Durante los primeros meses, Aula LGTB fue creciendo de una forma muy distinta a como lo hacen muchos proyectos educativos. No existía un plan estratégico con objetivos fijados para los siguientes años, ni una lista de materiales que debía elaborar, ni siquiera una idea clara de cuál podía ser el techo del proyecto. En realidad, cada nuevo recurso nacía como consecuencia del anterior. Si un problema funcionaba bien en el aula, surgía la necesidad de crear otro. Si un contexto despertaba el interés del alumnado, merecía la pena seguir explorándolo. Si un docente escribía para contarme que había utilizado un material con éxito, inmediatamente comenzaba a pensar cómo podía ampliarlo o mejorarlo. Sin darme cuenta, Aula LGTB dejó de ser una colección de actividades aisladas para empezar a comportarse como un proyecto vivo, capaz de evolucionar constantemente a partir de las necesidades que iban apareciendo por el camino.
Esa forma de crecer ha marcado profundamente la identidad del proyecto. Muchas veces me preguntan cuánto tiempo tardé en diseñarlo o cuánto llevaba preparando todos los materiales antes de hacerlos públicos. La realidad es que Aula LGTB+ nunca ha sido un proyecto terminado. Ni siquiera hoy puedo decir que lo esté. Cada curso escolar, cada conversación con otros docentes y cada nueva experiencia en el aula me sugieren nuevas posibilidades de mejora. Quizá por eso, cuando miro hacia atrás, no tengo la sensación de haber desarrollado un proyecto que ya imaginaba desde el principio, sino de haber acompañado el crecimiento de una idea que poco a poco fue encontrando su propio camino.
Uno de los momentos que cambió por completo la evolución del proyecto fue la decisión de crear personajes propios. Al principio los problemas estaban protagonizados por personas que aparecían únicamente en un ejercicio concreto y desaparecían en el siguiente. Funcionaban perfectamente desde el punto de vista matemático, pero sentía que faltaba algo. Los estudiantes resolvían un problema, pasaban la página y nunca volvían a encontrarse con aquellas personas. No existía continuidad, ni la posibilidad de construir un universo reconocible que acompañara al alumnado a lo largo de todo el curso. Fue entonces cuando comprendí que el proyecto necesitaba algo más que buenos problemas matemáticos; necesitaba personas con las que el alumnado pudiera establecer un vínculo.
La creación de los personajes supuso un punto de inflexión que, probablemente, ni yo mismo fui capaz de valorar en aquel momento. Lo que comenzó siendo un recurso para dar coherencia a los materiales terminó convirtiéndose en uno de los elementos más característicos de Aula LGTB+. Poco a poco fueron apareciendo estudiantes con edades, intereses, inquietudes y trayectorias muy diferentes. Cada personaje tenía una historia propia, una personalidad definida y una realidad distinta. Algunos compartían experiencias relacionadas con la diversidad afectiva o de género; otros simplemente vivían situaciones cotidianas en las que ese aspecto de su identidad ni siquiera era relevante. Esa diferencia era, precisamente, una de las claves del proyecto. Nunca quise que la orientación o la identidad de género fueran el único rasgo que definiera a los personajes, porque tampoco definen por completo a las personas en la vida real.
Mientras desarrollaba aquellas biografías me di cuenta de que estaba ocurriendo algo que nunca había previsto. Los personajes empezaban a parecer reales. Dejaban de ser un simple nombre al comienzo de un enunciado para convertirse en estudiantes con los que el alumnado podía identificarse. Tenían asignaturas favoritas, aficiones, familias, amistades, sueños y dificultades. Algunos practicaban deporte, otros disfrutaban leyendo, otros sentían curiosidad por la ciencia o por la música. Había quienes habían nacido en distintos países, quienes vivían con dos madres o dos padres, quienes eran trans, quienes eran no binarios o quienes simplemente formaban parte del colectivo sin que eso condicionara cada una de sus historias. Poco a poco comprendí que la verdadera riqueza del proyecto no consistía únicamente en representar la diversidad, sino en hacerlo mostrando que cada persona es mucho más que una única característica de su identidad.
Ese cambio también transformó mi manera de escribir los problemas. Dejaron de ser ejercicios independientes para convertirse en pequeñas escenas protagonizadas por personajes que el alumnado ya conocía. Resolver un problema sobre porcentajes protagonizado por Chris o una actividad de geometría en la que aparecía Sam no era exactamente lo mismo que resolver un ejercicio con nombres escogidos al azar. Existía una continuidad narrativa que hacía que el alumnado recordara quién era cada personaje y que sintiera cierta familiaridad al volver a encontrárselo semanas después. Sin haberlo buscado inicialmente, Aula LGTB+ empezaba a construir un universo propio que iba mucho más allá de los contenidos matemáticos.
Al mismo tiempo que crecían los personajes, también comenzó a hacerlo la estructura del proyecto. Los primeros materiales respondían a necesidades muy concretas, pero pronto comprendí que era necesario ofrecer una propuesta mucho más organizada. Empezaron a aparecer colecciones completas dedicadas a distintos bloques del currículo, recursos complementarios, materiales adaptados a diferentes niveles y propuestas que permitían integrar la diversidad de forma continuada a lo largo del curso. El proyecto dejaba de ser una sucesión de ideas para convertirse en una herramienta que cualquier docente podía incorporar con facilidad a su programación.
Ese crecimiento fue obligándome también a reflexionar sobre cuestiones metodológicas que, hasta entonces, apenas me había planteado. No bastaba con que los problemas estuvieran correctamente resueltos o fueran adecuados para el nivel correspondiente. Cada decisión relacionada con los personajes, las situaciones planteadas o el lenguaje utilizado debía responder a una misma filosofía educativa. Quería evitar los estereotipos, huir de los mensajes simplistas y construir materiales que pudieran utilizarse con absoluta normalidad en cualquier aula. La diversidad debía aparecer de forma natural, integrada en el desarrollo de los contenidos y sin convertir cada ejercicio en una lección explícita sobre inclusión. Siempre he pensado que uno de los mayores logros de la educación consiste en hacer visibles determinadas realidades sin necesidad de convertirlas constantemente en algo extraordinario.
A medida que Aula LGTB+ iba adquiriendo esa identidad propia, comenzaron a llegar los primeros mensajes de docentes que utilizaban los materiales en sus clases. Algunos escribían para contarme que sus estudiantes habían recibido los problemas con absoluta naturalidad. Otros compartían cómo determinados contextos habían dado pie a conversaciones muy interesantes sobre diversidad y convivencia. También empecé a recibir mensajes de familias que agradecían encontrar recursos en los que sus hijos e hijas podían verse reflejados sin que su realidad apareciera tratada como una excepción. Cada uno de esos testimonios reforzaba una idea que había estado presente desde el nacimiento del proyecto: la representación importa mucho más de lo que a veces imaginamos.
Reconozco que aquellos mensajes fueron una enorme fuente de motivación. Quienes dedicamos muchas horas a crear materiales educativos solemos trabajar en silencio. Detrás de cada recurso hay innumerables momentos de lectura, revisión, escritura, corrección y búsqueda de nuevas ideas que casi nunca son visibles para quienes finalmente los utilizan. Por eso, recibir el comentario de un docente explicando cómo había funcionado una actividad o el agradecimiento de una familia que se había sentido representada suponía mucho más que una simple felicitación. Era la confirmación de que el tiempo invertido tenía sentido y de que el proyecto estaba llegando exactamente al lugar para el que había sido creado: las aulas.
Mirando ahora aquellos primeros años, creo que el mayor cambio no fue el aumento del número de materiales publicados ni la aparición de nuevos personajes. La verdadera transformación consistió en comprender que Aula LGTB+ ya no dependía únicamente de mí. Había empezado siendo una iniciativa personal, pero poco a poco se estaba convirtiendo en un proyecto compartido por una comunidad de docentes que aportaban ideas, proponían mejoras y encontraban nuevas formas de utilizar los recursos en contextos muy diferentes. Cada aula en la que se utilizaba uno de aquellos materiales enriquecía el proyecto con una experiencia distinta y contribuía, de alguna manera, a seguir construyéndolo.
Sin darme cuenta, Aula LGTB+ había dejado de ser simplemente una idea que yo desarrollaba desde mi ordenador para convertirse en una realidad que empezaba a caminar por sí misma. Todavía quedaban muchos retos por delante y el proyecto continuaría creciendo de formas que entonces resultaban imposibles de imaginar. Sin embargo, durante aquella etapa comprendí algo que sigue acompañándome cinco años después: un proyecto educativo comienza a consolidarse el día en que deja de pertenecer únicamente a quien lo crea y empieza a formar parte de la vida cotidiana de quienes encuentran en él una herramienta útil para enseñar.
Ese fue, probablemente, el momento en el que Aula LGTBI+ encontró definitivamente su propia voz.