Llegó el primer día de clase. Después de todo lo vivido durante las semanas anteriores, después de aquella llamada inesperada, de la entrevista, de los nervios de la espera y de la ilusión por volver a las aulas, por fin había llegado el momento de enfrentarme a mi primera jornada como profesor. Y aunque había preparado las clases a conciencia durante los dos días previos, el camino desde casa hasta el instituto se me hizo eterno.
Durante todo el trayecto no podía dejar de pensar en lo que me esperaba esa mañana. La responsabilidad me pesaba muchísimo. Iba a dar clase a alumnos de 1º y 2º de Bachillerato, 1º y 3º de ESO. Además, llegaba a un curso empezado, con grupos que ya habían pasado por varios profesores y con una situación académica bastante complicada. Todo eso daba vueltas en mi cabeza una y otra vez.
Pensaba constantemente en si sería capaz de hacer bien mi trabajo. En si conseguiría explicar la asignatura de manera que realmente la comprendieran. En si estaría a la altura de lo que necesitaban. Me preocupaba especialmente 2º de Bachillerato. Aquellos alumnos se jugaban muchísimo en apenas unas semanas. La EBAU estaba muy cerca y sentía una enorme responsabilidad al pensar que parte de su futuro académico dependería también de mi trabajo.
Recuerdo perfectamente aquella sensación de vértigo. Hasta ese momento había vivido las prácticas del Máster como un entorno protegido. Siempre había tenido cerca a mi tutor, alguien que supervisaba, ayudaba y corregía mis errores. Pero ahora estaba solo. Ya no era “el estudiante en prácticas”. Ahora era el profesor. El responsable de las clases, de las explicaciones, de las decisiones y de los resultados.
Al llegar al instituto, mi primera clase sería con un grupo de 1º de Bachillerato de Ciencias y Tecnología. El grupo no era demasiado numeroso y yo llevaba preparada toda la sesión prácticamente minuto a minuto. Había organizado cuidadosamente las explicaciones, los ejercicios y hasta las posibles preguntas que podrían surgir. Necesitaba sentir que lo tenía todo controlado para intentar combatir los nervios.
A diferencia de mis primeras clases durante el periodo de prácticas del Máster, en esta ocasión decidí no llevar absolutamente todo impreso. Durante las prácticas había aprendido algo importante: muchas veces el exceso de preparación rígida termina convirtiéndose en una cárcel. Allí descubrí que podía improvisar más de lo que pensaba, adaptarme a las situaciones y apoyarme en la dinámica de la clase. Además, ahora estaba delante de alumnos mayores y, en teoría, más maduros que aquel grupo de 3º de ESO con el que había aprendido a desenvolverme meses atrás.
Nada más llegar, pasé por la sala de profesores para dejar mis cosas. Recuerdo perfectamente aquella primera entrada. Todo me parecía nuevo. Los pasillos, los rostros, los horarios pegados en las paredes, el ambiente de un centro funcionando a pleno rendimiento. Algunos compañeros aprovecharon esos minutos para hablarme rápidamente de los grupos a los que iba a dar clase. Me contaban características de los alumnos, quién trabajaba más, quién necesitaba más atención, qué grupos eran más participativos o cuáles podían resultar más complicados. Yo intentaba escuchar y retener toda aquella información mientras sentía que los nervios crecían por momentos.
Entonces sonó el timbre.
La directora tuvo el detalle de acompañarme hasta el aula para enseñarme dónde estaba la clase. Agradecí muchísimo ese gesto, porque en aquel momento cualquier pequeño apoyo me ayudaba a sentirme un poco menos perdido. Caminamos por los pasillos mientras los alumnos entraban en sus aulas y yo sentía que cada paso me acercaba a uno de los momentos más importantes de mi vida.
Llegamos a la puerta del aula y la directora se marchó. Entré solo.
Nada más cruzar la puerta, los alumnos se sentaron rápidamente en sus sitios. Aquello me sorprendió muchísimo y me dio una buena primera impresión del grupo. Preparé mis cosas intentando aparentar más tranquilidad de la que realmente sentía. Me presenté, les expliqué brevemente quién era y pasé lista para empezar a conocer sus nombres y familiarizarme con el grupo.
Después hice un pequeño resumen de los contenidos que habían trabajado con los profesores anteriores antes de mi incorporación y enlacé esos contenidos con todo lo que íbamos a ver durante las siguientes semanas hasta finalizar el curso. Mi objetivo era transmitir cierta sensación de continuidad y estabilidad después de todos los cambios que habían vivido durante aquel año.
La clase avanzaba con fluidez. O, al menos, esa era la sensación que yo tenía mientras explicaba. Apenas preguntaban nada y eso me desconcertaba un poco. Sin embargo, como yo estaba tan nervioso y tan centrado en seguir el esquema mental que había preparado, interpreté ese silencio como algo positivo. Pensé que entendían lo que estaba explicando y seguí avanzando con la idea fija de cumplir todos los objetivos que me había marcado para aquella primera sesión.
Ese día hacía muchísimo calor. Las ventanas estaban abiertas para que entrara algo de aire fresco desde el patio del instituto. Fuera había alumnos jugando al baloncesto, botando balones y hablando a gritos. Pero yo estaba tan concentrado en explicar, tan obsesionado con hacerlo bien y con no perder el hilo de la clase, que prácticamente dejé de percibir todo aquel ruido.
La sesión terminó sin ninguna incidencia aparente. Yo sentía cierto alivio. Había sobrevivido a mi primera clase como profesor. Había conseguido completar todo lo que llevaba preparado y, aunque seguía nervioso, empecé a pensar que quizá no había ido tan mal.
Sin embargo, durante el recreo, el tutor de aquel grupo de 1º de Bachillerato vino a hablar conmigo.
Recuerdo perfectamente el momento en el que se acercó y me dijo que quería comentarme algo sobre la impresión que habían tenido los alumnos de aquella primera clase.
Mi sorpresa fue enorme cuando me explicó que muchos estudiantes no habían entendido prácticamente nada de la explicación. Pero no porque la explicación fuera mala, sino porque el ruido del patio entraba con muchísima fuerza por las ventanas y apenas podían escucharme. Además, me dijo algo que me hizo reflexionar muchísimo: los alumnos me habían visto tan concentrado, tan serio y tan centrado en avanzar con la explicación, que no se habían atrevido a interrumpirme para decírmelo.
Aquello me dejó completamente hundido.
No podía dejar de pensar que mi primera clase había sido un desastre. Durante toda la mañana había estado tan pendiente del contenido, del calendario y de los objetivos académicos que había olvidado algo muchísimo más importante: mirar realmente a mis alumnos.
Había cometido un error muy básico.
No había generado interacción con ellos. No les había dado confianza suficiente para intervenir con naturalidad. No había sido capaz de leer el ambiente de la clase ni de detectar sus necesidades reales. Me había obsesionado tanto con “dar bien la clase” que había olvidado construir comunicación con el grupo.
Y esa lección fue durísima.
Porque comprendí que enseñar no consiste únicamente en explicar contenidos. Enseñar también implica escuchar, observar, adaptarse y generar un espacio donde los alumnos se sientan cómodos para hablar y participar. De poco sirve tener una explicación perfectamente preparada si los estudiantes no sienten la confianza suficiente para decirte que no te están escuchando.
Afortunadamente, aquella experiencia también me enseñó algo importante desde el primer día: los errores no tienen por qué convertirse en derrotas. Pueden convertirse en oportunidades para mejorar.
Así que decidí no dejarme vencer por la frustración. Analicé lo que había pasado e intenté cambiar aquello que no había funcionado. En la siguiente sesión, lo primero que hice fue darles la palabra. Les pedí que me contaran cómo se habían sentido el día anterior y que me dijeran con total sinceridad todo aquello que creían que podíamos mejorar entre todos.
Fuimos repasando poco a poco los contenidos de la sesión anterior, esta vez con más pausas, más preguntas y mucha más interacción. Intenté generar un ambiente más cercano y flexible, donde sintieran que podían interrumpirme, preguntar o comentar cualquier cosa sin miedo.
Y fue entonces cuando empecé a entender algo fundamental.
Desde mi formación inicial ya sabía que la confianza con los estudiantes era importante. Todos los profesores escuchamos eso durante nuestra formación. Pero una cosa es escucharlo en una clase universitaria y otra muy distinta comprenderlo de verdad delante de un aula real.
Aquella primera clase me enseñó que la confianza no es un complemento de la enseñanza.
Es una parte esencial de ella.
Porque cuando un alumno siente que puede hablar, preguntar y equivocarse sin miedo, el aprendizaje cambia completamente.
Y esa fue, probablemente, una de las lecciones más importantes de mi primer día como profesor.