Hay un momento en la vida de cualquier proyecto en el que deja de crecer únicamente por el trabajo de la persona que lo impulsa y comienza a hacerlo gracias a las personas que creen en él. Mirando atrás, creo que ese fue uno de los cambios más importantes que experimentó Aula LGTB+ durante estos cinco años. Hasta entonces había dedicado incontables horas a diseñar materiales, revisar actividades, crear personajes y mejorar cada una de las propuestas que iba compartiendo. Sin embargo, llegó un momento en el que comprendí que el proyecto ya no avanzaba solo porque yo siguiera creando recursos. Lo hacía porque empezaban a existir cientos de docentes que los incorporaban a sus clases, los adaptaban a su alumnado, los compartían con otros compañeros y demostraban que aquella idea inicial tenía mucho más recorrido del que yo había imaginado.
Siempre he pensado que los materiales educativos solo adquieren verdadero sentido cuando abandonan el ordenador de quien los crea y empiezan a formar parte de la vida cotidiana de un aula. Mientras permanecen almacenados en una carpeta siguen siendo únicamente una posibilidad. Es el profesorado quien termina dándoles vida al decidir utilizarlos con su alumnado. Por eso, uno de los momentos más emocionantes de estos cinco años ha sido comprobar cómo Aula LGTB+ dejaba de ser un proyecto que yo desarrollaba para convertirse en una herramienta que otras personas hacían suya. Poco a poco comenzaron a llegar fotografías de actividades realizadas en clase, mensajes contando experiencias, sugerencias para mejorar determinados recursos e incluso propuestas para desarrollar nuevos contenidos. Sin haberlo previsto, el proyecto había comenzado a establecer un diálogo constante con quienes lo utilizaban.
Aquellas conversaciones fueron fundamentales para comprender que Aula LGTB+ podía aportar algo más que una colección de problemas matemáticos. Muchos docentes me explicaban que los ejercicios no solo permitían trabajar los contenidos curriculares, sino que también facilitaban la creación de un clima de aula donde determinadas realidades aparecían con absoluta naturalidad. No era necesario interrumpir la explicación para iniciar un debate ni convertir cada actividad en una sesión específica sobre diversidad. Bastaba con que el alumnado resolviera problemas protagonizados por personajes diferentes para que, de manera casi imperceptible, fuera normalizando situaciones que durante demasiado tiempo habían permanecido ausentes de los materiales educativos.
Ese tipo de comentarios me hizo reflexionar mucho sobre el verdadero alcance del proyecto. Durante años había escuchado que la diversidad debía trabajarse principalmente desde la tutoría o desde determinadas materias más relacionadas con las ciencias sociales o la educación en valores. Sin embargo, la experiencia de tantos docentes demostraba que cualquier asignatura puede contribuir a construir una escuela más inclusiva cuando los materiales se elaboran desde una mirada respetuosa y representativa. Las Matemáticas no pierden rigor porque el contexto de un problema cambie. Al contrario, ganan la capacidad de conectar con una realidad mucho más cercana al alumnado y de transmitir, casi sin necesidad de explicaciones adicionales, que todas las personas forman parte de la sociedad que intentamos comprender.
A medida que el proyecto iba llegando a más centros educativos, comenzaron también las primeras invitaciones para presentarlo fuera del aula. Recuerdo perfectamente la ilusión con la que preparé aquellas primeras intervenciones. Hasta ese momento, Aula LGTB+ había vivido principalmente en la pantalla de un ordenador y en las clases donde utilizaba los materiales. Tener la oportunidad de compartir la experiencia con otros docentes suponía un reto completamente distinto. Ya no se trataba únicamente de enseñar recursos o explicar cómo resolver determinados problemas matemáticos. Había que transmitir la filosofía que existía detrás del proyecto y responder a una pregunta que aparecía con frecuencia: ¿por qué era importante incorporar la diversidad también en una asignatura como Matemáticas?
Con el paso del tiempo esas primeras invitaciones dieron lugar a una experiencia que nunca habría imaginado cuando todo comenzó. He tenido la enorme fortuna de presentar Aula LGTB+ en jornadas educativas, congresos, encuentros de innovación, cursos de formación del profesorado y universidades de diferentes lugares. Cada uno de esos espacios ha supuesto una oportunidad para dialogar con docentes de etapas y especialidades muy distintas, escuchar sus inquietudes y comprobar que muchas de las preguntas que yo me había hecho al comenzar el proyecto también estaban presentes en otros compañeros y compañeras.
Una de las cosas que más me ha enriquecido durante estos años ha sido descubrir que el interés por Aula LGTB+ nunca se ha limitado al profesorado de Matemáticas. En muchas ocasiones, quienes se acercaban después de una ponencia pertenecían a otras especialidades completamente diferentes. Profesores de Lengua, Historia, Biología, Tecnología, Educación Física o Primaria encontraban en el proyecto una idea que podía adaptarse perfectamente a sus propias materias. Aquello reforzó una convicción que siempre había estado presente desde el nacimiento de Aula LGTB+: la inclusión no depende de una asignatura concreta, sino de la mirada con la que decidimos construir nuestros materiales y nuestras propuestas didácticas.
Esas jornadas también me regalaron algo que considero especialmente valioso: la posibilidad de escuchar historias de otros docentes. Detrás de cada conversación aparecían experiencias muy diferentes. Había profesores que buscaban recursos porque querían que un alumno pudiera sentirse representado por primera vez. Otros necesitaban herramientas para responder a situaciones que habían vivido en sus centros. Algunos simplemente querían actualizar sus materiales para reflejar mejor la realidad de la sociedad actual. Cada una de esas historias me recordaba que Aula LGTB+ ya no era únicamente un proyecto personal, sino una respuesta colectiva a una necesidad que muchas personas compartíamos desde hacía tiempo.
Paralelamente, el interés por el proyecto comenzó a despertar también la atención de diferentes medios de comunicación. Confieso que esa fue una de las situaciones que más me sorprendió. Siempre había concebido Aula LGTB+ como un proyecto profundamente educativo y nunca imaginé que pudiera resultar de interés fuera de ese ámbito. Sin embargo, poco a poco empezaron a llegar entrevistas, reportajes y oportunidades para explicar públicamente qué era exactamente Aula LGTB+ y cuál era la idea que había impulsado su creación. Aquellas conversaciones me obligaron a hacer un ejercicio que, probablemente, todos los docentes deberíamos realizar de vez en cuando: intentar explicar con palabras sencillas por qué hacemos lo que hacemos.
Cada entrevista era diferente, pero casi todas comenzaban con una pregunta muy parecida. ¿Por qué introducir la diversidad en las Matemáticas? La respuesta, con el paso del tiempo, se fue haciendo cada vez más sencilla. Porque las Matemáticas forman parte de la educación de millones de estudiantes y porque los contextos que utilizamos para enseñar también educan. No se trataba de convertir una asignatura en otra distinta, sino de reconocer que la realidad que aparece en nuestros materiales nunca es completamente neutral. Elegir representar una sociedad diversa no cambia el contenido matemático; cambia el mensaje implícito que recibe el alumnado acerca de quién tiene derecho a formar parte de esos materiales.
Con el paso de los años he repetido esa idea en numerosas ocasiones y, sin embargo, sigue emocionándome comprobar la cantidad de personas que descubren el proyecto precisamente a través de esas entrevistas o de alguna de las jornadas en las que he tenido la oportunidad de participar. Muchas veces alguien se acerca al terminar una ponencia para decirme que nunca se había planteado esa cuestión y que, después de escuchar la experiencia de Aula LGTB+, iba a revisar los materiales que utilizaba habitualmente con otra mirada. No creo que exista un reconocimiento más bonito para un docente que comprobar que su trabajo invita a otros compañeros a reflexionar sobre su propia práctica educativa.
Mirando atrás, creo que aquellos años marcaron el momento en que Aula LGTB+ dejó definitivamente de pertenecer solo al espacio donde había nacido. El aula seguía siendo el lugar al que regresaban todos los materiales y donde realmente cobraban sentido, pero el proyecto había empezado a recorrer un camino mucho más amplio. Había salido de las clases para encontrarse con otros docentes, con investigadores, con estudiantes universitarios, con familias y con personas que, sin dedicarse directamente a la educación, comprendían la importancia de construir materiales donde todas las personas pudieran sentirse representadas.
Quizá esa haya sido una de las lecciones más importantes que me ha dejado este recorrido. Los proyectos educativos crecen cuando encuentran una comunidad dispuesta a hacerlos suyos. Ninguna idea, por buena que sea, puede transformar una realidad si permanece encerrada en el ordenador de quien la creó. Necesita salir, ser compartida, debatida, cuestionada, mejorada y utilizada por otras personas. Solo entonces deja de ser un proyecto personal para convertirse en una herramienta capaz de generar pequeños cambios en muchos lugares diferentes.
Cuando terminé una de aquellas primeras jornadas recuerdo que pensé algo que todavía hoy sigo creyendo. Aquel proyecto que había comenzado cinco años antes con unos pocos problemas matemáticos ya no caminaba solo. Había encontrado compañeros de viaje en cientos de docentes que, desde sus propias aulas, seguían demostrando cada día que otra forma de enseñar Matemáticas era posible. Y esa sensación, más que cualquier cifra o cualquier reconocimiento, fue la que me hizo comprender que Aula LGTB+ había dejado de ser simplemente una idea para convertirse en una realidad compartida.