Hoy he comenzado a explicar el primer tema de álgebra a mis alumnos de 1º de ESO. Puede parecer algo rutinario —cada curso llega ese momento— pero para ellos es completamente nuevo. Nunca han trabajado con letras en matemáticas. Hasta ahora todo eran números concretos, operaciones visibles, resultados cerrados. Hoy entraban en un territorio diferente, uno que tradicionalmente arrastra cierta fama: el álgebra.
Entré en clase sabiendo que el primer contacto con este tema es decisivo. No tanto por el contenido en sí, sino por la actitud con la que lo reciben. Muchas veces el miedo a las matemáticas no nace de la dificultad real, sino de la etiqueta que le ponemos a lo que aún no conocemos. Si el primer día de álgebra se vive como algo oscuro o inalcanzable, esa sensación puede acompañarles durante años. Por eso decidí empezar simplemente escribiendo una palabra grande en la pizarra: ÁLGEBRA.
Antes de explicar nada, les pregunté si sabían qué significaba. Se hizo ese silencio tan propio de primero de ESO cuando temen equivocarse. Hasta que un alumno levantó la mano y dijo con total naturalidad: “Profe, esa palabra suena a hueso de dinosaurio”.
La clase estalló en risas. Y yo con ellos.
La ocurrencia fue tan espontánea que rompió cualquier tensión inicial. Tenía razón: “álgebra” suena antigua, extraña, incluso un poco misteriosa. Y en lugar de corregir rápidamente el comentario, decidí aprovecharlo. Les dije que, efectivamente, no era un hueso de dinosaurio… pero que sí era algo antiguo. Que el álgebra tiene siglos de historia y que nació como una herramienta para resolver problemas cuando no sabemos todavía el número exacto que estamos buscando.
A partir de ahí, la conversación fluyó. Les expliqué que el álgebra no es más que una forma de pensar de manera más general. Que cuando escribimos una letra no estamos complicando las matemáticas, sino dándoles flexibilidad. Si la aritmética trabaja con números concretos, el álgebra nos permite hablar de cualquier número. Les propuse algo muy sencillo: “Pensad un número”. Todos pensaron uno distinto. Entonces les pregunté cuál era. Evidentemente, no podían decirlo. Y les expliqué que cuando no sabemos qué número es, lo llamamos “x”. No es magia. No es algo abstracto e inalcanzable. Es simplemente una forma de nombrar algo que todavía no conocemos.
Poco a poco fui notando cómo cambiaban las caras. La palabra que al principio parecía un “hueso prehistórico” empezaba a perder dramatismo. Dejaba de ser una amenaza y empezaba a convertirse en una herramienta. Y eso es lo realmente importante. El contenido llegará, los procedimientos los aprenderán, las ecuaciones las resolverán. Pero si desde el primer día entienden que el álgebra no es un monstruo, sino una manera nueva de razonar, el camino será mucho más sencillo.
Este tipo de momentos me recuerdan algo que tengo muy presente: muchas veces el problema no es la materia, sino cómo la presentamos. Si transmitimos miedo, generamos miedo. Si transmitimos curiosidad, despertamos curiosidad. El comentario del “hueso de dinosaurio” no fue una simple broma; fue la oportunidad perfecta para empezar desde la risa en lugar de desde la tensión.
Al terminar la clase, uno de ellos volvió a mencionar la comparación y añadió: “Profe, pues el álgebra no es tan prehistórica”. Y esa frase, aparentemente simple, encierra mucho más de lo que parece. Significa que hemos conseguido algo fundamental: que no la vean como algo lejano, sino como algo que pueden entender.
Hoy no solo hemos empezado un tema nuevo. Hemos empezado a construir una relación diferente con él. Y eso, en 1º de ESO, es probablemente más importante que cualquier ecuación.