose en nuevos proyectos. Estoy seguro de que durante estos meses surgirán nuevas colecciones, nuevos artículos, nuevos vídeos y nuevas propuestas que poco a poco irán tomando forma para acompañarnos el próximo curso.
Mientras tanto, me quedo con la satisfacción de haber dedicado un año más a intentar demostrar que las matemáticas pueden enseñarse de muchas maneras, que la inclusión también puede formar parte de un libro de ejercicios, que un cuento puede despertar la curiosidad de un niño por los números y que una reflexión compartida puede ayudar a otro docente a mirar su aula desde una perspectiva diferente. Si alguno de los materiales publicados durante este curso ha conseguido despertar esa curiosidad, facilitar una explicación o hacer que algún estudiante se sintiera un poco más representado dentro de una clase de matemáticas, entonces todo el esfuerzo habrá merecido la pena.
El curso 2025-2026 ya forma parte del pasado, pero las ideas que han nacido durante estos meses seguirán creciendo. Porque los cursos terminan, las aulas se vacían y el calendario vuelve a empezar desde cero, pero la ilusión por seguir creando permanece intacta. Y mientras esa ilusión siga estando presente, Matemáticas Sin Más continuará intentando aportar su pequeño granito de arena para construir una educación más cercana, más creativa, más inclusiva y, sobre todo, más humana.
Nos volveremos a encontrar muy pronto. Hasta entonces, os deseo un verano lleno de descanso, de buenos momentos y, por supuesto, de nuevas ideas.