Diario de un profesor de matemáticas

Prólogo

Cuando decidí ser profesor de Matemáticas nada me hacía presagiar que iba a vivir todas las experiencias que he vivido hasta ahora. Ya con mi primer curso en el mundo de la enseñanza tenía claro que había que contar al mundo algunos de los momentos más divertidos, las anécdotas más extrañas, las situaciones más rocambolescas o las historias más tristes que surgían en el día a día de un docente.

Ser matemático era algo que tenía claro casi desde que supe que existía la licenciatura, pero ser docente es algo que fui descubriendo con el tiempo, asistiendo a clases de matemáticas y estudiando con mis compañeros. Mientras yo entendía sin dificultad las clases de mis profesores veía como para mis amigos se convertían auténticas pesadillas. ¿Para qué quiero aprender a calcular raíces cuadradas? ¿Por qué los problemas de los exámenes son más difíciles que lo que hemos estudiado? Preguntas que cualquier estudiante se hace y que le lleva a la frustración en una asignatura que a prácticamente todo el mundo le parece muy difícil.

Mis horas de estudio de Matemáticas no las pasaba en casa, encerrado en mi habitación. Todas ellas fueron en la biblioteca junto a mis compañeros. Pero si soy sincero, no las usaba para estudiar. Me pasaba el rato ayudándoles a entender lo que nuestro profesor nos había explicado en las últimas clases o para preparar ese examen de Matemáticas que teníamos la próxima semana.

Así es como mi pasión por las Matemáticas me hizo ver que realmente lo que me gustaba era enseñar, mostrar que las Matemáticas eran tan sencillas como yo las veía en mi cabeza. Sentía que debía de compartir ese don que había recibido. Debía transmitir mi pasión por las Matemáticas, tenía que conseguir que los demás vieran que las Matemáticas eran la asignatura más fácil.

Era tan gratificante ver como mis compañeros, mis amigos o mi familia aprendía y superaba sus dificultades. Su expresión de alegría cuando aprobaban un examen (ahora tendríamos que llamarlo prueba escrita) era tan contagiosa que me dejaba claro cuál era el camino que debía seguir en mi vida: ser profesor de Matemáticas. La decisión estaba clara, había que licenciarse en Matemáticas y realizar el Máster de Profesor de Secundaria para conseguirlo.

Capítulo 1: ELIGIENDO EL CAMINO CORRECTO

El día que consigues terminar tus estudios universitarios pasan por tu cabeza muchas sensaciones y sentimientos. Alivio porque por fin sientes que tu vida está avanzando, incertidumbre porque no sabes lo que va a ocurrir a partir de ahora y miedo por el nuevo camino que vas a empezar.

Cuando terminé mis estudios en Matemáticas y Estadística lo tenía claro, yo quería ser profesor y para ello tenía que realizar el Máster para Profesores de Secundaria. Así que me lancé a ello. Aunque las plazas fueran limitadas y las exigencias en las acreditaciones en los idiomas pudieran ahuyentar a muchos. Para que la situación fuera más interesante, encontré un trabajo que era incompatible con los estudios que quería comenzar.

En cuanto la Universidad publicó la primera convocatoria para acreditar los conocimientos en inglés no lo dudé ni un momento, me iba a presentar a esa prueba y la iba a superar. Y así fue y también fui admitido en el Máster, el sueño de ser profesor empezaba a estar más cerca, ya veía algo de luz al final del túnel.

Pero aquí llegó el primer dilema, la primera bifurcación en el camino. Mi trabajo era incompatible con el Máster, los horarios se superponían y la asistencia a las clases era obligatoria. ¿Qué hacer? ¿Continuar con un trabajo con muy buenas perspectivas de futuro pero que se alejaba de mi sueño? ¿o comenzar los nuevos estudios y no saber si algún día conseguiría ser profesor? ¿Y si realmente no me gustaba ser profesor? ¿Y si la empresa me despedía algún día?

Así iba pasando el verano, semana tras semana intentando decidir. Hasta que me lancé. Tenía claro que quería realizar el Máster y que era una oportunidad que no debía dejar escapar. Lo siguiente que debía hacer era hablar con mis jefes. Y así fue, les dije que quería seguir estudiando, que quería perseguir mi sueño, que estaba muy contento en el trabajo pero que no podía compatibilizarlo.

Mi sorpresa llegó con su respuesta, aunque me animaban a perseguir mi sueño, no querían que me fuera, así que me dieron una alternativa. En mi trabajo había varios tipos de jornadas de trabajo. Por un lado, estábamos los trabajadores de oficina que estábamos en nuestro puesto de trabajo mañana y tarde. Y también estaban los llamados trabajadores de fábrica, que trabajaban por turnos de mañana, tarde o noche. Así que mis jefes me ofrecieron continuar en mi puesto de trabajo, pero con un nuevo horario sólo de mañana. De esta manera podría trabajar por las mañanas y estudiar por las tardes.

Fueron tan convincentes que no pude negarme y, aunque era una locura, tenía que intentarlo. Mi agenda al finalizar el verano iba a ser una locura. Madrugar para ir a trabajar, salir del trabajo, comer rápidamente para poder llegar a las clases a primera hora de la tarde, llegar a casa para cenar, sacar algo de tiempo para estudiar, a dormir y vuelta a empezar.

Y así fue, esta fue mi rutina desde la última semana de septiembre. Pero para mi sorpresa estos meses no fueron agotadores. Ese curso guardaba muchas sorpresas, ese curso me definiría como profesor.


Capítulo 2: comenzando un nuevo camino

Cuando estudias una carrera como Matemáticas, tienes que estudiar asignaturas como Álgebra Conmutativa, Análisis Matemático, Geometría Diferencial Local o Análisis de Datos Multivariantes. Asignaturas que pueden llegar a ser muy exigentes y el nivel de abstracción puede ser muy alto. Sin embargo, cuando accedes al Máster para ser profesor de Educación de Secundaria te encuentras con asignaturas como Diseño Curricular, Atención a la Diversidad, Psicología o Sociología. Asignaturas que nada tiene que ver con lo estudiado en la carrera, incluso la dinámica o la forma de trabajar en cada una de ellas no tiene nada que ver.

Desde el primer día del Máster, cuando nos convocan para la presentación en el salón de actos, te das cuenta que los estudios ya no van a ser lo mismo, que el nivel de exigencia no va a bajar, pero va a ser diferente. Vas a estar obligado a salir de tu escritorio, seguro y confortable, y vas a tener que salir de tus cuatro paredes para investigar de una forma diferente. Vas a tener que subir a la tarima desde el primer día. Las clases ya no serán magistrales y levantarte del pupitre será lo habitual en cada una de las sesiones.

Recuerdo como si fuera ayer la primera clase de Orientación Educativa, donde nuestra profesora lo primero que hizo fue sacar una bolsa y nos pidió que fuéramos sacando un pequeño papel cada uno, donde encontraríamos un nombre conocido. También nos pidió que no reveláramos ese nombre y que lo primero que teníamos que hacer era comportamos como ese personaje para encontrar a nuestra pareja.

Una auténtica sorpresa para empezar, de poco servía haber preparado todo el material para tomar apuntes, había que soltar los bolígrafos encima de la mesa, el folio debía permanecer en blanco y teníamos que abandonar nuestros asientos para empezar para empezar a actuar con la única finalidad de encontrar a otro compañero que también estaba actuando.

Cuando saqué mi papel, lo leí con expectación, solo había dos palabras: “Angelina Jolie”. Me entraron sudores fríos, los nervios empezaron a crecer. Esto no podía ser serio, después de cinco años estudiando Matemáticas, me encontraba en una clase donde debía comportarme de forma extraña para encontrar a mi Brad Pitt.

Mi primera reacción fue de rechazo ¿cómo iba a hacer eso? Una clase de 40 personas analizando como me movía, mirándome de arriba abajo, a mi, que me gustaba pasar desapercibido, ser uno más. Pero no me quedaba otra, el resto de compañeros se empezaba a mover, así que respiré hondo y empecé con mi actuación, tenía que ser una actriz oscarizada y sentirme tan poderoso al pasear por la clase como ella al pisar una alfombra roja.

Encontré a mi Brad Pitt, o ella me encontró a mi, ya que era una compañera que no conocía, como prácticamente toda la clase. Y cuando todos estábamos emparejados, nuestra profesora empezó a explicarnos el por qué de esa dinámica. La finalidad era que nos pusiéramos en el papel de nuestros alumnos que acaban de llegar a un grupo nuevo. Haciendo que se suelten y obligándoles a relacionarse los unos con los otros, empezamos a crear lazos entre ellos y les ayudamos a conocerse.

Esta pequeña explicación me empezó a abrir los ojos, ya que en el aula no tenía que enseñar sólo Matemáticas, también tenía que ayudar a mis alumnos en otros ámbitos para los que yo no estaba preparado. Estas primeras sesiones me abrieron los ojos, ser profesor era algo más para lo que no estaba preparado y fue en ese momento cuando descubrí que el Máster era más necesario de lo que yo pensaba.

Ahora, cada vez que pienso en esos primeros días del Máster de Profesor de Secundaria, que tuve la suerte de realizar en la Universidad de Salamanca, me doy cuenta de lo que me marcaron cada una de las clases. Ya que sin esas dinámicas no habría llegado a transformarme en el profesor soy ahora. No puedo estar más agradecido a la USAL y a los profesores de Máster por todo lo que nos enseñaron durante el curso.

Capítulo 3: Psicología de la educación

Mucha gente piensa que el trabajo de un profesor o maestro solo consiste en llegar a clase, contar la lección y nada más. Pero esas personas están completamente equivocadas y mientras te estás formando para serlo descubres todo lo que está detrás de esta profesión que considero tan bonita.

Si en las primeras clases del Máster descubrí que el aprendizaje iba a ser diferente, en las siguientes sesiones aprendería una de las lecciones más importantes: “Hay que escuchar al alumno”.

Una de las primeras sesiones de la asignatura de Psicología quedó grabada a fuego en mi memoria. Ahora, cada vez que entro en una de mis clases, tengo siempre presente lo que aprendí ese día y, sobre todo, me siento muy afortunado por haber asistido a aquellas clases de Rodrigo, quien me enseñó lo importante que es la psicología en educación.

Ese día, Rodrigo entró en el aula y, como en la mayoría de sus clases, nos expuso un caso práctico. En esta ocasión era muy sencillo, simplemente nos preguntó cuál sería nuestra respuesta y nuestra reacción cuando uno de nuestros alumnos se acercara para hablar con nosotros y nos dijera que es gay.

La verdad que no parecía una situación complicada, pero también me chocó. Yo había crecido en un sistema educativo donde teníamos gran respeto por nuestros profesores y los veíamos como grandes conocedores de su asignatura. Solo hablábamos con ellos de sus asignaturas, nunca nos planteamos contarles nuestra vida personal. Así que respondimos a Rodrigo con otra pregunta ¿de verdad va a acercarse un alumno a decirnos que es gay? Y nos respondió con un rotundo sí y aclarando que esa situación la viviríamos antes de lo que pensáramos.

Después de ese choque inicial, empezamos a buscar respuestas para nuestro alumno. Todos estábamos de acuerdo, teníamos que explicarle que era algo natural, que no pasaba nada. Aunque Rodrigo nos dijo que nuestras respuestas estaban bien, nos dijo que no eran suficientes que no iban por buen camino, debíamos de buscar la respuesta que nuestro alumno necesitaba.

Así que tuvimos que buscar una respuesta mejor, visualizar a nuestro alumno y meternos en la situación. Nuestro alumno nos necesitaba y contaba con nosotros para que le ayudaramos. Así que teníamos que dar lo mejor de nosotros. Y la respuesta era más sencilla de lo que pensábamos.

Después de meditarla detenidamente, levanté la mano y le dije a Rodrigo que tal vez deberíamos averiguar la razón por la que nuestro alumno nos confesaba su homosexualidad, ya que todos estábamos suponiendo que la raíz del problema era esa y tal vez había un problema oculto que el alumno no nos estaba confesando. Tal vez algún compañero se estaba metiendo con él o puede que sus padres no le aceptaran. Algo estaba ocurriendo a nuestro alumno para que le hiciera sentirse mal consigo mismo y le hiciera pensar que ser gay era un problema.

Rodrigo nos dijo que eso era lo que debíamos hacer, escuchar a nuestros alumnos, preguntarles. Con nuestras respuestas anteriores estábamos suponiendo cuál era el problema y eso es un error. Lo más importante es que el alumno hable y te cuente su historia para que puedas localizar el auténtico problema y poder ayudarle.

Esta respuesta me pareció que era la base ser profesor ya que podría extrapolarse a la asignatura. ¿Qué pasa si estas explicando un contenido de Matemáticas y un alumno te dice que no te entiende? Cuando dominas la asignatura, a veces cometes el error de suponer cual es la duda del alumno y directamente das una respuesta. Pero desde esa clase me di cuenta de una cosa, cuando un alumno me diga que no me entiende, lo primero que debo averiguar es dónde está la duda, debo preguntarle.

Así que esta clase fue una de las que más me marcó como profesor. Si quieres ayudar a tus alumnos, tienes que escucharlos. Y lo más importante de todo, Rodrigo tenía razón, no pasó ni un año desde que comencé a trabajar como profesor y uno de mis alumnos se acercó para hablar conmigo y contarme que era gay. Y aunque hayan pasado unos cuantos años de ese momento, no le olvidaré jamás, ni a él ni a ninguno de mis alumnos. Son tantas cosas las que los profesores aprendemos de ellos.

Capítulo 4: la primera clase

Cuando estudias el Máster para ser profesor tienes la sensación de que se ha activado una cuenta atrás que no puedes parar, que cada vez avanza más rápido y que te lleva a un momento crucial en tu carrera: tu primera clase.

En cada una de las clases del Máster te preparan para dar clase, estudias formas de impartir tu asignatura, estudias diferentes situaciones y te empiezas a definir como profesor. Te preguntas constantemente cómo aplicarías una metodología en tus clases, cómo explicarías un contenido, si utilizarías algunas herramientas o cómo serán tus alumnos. ¿Seré capaz de controlar un aula? ¿me harán la vida imposible? ¿conseguiré sacar lo mejor de mis estudiantes? Y la peor de todas ¿alguna vez no tendré respuesta para alguna de sus preguntas?

Así que durante los meses previos a las prácticas empiezas a imaginarte cómo serán tus clases. Anotas todas las ideas que se te ocurren y comienzas a crear los primeros guiones. Quieres hacerlo lo mejor posible, tienes que conseguir alcanzar los objetivos, quieres que tus alumnos se conviertan en presidentes del gobierno, que viajen a marte, que encuentren curas a enfermedades incurables o, en general, que sean felices y sean grandes personas.

Y la cuenta atrás acaba llegando a su fin. Los compañeros del Máster llegamos nerviosos ese día a la Universidad, ya sabíamos que nos iban a comunicar el centro donde tendríamos que realizar nuestras prácticas. Subimos a clase y esperamos pacientemente a que el coordinador de nuestra especialidad viniera.

Como siempre, nuestro coordinador fue muy puntual. Estábamos tan inquietos que daba la impresión de que se acercaba a cámara lenta. Cuando llegó a nuestra altura bromeó con nosotros, estaba claro que veía nuestros nervios y quería que nos relajáramos. Cuando pasamos al aula y nos sentamos en nuestros sitios, nuestro coordinador empieza a hablarnos de las prácticas que vamos a empezar, del calendario en nuestras próximas semanas.

Fue recorriendo el listado de clase y nos fue informando uno a uno de cual sería nuestro centro de prácticas y quien sería nuestro tutor durante las prácticas. Cuando por fin pude conocer el centro, lo primero que hice fue buscar información, empecé a preguntar a mis compañeros y empecé a estar deseoso por contactar con mi tutor. En cuanto llegué a casa, le escribí un mail.

No tuve que esperar mucho para la respuesta ya que llegó esa misma noche. Mi tutor me invitaba a visitar el centro esa misma semana para que pudiéramos conocernos y empezar a organizar el trabajo de los dos meses de prácticas. Y así fue, dos días después nos vimos en la cafetería del centro. En la reunión hablamos de las características del centro, los grupos a los que daría clase, los contenidos del temario y las ideas que teníamos para las prácticas. Recuerdo lo nervioso que llegué al centro y lo contento que estaba cuando salí. Domingo, mi tutor, con una sola reunión fue capaz de hacer que mis nervios desaparecieran, darme confianza y hacerme sentir seguro.

Y así fue durante todas las prácticas. Mi tutor me hizo formar parte de la vida del centro desde el primer día. Casi desde el primer día pude participar en clase ayudándole en todo lo que era posible. Trabajando con los alumnos que más lo necesitaban, dando pequeñas explicaciones, evaluando cada una de las sesiones. Compartía toda su experiencia generosamente y nos convirtió en un equipo. Yo no podía estar más agradecido, estaba trabajando con un profesor al que le apasionaba su trabajo.

Y llegó el día que me tocó impartir una clase. Fue en 3º de E.S.O., teníamos que empezar el tema de funciones. Domingo y yo decidimos que aprovecharíamos este tema para utilizar la pizarra digital con este grupo, queríamos cambiar la metodología y comprobar cuales serían los resultados. Esto me ayudaría a realizar la investigación de mi TFM.

Recuerdo no dormir la noche previa, estar más nervioso que nunca. Preparé un guion completo con todo lo que tenía que explicar, cada uno de los ejercicios que íbamos a realizar y llenarlo de observaciones para no dejar nada al azar. Quería estar completamente seguro de lo que iba a hacer.

Subimos a clase y, antes de entrar, Domingo me dio los últimos ánimos y pasamos dentro. Los chicos estaban algo alterados, los habíamos llevado al aula de la pizarra digital y sabían que íbamos a hacer algo diferente. Preparamos la pizarra, repartimos las fotocopias de la sesión y preparé todo el material que necesitaba. Durante toda la sesión los chicos estuvieron muy atentos y también participaron mucho, algo que me sorprendió muchísimo, no esperaba que tuvieran tantas ganas de participar.

Recuerdo estar toda la sesión con el guion en la mano, pero también recuerdo que no lo miré en ningún momento. Había practicado tanto que no era necesario. Conseguí respetar los tiempos y realizar todas las explicaciones que estaban programadas. Cuando la sesión terminó los alumnos se fueron muy contentos, la experiencia había salido bien.

Sin embargo, mi percepción personal no era la misma. Nunca había estado frente a un grupo de alumnos. Lo primero que me di cuenta durante la clase es que cuando estás frente a ellos, sus caras, sus gestos, sus miradas, su lenguaje corporal es muy visible. Al estar trabajando con la pizarra digital, podía estar orientado hacia ellos y verlos reaccionar. Sus caras en cada explicación te dejaban verlos por dentro, me ayudaban a saber si me estaban entendiendo. Pero también me generaban un sentimiento de frustración, tenía que dar los contenidos, respetar los tiempos, cumplir los objetivos y, sin embargo, no podía atenderlos de forma individual durante toda la sesión. Había que repartir el tiempo para cada uno de ellos y para todos. La sensación de que no estaba explicándome empezaba a crecer en mi interior, me sentía frustrado.

Durante la clase, preguntaba constantemente si me entendían y, aunque ellos me respondían que sí, yo sentía que no era así. Sentía que debía hacerlo mejor, que no lo estaba explicándome como debía. Esta sensación me acompañó durante muchas clases, pero con el tiempo entendí que haber sufrido esta frustración me ayudó a ser más exigente conmigo mismo y aprender a leer el lenguaje no hablado de mis estudiantes.

Con el tiempo aprendí a ver cuando un alumno me está entendiendo y cuando no, así aprendí a escuchar a mis alumnos sin que hablaran. También aprendí a ver cuando un alumno no te pregunta por miedo o por vergüenza y a tener recursos para que superen esas barreras. Comprendí que una de las cosas más importantes es que tus alumnos tienen que confiar en ti. Así que ese sería el eje de mis clases, la confianza era fundamental. Para explicar Matemáticas tienes que dominar los contenidos, preparar las clases, ser organizado, pero también respetar a tus alumnos y mostrarles que pueden confiar en ti.