Hay expresiones que se repiten tanto que terminan perdiendo su significado.
“Discurso de odio” es una de ellas.
Pero un discurso de odio no es simplemente una opinión incómoda.
No es una discrepancia política.
No es un debate ideológico.
Es un mensaje que deshumaniza, estigmatiza o presenta a un colectivo como una amenaza.
Y eso cambia todo.
El discurso de odio no comienza necesariamente con una agresión verbal explícita.
A veces empieza con frases aparentemente moderadas:
“No tengo nada en contra, pero…”
“Esto ya es demasiado.”
“Nos lo están imponiendo.”
“Hay que proteger a la mayoría.”
Son expresiones que, aisladas, pueden parecer inofensivas.
Pero cuando se repiten de forma sistemática para referirse siempre al mismo colectivo, empiezan a construir un relato.
Un relato que convierte a personas en problema.
Los discursos de odio no son improvisados.
Funcionan porque siguen un patrón reconocible:
👉 Nos convierten en amenaza.
👉 Nos sitúan como peligrosos.
👉 Cuestionan nuestra legitimidad.
👉 Sugieren que nuestros derechos restan derechos a otros.
Cuando este marco se normaliza, algo cambia en el clima social.
La discriminación deja de percibirse como injusta.
Empieza a parecer “comprensible”.
Y cuando eso ocurre, la violencia está más cerca.
Porque antes de la agresión física, casi siempre hubo palabras que la prepararon.
El odio no surge espontáneamente.
Se alimenta de desinformación.
De bulos.
De datos manipulados.
De mensajes repetidos desde tribunas públicas, medios de comunicación o redes sociales.
Cuando un mensaje se repite lo suficiente, incluso si es falso, comienza a instalarse como duda razonable.
Y la duda constante sobre la dignidad de un colectivo es una forma de erosión social.
Existe otra idea que conviene aclarar: no todo está protegido por la libertad de expresión.
La libertad de expresión es un pilar democrático.
Pero no es un escudo para promover hostilidad o legitimar la discriminación.
Cuando un mensaje deja de ser una opinión y se convierte en una herramienta para señalar, excluir o deshumanizar, ya no estamos ante un debate. Estamos ante un mecanismo de daño.
Las democracias protegen la crítica.
No protegen la incitación al odio.
A veces se minimiza el impacto de los discursos de odio porque “solo son palabras”.
Pero las palabras generan contexto.
Y el contexto genera consecuencias.
Los discursos de odio:
Aumentan el acoso.
Refuerzan prejuicios.
Generan miedo.
Crean un clima social donde las agresiones parecen justificables.
Hacen que muchas personas vuelvan al silencio o al armario.
Cuando el entorno se vuelve hostil, la libertad se reduce aunque la ley no haya cambiado.
Y eso también es una forma de retroceso.
Identificar los discursos de odio es el primer paso para no normalizarlos.
Significa prestar atención al marco, no solo a la frase aislada.
Significa analizar a quién beneficia ese relato.
Significa preguntarse qué efecto produce en quienes lo reciben.
Porque el odio no se combate con silencio.
Se combate con información.
Con educación.
Con firmeza democrática.
Con responsabilidad institucional.
Y también con valentía cívica.
La dignidad no es negociable.
Y el respeto no es opcional.
Hay palabras que describen realidades incómodas.
Pinkwashing es una de ellas.
Pinkwashing es cuando una institución, empresa o partido político utiliza símbolos o discursos LGTBI+ para proyectar una imagen inclusiva… mientras sus acciones reales no respaldan esos derechos.
No es lo mismo apoyar la diversidad que usarla como herramienta de marketing.
Colgar una bandera no es lo mismo que proteger a las personas que la representan.
El símbolo, por sí mismo, no es el problema. Las banderas, los mensajes públicos, las campañas visuales tienen un valor simbólico importante. Comunican reconocimiento. Visibilizan. Generan referentes.
El problema aparece cuando el gesto no va acompañado de coherencia.
Cuando el compromiso termina el 30 de junio.
Cuando el logo se tiñe de arcoíris mientras las decisiones estructurales siguen ignorando la igualdad.
Cuando se apela al “amor es amor” en redes sociales… pero se guarda silencio ante agresiones o retrocesos legislativos.
Ahí es donde hablamos de pinkwashing.
Pinkwashing es celebrar el Orgullo en junio…
y votar contra leyes que protegen derechos en septiembre.
Es apropiarse del lenguaje de la igualdad sin asumir el coste político de defenderla cuando incomoda.
Porque defender derechos tiene coste.
Implica posicionarse.
Implica enfrentarse a discursos hostiles.
Implica sostener la coherencia cuando sopla el viento en contra.
Apoyar la diversidad cuando es rentable es fácil.
Defenderla cuando genera críticas es otra cosa.
La diversidad no puede ser un escaparate estético.
No es un elemento decorativo para mejorar la reputación corporativa o institucional.
No es un recurso publicitario para ampliar cuota de mercado.
No es un accesorio temporal que se guarda cuando deja de resultar conveniente.
Cuando el gesto no va acompañado de políticas reales, se convierte en instrumentalización.
Y las personas LGTBI+ no somos una estrategia de comunicación.
Las personas LGTBI+ no necesitamos campañas vacías.
Necesitamos:
Políticas públicas efectivas.
Protocolos de protección que se activen.
Presupuesto.
Formación.
Educación en diversidad en las aulas.
Recursos contra los delitos de odio.
El compromiso no se mide por el tamaño de la bandera.
Se mide por la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
La cuestión no es quién se pone la bandera.
La pregunta es:
¿Quién la defiende cuando sopla el viento en contra?
¿Quién mantiene el apoyo cuando ya no es tendencia?
¿Quién sostiene la igualdad cuando implica asumir desgaste?
La coherencia también es una forma de respeto.
Porque los símbolos importan.
Pero solo cuando representan algo real.
La diversidad no es marketing.
Es dignidad.
Es derechos.
Es vida cotidiana.
Y eso no se instrumentaliza.
Cuando hablamos de retroceso en derechos LGTBI+, muchas personas imaginan automáticamente una imagen clara y contundente: la derogación de una ley. Un titular. Una votación parlamentaria. Una norma que desaparece del BOE.
Pero el retroceso no siempre es tan evidente.
Y precisamente por eso, a veces, resulta más peligroso.
Un derecho no solo retrocede cuando se elimina.
También retrocede cuando se vacía de contenido.
Cuando existe sobre el papel, pero no se implementa.
Cuando no hay recursos económicos ni humanos para hacerlo efectivo.
Cuando nadie supervisa su cumplimiento.
Cuando los protocolos están escritos, pero no se activan.
En el ámbito educativo —donde tantos debates se concentran— esto se traduce en situaciones muy concretas: leyes que reconocen la diversidad, pero centros sin formación; protocolos contra el acoso LGTBIfóbico que no se difunden; normativas que amparan, pero equipos que no saben cómo actuar.
El derecho está.
Pero no protege.
Y eso también es retroceso.
Retroceder es retirar símbolos que reconocen nuestra historia.
Es cuestionar la legitimidad de las banderas que representan dignidad y memoria.
Los símbolos no son decorativos. Son mensajes públicos. Dicen quién importa y quién no. Dicen quién es visible y quién debe permanecer en silencio.
Cuando esos símbolos desaparecen bajo el argumento de la “neutralidad”, conviene preguntarse:
¿neutralidad para quién?
Porque la neutralidad, en contextos de desigualdad, suele favorecer al grupo que ya ocupa la posición dominante.
A veces el retroceso no llega con discursos abiertamente hostiles.
Llega envuelto en frases aparentemente razonables:
“No tengo nada en contra, pero…”
“No hay que imponer ideologías.”
“Hay que proteger a la infancia.”
“Esto ya es demasiado.”
Son expresiones que suenan moderadas, incluso prudentes.
Pero cuando se traducen en prohibir hablar de diversidad en las aulas, en eliminar contenidos, en censurar libros o en impedir formaciones, el resultado no es protección.
Es invisibilización.
Y cuando no se nombra una realidad, esa realidad no desaparece: queda desprotegida.
Retroceso también es generar miedo.
Que alguien vuelva al armario.
Que una familia dude en mostrarse en público.
Que un docente decida no abordar ciertos temas por temor a denuncias o represalias.
Que un adolescente piense dos veces antes de expresar quién es.
Cuando el miedo reaparece, algo está fallando.
Los derechos, para ser reales, deben poder ejercerse con tranquilidad. Si ejercerlos implica riesgo, presión o exposición constante, el derecho se está debilitando.
Existe una idea peligrosa: pensar que los derechos conquistados son irreversibles.
La historia demuestra lo contrario.
Los avances pueden ampliarse…
pero también pueden reducirse.
Y casi nunca lo hacen de golpe.
Lo hacen poco a poco.
Normalizando pequeños cambios.
Aceptando silencios.
Minimizando señales de alerta.
Por eso no basta con celebrar los derechos.
Hay que defenderlos.
Supervisar su aplicación.
Exigir recursos.
Nombrar los retrocesos cuando se producen.
Entender qué es el retroceso en derechos es el primer paso para reconocerlo cuando ocurre.
Porque el retroceso no siempre grita.
A veces susurra.
A veces se presenta como sentido común.
A veces se disfraza de equilibrio.
Pero si prestamos atención, deja huellas:
menos formación, menos recursos, menos visibilidad, más miedo.
La igualdad no se da por sentada.
No es automática.
No es irreversible.
Se construye.
Y se cuida.